Nos ofrecieron miseria y miseria nos vendieron
El cine mexicano ha tenido problemas en posicionarse incluso en su propia nación. Después del llamado cine de oro mexicano de la década de 1920, cayó en picada y 50 años después pasó de tener a grandes estrellas internacionales a tener actores más bien olvidables. Entre los 90 y el inicio del nuevo milenio se comenzó a hablar del “nuevo cine mexicano”, fresco, con propuestas, directores y actores prometedores. Entre estos se encontraban los ahora laureados Gillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñarritu. A pesar de los galardones y el éxito que estos directores han obtenido y de la inclusión de actores mexicanos en producciones holliwoodenses, sigo percibiendo un rechazo al cine mexicano en general. Considero que se atraviesa con una suerte de “malinchismo” que tacha de muy violento un cine crítico que retoma el panorama actual nacional, pero que tacha de ingenuo o poco comprometido historias en las que no todo es sufrimiento. También es cierto que lo más publicitado del cine nacional es refrito tropicalizado, historias moralistas o misóginas y la más burda comedia de pastelazo, pero limitarse a decir que ese es Todo el cine mexicano es como creer que el cine norteamericano solo es hollywood, o peor, creer que todo el cine es norteamericano. Al respecto de los extremos que afronta el otro cine mexicano, quisiera hablar de dos cintas que vi el año pasado.
Hace algunos meses vi El sueño del Mara’akame (2016) de Federico Cecchetti, no es sorpresa para nadie que Hollywood tiene cooptado el sistema de producción y distribución del cine y las industrias locales deben competir con el cada vez más grande conglomerado, de modo que esta clase de cintas tienen poca oportunidad de ser exhibidas. Justo esta cinta, de 2016, fue exhibida en la Cineteca, espacio de exhibición de cine de arte/alternativo/bien hecho (a veces todo junto a veces por separado), tres años después. La película tiene una estructura narrativa bien común: un “elegido” no está seguro de querer seguir el camino que le está predestinado, realiza un viaje en el que debate entre perseguir lo diferente o aceptar se destino, que además lo hace responsable de algo más grande que sus propios deseos, en el viaje se descubre y se le revela el camino que debe seguir así como valores profundos para hacerlo. Bien hecha, bien contada, sencilla y sincera. Por un lado no conozco más que a una persona que la vió, por el otro, de cintas similares producidas en español no he oído más que burlas e incredulidad, no así de Frozen, que, si lo piensan un poco, tiene una trama idéntica. La película me pareció bonita, bien fotografiada, bien actuada, con una interesante resolución del conflicto y con un mensaje muy claro al final, tiene elementos místicos y algunas cosas se resuelven por la buena suerte del elegido protagonista. El punto es que me parece desafortunado que fuese ignorada solo por “ser cine mexicano”. Considero que es el mismo conflicto que con el ánime: Like television, cinema, or any other art form, anime is a medium, not a genre (2019, Frank. A and Aja Romano), cine mexicano es una clasificación, no es género.
Chicuarotes es la cinta que el año pasado estrenara el también actor Gael García Bernal. Aborda la situación de dos jóvenes marginados que habitan al sur de la ciudad de México, en una población denominada San Gregorio. Los habitantes de este lugar son conocidos como Chicuarores y no solo expresa la localidad a la que pertenecen sino un modo de ser. Son aguerridos y necios, no confían en la gente y defienden su población ante la menor provocación. Esta localidad cuenta con zonas chinamperas, islotes que los aztecas construían mucho antes de la llegada de los españoles que les permitió habitar en el ahora extinto lago del Valle de México, este espacio en tránsito entre lo rural y lo urbano es el escenario de la trama. Estos chicuarotes son casi niños que tiene condiciones de vida marginadas, el padre del personaje principal es alcohólico y la madre trabaja para mantener a una familia de 5, incluyendo las borracheras del marido. Urgidos de dinero, estos jóvenes comienzan a realizar actividades criminales para obtenerlo, incluyendo un secuestro que desencadenará una persecución en el aguerrido pueblo. Justo en el otro extremo del espectro, las condiciones de los personajes los destinan a reproducir la marginalidad.
El cine que refiere a lugares y realidades existentes no puede retratar la totalidad de las condiciones, tampoco tiene por qué hacerlo, en tanto que es ficción a pesar de tomar elementos de la realidad. El Sueño presenta a la localidad, sus ritos, sus costumbres y su relación con la ciudad, con la carretera, con otras personas en otras realidades geográficas; Chicuarotes se limita a una comunidad muy específica y, en tanto que es una población más occidentalizada, presinde de explicar cómo es un rito religioso católico pero se puede inducir porque hay una iglesia católica con un cruz en alguna de las tomas y porque al repicar de las campanas, la población se junta en la plaza principal.
Quizá el problema que tengo con Chicuarotes es que repite la fórmula de Amores Perros: personajes que huyen porque tomaron malas decisiones, marginados que repiten su marginalidad, algunos muertos, dolor de madre y machismo exacervado. El sueño no problematiza nada de lo anterior y también es una fórmula muy usada pero en definitiva considero que contiene elementos que antes no se nos habían presentado a los cinéfilos. Quizá las dos exotizan al momento de aislar la historia que cuentan, pero quizá el cine lo hace todo el tiempo. Los jóvenes de ambas cintas son personajes complejos con un pasado que los posiciona en el mundo y con deseos de futuro. Quizá mi opinión se basa en conocer que no todo en la población de San Gregorio es así de marginal, pero quizá tampoco todas las poblaciones Wixarikas lograrán la resistencia que probablemente estoy romantizando.