[Usted debe leer esta carta como si contuviera de epígrafe un haiku que dijera Adentro de tu falda/ Deslizar la luz/ De cadáver sonriente. El autor del haiku bien podría llamarse Nashida Burakai[1], y usted puede imaginarlo como un hombre que, a pesar de meditar, se emborracha, ama y se decepciona. Aunque nada de esto, ni de lo otro, sea cierto]
Yo en tus piernas, para empezar, leí el anuncio/advertencia que escribió Dante para la puerta del infierno: ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza![2]. Abandoné toda esperanza y ya sin esperanza y, por lo tanto libre y peligroso, me lancé a hablarte sobre los fracasos de la lectura marxista[3] en la posmodernidad. Te hablé sobre tantas cosas, tantas bellezas y tantos ascos, pero el contenido no era tan importante como la forma; en un arranque de romanticismo renacentista, mis palabras construían casas con chimeneas en donde pudieras estar cómoda, pero también construí bosques en donde pudiéramos correr desnudos, aullarle a la luna y hacer el amor mientras nos recitábamos sonetos al oído. “Polvo serán, mas polvo enamorado”[4], escuchando a Quevedo a lo lejos, como quien escucha a un Dios pagano que susurra entre los abedules.
La voz del agua tejía nuestros nombres y tus besos destilaban luz. De esa belleza (de ese olvido) te puedo hablar; de las noches en que el delirio era nuestra máscara y los espacios se cerraban hasta que nuestros huesos y nuestras almas y nuestros miedos se tocaban, se entrelazan y se dispersaban en el aire como una diente de león[5] arrasada por el viento.
Nos besábamos bebiendo paisajes, nos acariciábamos reinventando jardines secretos. Amarte fue embriagante y doloroso; toda luz supone la muerte de una sombra y viceversa. No se puede ser feliz sin intuir el final de esa felicidad, y tener como tengo, una lucidez a prueba de babas, me convertía en un monstruo enamorado. Todo fue emocionante y el mundo nacía entre mis manos por primera vez. Pero cuando te fuiste, el mundo otra vez renació y sonreí de frente al horizonte. Hoy quiero recordarte como se recuerda la primera vez que uno camina bajo la lluvia fumando un cigarro húmedo.
Así tu recuerdo, como un ave invisible que cosquillea en mis manos pero que no se deja asir. Y esa es la belleza (¿por qué no?) de vivir, amar un amor que empieza y amar un amor que acaba; todos los puntos del círculo son igualmente valiosos, así que no nos queda más que, como dice el mejor poeta mexicano[6], prenderle fuego y echarlo a rodar.
[1] Tanto el haiku como el autor son ficcionales. O tal vez no.
[2] Escrito en el libro más famoso de Dante Aligheri, La Divina Comedia, Canto III del Infierno, hoy de propiedad pública.
[3] Hay dos maneras equivocadas de leer a Marx, diciendo que se equivoca y diciendo que tiene razón.
[4] Este verso es el final del soneto “Amor constante más allá de la muerte” de Francisco de Quevedo, un autor que francamente no me gusta pero, al ser uno de los primeros poetas que leí, nunca dejo de pensar en él cuando poetizo.
[5] Nombre común de una flor que, regularmente, se deshace cuando le soplas.
[6] Es Jaime Sabines, la frase no es exacta, sólo es parecida.