Podría desnudar mi cuerpo miles de vece para tí, sólo para lograr que me mires, que me toques, que me sientas, y tal vez que me ames de esta manera. Pero mí corazoncito no desea hacerlo así, yo quiero enamorarte simplemente con tener que mirar mis ojitos de color roble, con escuchar a lo lejos el sonido de mis pulseras. Con sentir mi aroma natural cerca, teniendo mí voz recorriendo por tu cabeza.
Quiero que disfrutes de la persona que soy cuando me hallo vestido pero desnudo de miedos. De quien soy con el corazón en la mano, ardiendo en fuego y con tres dagas clavadas en su centro, similar al que poseen los santos en sus retratos.
Tengo el alma tortuosa, pero también libre de pecado y males. Cargó un sol en mí pecho que al igual que ilumina mí vida, quiero que también ilumine la tuya. Especialmente cuando la oscuridad abunde a tu alrededor y las noches sin estrellas sean eternas.
No soy un ángel de la guarda, aunque lo lleve escrito en el nombre.
Tan sólo soy un mero humano, y sabiendo que tengo la posible de estar varias veces sobre tu cama. Prefiero quedarme en los recovecos de tu interior, ayudándote a plantar semillas en tú corazón para que crezcan con el tiempo.
Porque aunque mi estancia pueda ser temporal, tambien quiero dejarte una estrella brillando adentro tuya. Pero no voy a dartela yo. Quiero que seas tú solito quien la descubra, y que luego me lo cuentes si te apetece.
Al final yo no quiero el placer momentáneo, sino el poder regalarte la compañía de mí corazón.










