PROLOGO
¿Creía en el amor? No… ya no. Dejé de hacerlo hace mucho tiempo. Mi vida no fue fácil. Estuvo marcada por cicatrices que el tiempo no logró borrar y por heridas emocionales que me arrebataron la fe en ese sentimiento.
Nunca conocí a mi padre, y mi madre… bueno, ella no fue precisamente un modelo a seguir. Siempre fue una mujer fría, complicada, incapaz de brindarme afecto. Durante años me pregunté por qué me rechazaba, qué había hecho yo para merecer su indiferencia. Pero nunca obtuve respuestas. Las pocas veces que se dignaba a hablarme era para pedirme dinero, así que con el tiempo, preferí cortar todo contacto.
Por suerte, tuve a mi abuela. Ella fue lo mejor de mi infancia. Me dio el amor, el cuidado y la ternura que tanto necesitaba. Gracias a ella —a mi querida nana— nunca me faltó nada esencial. Me enseñó a amar, a confiar, a creer que había algo bueno esperándome. Pero todo cambió cuando murió. Tenía trece años, y con su partida, mi mundo perdió su única ancla.
Después de eso, mi madre conoció a un hombre. Lo llevó a vivir a casa, y desde entonces, mi vida se convirtió en un infierno. A los quince años hui. No podía soportar los maltratos de mi madre ni los intentos de abuso por parte de su pareja. Fue entonces cuando el reverendo Carter y su esposa me acogieron en su hogar. Me trataron como a una hija, me ofrecieron el cariño y la estabilidad que tanto había anhelado.
Con ellos viví los años más felices de mi vida. Gracias a su apoyo, logré dejar atrás parte de mi pasado y empezar a construir un futuro. Estudié, soñé, comencé a creer en mí.
Pero la vida, una vez más, me lo arrebató todo. Un accidente trágico se llevó a mis nuevos padres cuando yo tenía veinte años. Me quedé sola, sumida en un dolor tan profundo que por momentos me costaba respirar.
La desesperanza me consumió. Dejé la universidad durante un año completo. Perdí el rumbo, las ganas, la luz. Me preguntaba constantemente por qué la vida se empeñaba en destruir todo lo bueno que encontraba. ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué siempre tenía que perder?
Pero entonces, recordé las palabras de mi padre adoptivo: "No te rindas. Incluso en la oscuridad más profunda, siempre habrá una chispa que te recuerde quién eres." Esa chispa fue suficiente. Me aferré a ella con todas mis fuerzas y decidí regresar. Un año después, volví a la universidad con una única convicción: honrar la memoria de quienes me habían amado sin condiciones.
En ese proceso, Michell y Frank se convirtieron en mi sostén. A Michell la conozco desde la secundaria, a Frank desde los primeros días en la universidad. Ambos han sido mi refugio en los momentos felices y también en los más oscuros. No sé cómo habría salido adelante sin su lealtad incondicional.
Después de todo lo vivido, me prometí no volver a involucrarme emocionalmente con nadie… al menos no hasta estar completamente segura de que era la persona adecuada. Proteger mi corazón se convirtió en una prioridad.
Pero entonces apareció Alex Jones. Llegó sin aviso, dos años antes de mi graduación. Estudiaba medicina en la misma universidad. Desde el principio fue insistente, determinado, encantador. Me colmaba de flores, regalos y detalles que parecían sacados de una novela romántica.
A pesar de mis miedos, bajé la guardia. Y sin darme cuenta, me enamoré profundamente de él. Con Alex creí que el amor verdadero existía. Que esta vez sí, la vida me estaba sonriendo.
Pero me equivoqué. Él me engañó. Jugó con mis sentimientos. Me rompió el corazón cuando menos lo esperaba y me dejó… otra vez sola, otra vez vacía.
Conocerlo fue el peor error de mi vida. Alex, el hombre aparentemente perfecto —atractivo, educado, con una carrera prometedora— terminó haciendo algo que me quebró por completo.
>>>Un año atrás<<<
Hoy decidí hacer una visita sorpresa a Alex. Algo en su actitud había cambiado en los últimos meses, y aunque esa distancia me dolía, me aferraba a la esperanza de reconquistarlo. Hacía mucho que no compartíamos momentos íntimos, y quería recordarle lo que teníamos. Al escuchar la puerta, salí de la ducha, me envolví en una bata suave y me dirigí hacia la sala, con el cabello aún húmedo cayendo sobre mis hombros.
