Ibuprofeno emocional
¿Qué onda la gente que responde cada 8 horas como si fuesen un ibuprofeno? Dosis cada tanto, efecto rebote... y después, el silencio.
¿Para qué hablás si no vas a hablar? ¿Para qué arrancás una conversación si la vas a abandonar a mitad de camino, como si no importara?
No somos robots. No somos notificaciones que podés silenciar. Y no, no es ansiedad. No es intensidad. No es que uno “espera demasiado”. Es que vos ofrecés poco. Y ni siquiera eso lo sostenés.
No te estoy pidiendo que me escribas cada cinco minutos. Te estoy preguntando por qué empezás algo que no vas a continuar. ¿Por qué saludás si no querés hablar? ¿Por qué volvés si no pensás quedarte? ¿Por qué tanta gente se volvió fanática de hacer perder el tiempo?
Y no me vengas con que “estás ocupado”. Todos lo estamos. Pero el que quiere, se hace el tiempo. El que no, manda un mensajito cada ocho horas… justo cuando el hilo ya se está por cortar. Para no quedar tan mal. Para mantener tibia la conexión. Para no cerrar del todo, pero tampoco apostar.
Mediocridad afectiva en su máximo esplendor.
Y no es solo cosa de hombres, ¿eh? También lo hacen muchas mujeres. Es una plaga moderna: gente que no quiere perder, pero tampoco sabe ganar. Gente que quiere “mantenerse en contacto”, pero no conectar. Gente que prefiere ser cobarde antes que clara.
Y ya fue. No quiero ibuprofenos. Quiero vínculos con nombre y presencia. Conversaciones con ida y vuelta, no con lag mental. Prefiero una verdad cruda a un “hola, ¿todo bien?” cada 10 horas. O peor: una respuesta como si no hubiesen pasado 10 horas desde la última. Como si nada.
Gracias, pero no. Mi tiempo no es de entrega programada. Mi atención no es para gente a medio cargar. Y mi interés, menos.
Fer





















