“Beth...” su voz arrastra letras con naturalidad, pequeño vaso lleno de líquido ámbar da una vuelta lenta a través de sus dedos y es mostrado hacia la que tiene enfrente. “¿Sabes lo que odio de esto?” las doradas gotas a las que hace referencia pasan a formar parte de su sistema una vez más antes de responder a su propia retórica, consecuencia que sentiría en no mucho tiempo...o más bien empeoraría su estado actual. “Es muy peligroso” su vista se dedica a los cristales vacíos frente a él, en lugar de a la contraria, casi paranoicas las palabras que pronuncia ante la falta de un cierre o explicación a estas. “Como...no te das cuenta...y ya estás explicando cosas que no dirías a nadie, a ti te decía todo pero la cagué como te habrás dado cuenta” el efecto era claro no solo en su forma de hablar si no también en como su cabeza se apoyaba en su derecha, deje casi de cansancio en sí. “Podría explicarte lo mucho que me odio a mi mismo por todo lo que hice y como eché todo a perder” la mueca en su boca es triste mientras que los ojos se llenan de agua por inercia, amenazando pero nunca dejándose ver. “No quiero que Emma me odie por haber arruinado esta parte de su vida cuando sea grande, ¿sabes?” y los sentimientos que se dejan ver son casi igual de transparentes como todo aquello en lo que su mirada se fija, hasta borracho siendo incapaz de revelarse por completo ante la mujer que amaba y aún así había dejado ir, dejándose llevar por la influencia y el aburrimiento cual adolescente, facilidad con la que un niño caía en la trampa de los caramelos, pero lo peor de su situación era de que era consciente de lo que hacía cuando se repitió una segunda vez, no era ninguna presa fácil — pero se había manejado como una, transformándose en preso de su propia futura agonía a pesar de que su actitud hasta la actualidad no dejara ver completo remordimiento en sus ojos. Pero ella la única que podría leerlo, sentirle cual braille y saber exactamente lo que le estaba pasando, pero no había dejado que las cosas cambiaran ante, primero, no saber perdonarse a sí mismo. “Me odio tanto” en el sentimiento de acongojo, el antagonista en su propia felicidad recobra remembranza a aquella lenta canción que pasaban el día de su boda en dónde la larga tela blanca del vestido de la menor bailaba a su par, felicidad y un futuro por delante brillando que se había encargado de apagar, de romper al igual que aquel vidrio que su índice había hecho girar y se había encargado de torpemente tirar al piso. “¿Ves? Rompo todo lo que toco, eventualmente” y antes de bajarse del taburete, la mira a los ojos por primera vez, negando antes de agacharse a recoger las piezas rotas. ‘Al menos con esto, algo puedes hacer ’ le dice aquel chillido que en su materia gris le carcome, frágiles pedazos apenas pinchando la dermis en su intento de ayudar.