Lo encontré acomodado en el sofá. Al verme, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero enseguida levantó un dedo para que esperara, sin siquiera saludarme.
—Sí, eso suena genial, doctor. Claro, sin problema. Me siento honrado de ser elegido. ¡Hasta pronto! —dijo antes de colgar y mirar hacia mí con expresión inquisitiva—. Riley, ¿qué haces aquí?
Sin responder, me acerqué y me senté sobre su regazo, buscando su cercanía.
—Quise sorprenderte… Pensé que podríamos celebrar el final de tu carrera de medicina —susurré, deslizando mis labios por su mandíbula, intentando avivar lo que antes nos unía—. Te extraño.
Pero él me detuvo con suavidad, apartándome. Su mirada se volvió seria.
—Mmm… Me encantaría, pero... necesito hablar contigo.
Me senté frente a él, inquieta. El rechazo era cada vez más constante, y el temor se apoderó de mí.
—¿Qué sucede, Alex?
—Riley… eres una mujer hermosa e increíble. Y justamente eso es lo que hace que esto… todo esto, sea una completa porquería.
Sentí cómo mi sonrisa se desvanecía.
—¿Qué quieres decir?
—La llamada que escuchaste era una oferta de trabajo. Es en el mejor hospital de Boston. Me mudo en un mes. No voy a quedarme en Nueva York.
—Eso no es tan grave —intenté sonar optimista, aunque por dentro me invadía la ansiedad—. Tal vez pueda encontrar algo allá… continuar mis estudios. Solo me falta un año. Podríamos… podríamos vivir juntos, ¿no?
Pero su expresión fue como un balde de agua helada.
—Riley… No planeaba llevarte conmigo. Pensé que lo mejor era… que termináramos. Un punto final.
Me aparté, incrédula, cubriéndome la boca con una mano temblorosa.
—¿Me estás dejando… a un mes de irte?
Él asintió sin decir palabra.
—¿Es por eso que te alejaste? ¿Y yo pensando que solo era el estrés de tu carrera? ¡Alex, yo creía que me amabas! ¡Que teníamos un futuro!
—¿Riley… de verdad no lo notaste? El amor se acabó hace tiempo. Lo único que nos mantenía juntos era el sexo. ¡Y sí, buen sexo! Pero amor… eso se fue. Nunca hablamos de casarnos ni de un futuro real. Este último mes fuimos más extraños que pareja —dijo Alex, con un tono que buscaba sonar lógico, como si eso pudiera suavizar el golpe.
—¿Cómo que nunca hablamos de futuro? —solté, incrédula, con el corazón en la garganta—. ¡Eres un mentiroso! ¡Cientos de veces te pregunté si algo iba mal! ¡Y siempre me dijiste que no! Me dejaste sola, me alejaste, preferiste a tus amigos, tus fiestas, tus silencios… antes que a mí.
—Necesitaba espacio… quería disfrutar de la vida, Riley —dijo, encogiéndose de hombros como si eso bastara.
—¿Disfrutar? ¿Solo? ¡Pasaste un año y medio detrás de mí! Me rogaste que te diera una oportunidad. Y cuando por fin la tuviste… ¡te entregué todo! ¿Así me pagas? ¿Así te deshaces de mí?
—Riley, no me eches en cara todo lo que hiciste por mí. Nadie te obligó a ayudarme. La carrera de medicina exige sacrificios y tú lo sabías —respondió con frialdad, como si mis esfuerzos no hubieran valido nada.
—¡Lo hice por amor, Alex! No por deber. Lo hice porque creí en ti, porque construí contigo un futuro que al parecer solo existía en mi cabeza. ¿Qué cambió? ¡Dímelo ya!
Alex bajó la mirada. Su silencio lo decía todo. Y entonces soltó, sin siquiera mirarme a los ojos:
—Estoy enamorado de otra mujer. Alguien que me entiende de verdad.
Un silencio brutal cayó sobre la habitación. Me tambaleé hacia atrás como si sus palabras fueran un golpe físico.
—¿Ya no me amas? —pregunté con voz quebrada—. ¿Es por eso que me rechazabas todo este tiempo?
Él no respondió. No hizo falta. El vacío en sus ojos era más claro que cualquier palabra.
