Parece que ahora durmieras menos por las noches, o que estas se volvieran demasiado largas en tus ratos de insomnio, cansándote aún más. Pues cualquiera de estas dos hipótesis es lo suficientemente válida como para justificar las ojeras tan marcadas que llevas debajo de esos ojitos tan tristes.
Supongo que el pasado sigue llamando a tu puerta, incluso a altas horas de la madrugada, impidiéndote descansar. Aunque ahora solo se presente en forma de fantasmas ruidosos.
Pues pasan el rato golpeando la puerta con sus finos nudillos, acariciando suavemente la madera con las yemas de sus dedos, sacando extraños crujidos que retumban por toda la casa y que te recuerdan a cada instante que siguen esperándote al otro lado.
Tocando el timbre a cada instante para llamar tu atención, para que los invites a pasar, a pesar de que tú ya no quieres verlos más.
Pero aún así siguen llamando.
A veces suenan unas llaves entrando en la cerradura, girando de un lado para el otro del pomo, pero nunca se abre del todo. Pues las llaves que tienen ya no pertenecen a tu casa, aunque ellos lo siguen intentando.
El eco de sus pasos retumba por las escaleras, sin saber con certeza si es que bajan o suben por ellas; solo sabes exactamente el momento en que se detienen, pues siempre lo hacen justamente cuando llegan a tu rellano.
Con la extraña sensación de que son ellos los que te observan a ti por la mirilla de la puerta, y no al revés, como debería de ser.
Las luces del pasillo se mantienen encendidas siempre junto al barullo que se forma con ellos.
Y aunque al principio podías vivir con ello, conforme pasaron los años fue aumentando el ruido, al igual que la cantidad de fantasmas que se reúnen ahora en el edificio.
Los susurros y ecos del pasado se cuelan por cualquier lado, llevados por el aire, a pesar de que solo seas tú el único habitante del lugar.
El único con la capacidad de hablar, y el único al que no se le escucha tampoco.
Nadie te explicó nunca lo ruidosos que se pueden volver los recuerdos, lo pesado que se vuelve la memoria que no es capaz de olvidar nunca.
Pues todo lo que habita en tu cabeza parece que también habita más allá de la puerta que mantienes cerrada.
Voces de viejas personas y conocidos, rostros borrosos de amistades y amores del pasado, y que allí se quedaron. Pero que ahora vuelven al presente, aunque sea en esta cruel forma de espectros que te roban la noche para descansar.
Algunos días amaneces con una carta tirada en el suelo, al lado del marco de la puerta, por donde se coló seguramente.
Antes las leías en silencio durante horas, incapaz de reconocer su letra y prosa, aunque fueran propias, pues están tan cambiadas, y estás tan cambiado, que apenas te reconoces en ellas.
Ahora simplemente dejas que se amontonen unas sobre otras, sin abrirlas, sin prestarles atención.
Al igual que tampoco observas las fotos que se cuelan entre las notas, las mismas que un día atrás llenaban los marcos y los álbumes de recuerdos que había por toda tu casa, y que hoy simplemente están vacíos.
Como si te las hubieran robado. O como si las hubieran recuperado de la basura en donde las tiraste.
La presencia de ellos no dejó de existir por el mero hecho de que te hubieras deshecho de sus recuerdos, a pesar de que en cierto modo sí fue así en la vida real.
Pues siguen habitando más allá de la calle en donde se encuentra tu casa.
Pero para ti sí que dejaron de existir cuando cruzaron por última vez esa puerta que ahora observas.
Ahora tampoco te gusta subir a fumar a la azotea, pues hay demasiado humo allí concentrado, un humo que no proviene de tus cigarrillos, sino de los de ellos. Un humo que se condensa y ocupa todo, incluso los huecos que quedan entre tus pulmones marchitos. Un humo que opaca tus ojos y, a veces, los hace llorar.
Al igual que sucede con el cenicero que tienes allí, rebosante de colillas, y ninguna tocó tus agrietados labios.
Qué mala costumbre tenías tanto tú como los fantasmas.
Parece que el edificio es ahora más de ellos que tuyo, que es más ahora de los fantasmas que de la única persona de carne y hueso que lo habita.
Quizás es por eso que ya tampoco te gusta salir de casa.
Y la razón por la que ya no puedes dormir en las noches.
Qué ruidosos se vuelven los fantasmas o los recuerdos cuando habitan a sus anchas…