El joven príncipe llevaba ya varios días sin su dosis de cafeína matutina, por lo que aquella mañana había despertado temprano y se había dirigido rápidamente a la cocina. La cafetera ya estaba lista, por lo que tomó una taza del estante, se sirvió y degustó en un pequeño sorbo. Pudo sentir una presencia tras su espalda, por lo que se giró y le sonrió abiertamente con diversión a la persona. “Deberías probar este café” dijo alzando su taza al desconocido. “¿Te sirvo una taza?”