Mi voz se volvió apenas un susurro, cargado de veneno y verdad.
—La conozco… ¿cierto? ¿Es Melisa? ¿Se va contigo?
Alex levantó lentamente la mirada, y en su silencio encontré la peor confirmación. Un frío me recorrió la espalda.
—Dios mío… eras tú quien mentía cada día. Y ahora tienes el descaro de decir que el amor se acabó… ¡cuando tú lo mataste! —grité, pero ya no esperaba que me entendiera. Lo único que me quedaba era la dignidad de no rogarle.
No dijo nada. Ni una disculpa, ni una explicación. Su silencio lo selló todo. Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, no por amor perdido, sino por el engaño… por haber confiado.
Me puse de pie de golpe y caminé directo a la habitación. Alex me siguió, como si aún tuviera derecho a hacerlo, pero le cerré la puerta en la cara con tanta fuerza que el marco tembló. Me apoyé en la puerta, respirando con dificultad, sintiendo cómo mi pecho se comprimía bajo el peso del engaño.
Al abrir el armario, lo entendí todo: varias bolsas negras ya estaban llenas con mis cosas. La ropa que solía colgar ordenada, mis libros… Todo embolsado, como si yo fuera un desecho. Ya lo había planeado. Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara.
—¡Riley, abre! ¡No me dejes hablando solo! —gritaba desde el otro lado, golpeando la puerta con la palma de la mano.
Lo ignoré. Me cambié rápido, con movimientos torpes por la rabia, el corazón desbordado de dolor. No lloraba más… solo quería salir.
Al salir con mis cosas, Alex se abalanzó y me sujetó con fuerza del brazo, sus dedos clavándose en mi piel.
—¡SUÉLTAME! —grité, clavando la mirada en la suya. Me dolía, pero no pensaba ceder.
—¡Todo esto es tu culpa! —espetó, apretándome más—. Nunca me valoraste. Nunca me hiciste sentir suficiente. Por eso encontré en Melisa lo que tú no me dabas. Ella sí me escucha. Ella sí me admira. ¿Y qué si fui infiel? ¡No es tan grave! Hay cosas peores, Riley...
Sus palabras fueron la chispa que encendió lo poco que me quedaba por dentro. Levanté la mano y le solté una cachetada. Fuerte. Precisa. La rabia acumulada por meses le estalló en la cara.
—Eres un maldito infeliz.
Vi cómo su rostro cambiaba. Su expresión dejó de ser arrogante por un segundo… y se volvió algo más oscuro. Alzó la mano, como otras veces. Pero esta vez, no retrocedí. No temblé. Esta vez, fui más rápida. Le sujeté la muñeca con firmeza y lo miré directo a los ojos.
—¿Vas a pegarme? ¿Otra vez? Pues hazlo, Alex. Hazlo. Pero que te quede claro algo… ya no te tengo miedo.
Él se congeló. Dudó. Y luego bajó lentamente la mano. Cobarde. Porque eso era: un cobarde que solo sabía imponerse con gritos, con culpas, con excusas.
—No quiero volver a verte nunca más —dije con la voz quebrada pero firme—. Eres lo peor que me ha pasado. Maldito el día que te dejé entrar en mi vida… en mi corazón.
Se quedó en silencio. Ni siquiera negó nada. Su silencio, otra vez, era el eco de toda su culpa.
Pero antes de irme, me volví una última vez.
—¿Sabes qué es lo peor? Que hasta este momento… una parte de mí todavía quería escuchar una verdad, una disculpa, algo real. Pero no. Lo tuyo fue siempre una mentira. Una máscara.
Me miró con los ojos húmedos, pero no por arrepentimiento. Era frustración. Porque ya no podía controlarme.
—¿Sabes? —agregué, dando un paso hacia la puerta—. Siento lástima por ella… por Melisa. Porque no tiene ni idea del tipo de basura con el que se está metiendo.
—Riley, espera… —musitó él, por primera vez sin seguridad en su voz.
—No —dije, firme sin dejarlo terminar, rápidamente le lancé las llaves en el pecho con una furia que nunca antes había sentido. —. Esta vez, soy yo quien no se queda.
Abrí la puerta y salí sin mirar atrás, llevando mis cosas, mis lágrimas y lo poco que quedaba entero de mí… pero también con la certeza de que jamás volvería a permitir que alguien jugara así con mi vida.
