Esperaba sentada. Las piernas se le entumian, a veces desaparecian dentro de su conciencia. Todo se le hacia mas extraño; los olores, las personas y el color de las paredes. Las manos se le moretearon por el miedo, aun asi intentaba masajearse el vientre para calmar las contracciones.
El frío se apoderaba de cualquiera. Aqui convivía la rutina y la desesperación; dos facetas, y a una no le importaba la otra.
Pasaba desapercibida. Mas bien todos aquellos que en silencio compartian la sala de espera. Otros que se habian cansado ya de reclamar al aire, o a la pared.
«No te gustó andar weiando» escucho en una ocasión a una enfermera rancia por los años. «Vieja de mierda» le hubiera dicho, ¡Que ganas de sacarle la madre!, pero nisiquiera podía articular una palabra; el mentón le bailaba por los nervios.
Si ganas de putear no le faltaban. A nadie que compartía la sala con ella le faltaban, solo que no habia a quien putear; todos los doctores y enfermeras desaparecian, y la gente tenia que ahogarse las ganas.
El tiempo pasó. ¡Quien sabe cuanto rato!; y siguió esperando una eco, con las nalgas cuadradas por el asiento de plástico; ahora sólo queria saber - dentro de toda angustia-si la cría que llevaba en el vientre seguía ahí.
Se les fue la ilusión a todos.