Salí con la frente en alto y el alma desgarrada, pero por primera vez… libre.
Tiempo después, subía lentamente los escalones que llevaban a mi apartamento, cargando una bolsa con las pertenencias que aún quedaban en la casa de Alex. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, como si el peso de la decepción me arrastrara hacia abajo.
Me sentía desplazada, confundida, rota. ¿Cómo había pasado de una historia de amor perfecta a este triste final? ¿En qué momento permití que alguien me tratara así? ¿Acaso no soy suficiente para que alguien me valore de verdad?
Al principio, creí que Alex era el hombre ideal: atento, encantador, todo lo que siempre soñé. Pensé que había tenido suerte, que finalmente la vida me estaba recompensando. Lo más doloroso no fue su traición. Lo más doloroso fue creer que lo amaba… y que él también me amaba. Pero todo fue una ilusión. Un espejismo que se desvaneció sin aviso. Y yo, perdida en el desierto, seguía caminando hacia él.
Entré a mi departamento y, sin pensarlo, arrojé la bolsa a un rincón. Me dirigí directamente al baño, como si el agua pudiera arrastrar esta angustia. Me metí a la ducha y dejé que las lágrimas se mezclaran con el agua caliente. Grité. Lloré con fuerza, hasta que sentí que ya no me quedaba nada por soltar. Como si el alma se me deshiciera en cada sollozo.
Al salir, me enfrenté al espejo. Y lo que vi no fue tristeza: Fue rabia. Rabia por haber confiado. Por haberme entregado. Por haber amado con los ojos cerrados.
En ese momento, lo decidí.
A partir de ahora, Alex quedaba fuera de mi vida. Lo borraría. Lo desterraría de cada rincón de mi mente, de cada rincón de mi corazón. Y más aún: juré no volver a enamorarme. Porque el amor ya no es un refugio. Es un arma. Y yo ya no pienso volver a desarmarme por nadie.
Para mí, el amor se ha vuelto una quimera. Una promesa vacía. Y yo ya no pienso seguir creyendo en él.
Después de pasar toda la noche llorando contra la almohada, me levanté con los ojos hinchados, la garganta cerrada y el alma hecha trizas. Me sentía vacía, como si el mundo se hubiera roto conmigo. Pero en medio de ese naufragio, una cosa tenía clara: necesitaba hablar con Michell y Frank. Necesitaba mi hogar emocional.
Caminé como un fantasma hasta su departamento. Al llegar, Michell me abrió la puerta… y bastó una mirada para que entendiera todo. No preguntó. No dudó. Solo abrió los brazos y me envolvió en ese abrazo cálido, maternal, lleno de una ternura que dolía más que sanaba. Me aferré a ella como una niña perdida.
—¿Ri… ? —murmuró al fin, con voz temblorosa—. Fue Alex, ¿verdad? ¿Qué te hizo ese tarado ahora, amiga?
—Terminó conmigo… —respondí entre sollozos, secándome la cara con la manga del saco—. Se va a Boston por un nuevo cargo en el hospital. Y no... nunca pensó en llevarme con él.
—¿Y…? —preguntó con el corazón en la garganta.
—Tiene a otra —dije en voz baja. No necesitaba decir más.
Michell cerró los ojos con fuerza.
—¿La misma de la que sospechabas? —me preguntó con rabia contenida. Solo asentí.
—Maldito infeliz… —dijo en un susurro tembloroso—. ¡Ay, querida! —me abrazó con más fuerza, como si al apretarme pudiera coser los pedazos rotos de mi alma.
En ese momento, Frank entró. Su expresión cambió en un segundo al verme. Sus ojos se endurecieron y su mandíbula se tensó.
—Muñeca… si tengo que romperle la cara, lo hago. Ya sabes que tengo guardados unos buenos golpes para ese maldito. Si es por ti, nena, no lo pienso dos veces.
—No, Frank… —negué con la cabeza, temblando un poco—. Esta vez… esta vez lo enfrenté. No dejé que me humillara ni que me hiciera sentir menos… como antes.
El silencio que siguió fue denso, como si ambos estuvieran digiriendo mis palabras. Luego, sus rostros se suavizaron. Y lo que vi en sus ojos no fue lástima, fue orgullo.
—Esa es mi chica —dijo Frank con voz ronca, acercándose a besarme la frente—. Te juro que no sabes lo fuerte que eres, Riley.
—Solo… solo necesito tiempo para sanar —susurré, mi voz era un eco, pero firme—. Gracias por estar aquí. No sé qué haría sin ustedes. Son lo único real que tengo. Los miré, temblando—. Los quiero con todo mi corazón.
Michell ya no pudo contener las lágrimas.
—Estoy tan orgullosa de ti, amiga… —susurró, con la voz quebrada—. Y sí, vamos a salir de esta. Como siempre. Juntas.
Frank nos rodeó a ambas con sus brazos y, por un instante, sentí algo parecido a un refugio. Un rincón del mundo donde aún era amada, donde aún tenía valor.
Sí, este dolor me había quebrado, pero también sería la chispa de mi renacimiento.
Porque el amor que creí tener me destrozó… Pero el amor verdadero, el que no se exige ni traiciona, estaba aquí, en los brazos de quienes nunca me soltaron.
Y eso… eso sería suficiente para comenzar a reconstruirme.
>>>Tiempo actual<<<
Como había prometido, desde aquel día juré que el amor no estaba destinado para mí. Me convencí de que era una ilusión, un espejismo doloroso al que no volvería a acercarme. Cerré mi corazón con candado, prometiéndome que nunca más me permitiría caer.
Sin embargo, a veces, hasta las promesas más firmes se ven desafiadas por lo inesperado.
Todo cambió de manera radical cuando él entró a mi bar.
—Perdón por la demora. Gracias por su paciencia, ¿señorita? —dijo con una amabilidad que desarmaba, con una sonrisa que parecía esconder el sol en sus labios.
—Uh... Riley. Soy Riley.
—Encantado de conocerte, Riley. Mi nombre es Liam.
—El… El placer es mío —respondí, sintiendo un temblor extraño en el estómago. Sin imaginar que ese instante —tan simple, tan común— marcaría el inicio de algo mucho más grande que una simple conversación.
Ese encuentro fue el principio de una conexión inesperada. Una que empezó sin prisa, sin promesas… pero que desafió todas mis convicciones sobre el amor.
A veces, la vida nos sorprende cuando menos lo esperamos, recordándonos que no todo está dicho, que las promesas pueden tambalearse… y que los capítulos más importantes comienzan justo cuando creemos que todo está terminado.
Desde el primer momento, algo en él despertó en mí una sensación distinta. No fue solo su nobleza o su mirada, sino esa forma de escucharme como si mis palabras importaran más que el protocolo. Cuando llegó la oportunidad de viajar a un reino desconocido para estar a su lado —para convertirme, quizá, en su Reina— no lo dudé.
Pero pronto descubrí que no solo debía luchar por su corazón. También debía hacerlo por la aceptación de una corte que me miraba con recelo. Por la aprobación de un pueblo que esperaba otra clase de mujer. Por la mujer que el mundo creía que él merecía… y no por la que realmente amaba.
El Príncipe era todo lo que siempre soñé: íntegro, amable, generoso, con una nobleza que trascendía su sangre. Cualquiera desearía estar en mi lugar.
Y sin embargo…
Nunca imaginé que en medio de ese camino aparecería alguien más.
Su mejor amigo.
Él era su opuesto: áspero, directo, muchas veces insoportable. Un muro con ojos. Pero con el tiempo… logré mirar más allá de esa coraza. Descubrí su herida abierta, su verdad silenciada, su lealtad inquebrantable. Su forma de protegerme sin decirlo. Y sin buscarlo… Me encontré también conectando con su alma. Y mi corazón… comenzó a dividirse sin que pudiera evitarlo.
No fue mi intención enamorarme de dos hombres al mismo tiempo. Nunca quise enfrentar este dilema. Pero ahora estoy aquí, atrapada en medio de una tormenta emocional que no puedo controlar.
¿Cómo se elige entre dos almas excepcionales? ¿Cómo se apaga uno de esos sentimientos sin romperse por dentro?
Lo que en un principio parecía claro —renunciar al amor para protegerme—, ahora se ha vuelto una encrucijada dolorosa. Me siento entre dos fuegos, y sé que al escoger uno, también quemaré una parte de mí.
La confusión reina en mis pensamientos. Y la respuesta… aún parece demasiado lejana.











