Baile de otoño || Joseph-Charlotte
Sonrío, con ganas, al ver como la muchacha le respondía de esa forma tan brusca.—No estás tan dormida como pensé. Menos mal, como hubieras empezado a roncar entonces ya no hubiera tenido salvación ninguna.—alegó, riendo levemente aunque fue una mala idea ya que la zona de las costillas le respondió con dolor, por lo que terminó tosiendo y poniendo una mueca de molestia. Desde luego, ella jamás iba a cambiar y en parte estaba bien… no tenían por qué hacerlo. Si eran tal y como ellos siempre fueron, no había nada de malo en ello y por lo cual tomar preocupaciones. A juzgar por su expresión, la morena tampoco había logrado pasar muy buena noche. Él había dado cabezadas, pues el dolor le mantenía desvelado y a no ser que le inyectarán un poco de morfina le resultaba más que imposible hacer que su cuerpo se quedara muerto y quitado de toda tensión. Su suposición era acertada, por lo que ladeó el rostro y le mostró una pequeña sonrisa.—Me tienen frito. Y ya estoy demasiado cansado para seguir haciéndome pruebas. Al menos por hoy. Mañana ya pueden hacerme las que quieran, eso no se lo negaré.—luego, la miró con atención, notándola levemente… distinta. Pues su cara estaba libre de todo aquel maquillaje oscuro y sus ojos ahora se mostraba incluso más limpios y claros que antes.—Tú parece que nos has logrado pegar mucho ojo, eh. Quizás debería irte a casa y descansar.—se asomó por encima del borde, admirando la enorme escayola que la chica tenía en su pierna y mostró una mueca de desaprobación.—Whoa, ¿cómo puedes andar con ese mastodonte? De seguro pesa más que una vaca en brazos.—ante su pregunta, se limitó a encogerse de hombros y tampoco hizo bien pues otra espina de dolor volvió a recorrerle entero.—Debo estar en reposo. Como mucho, dos semanas. El máximo son tres. Y no sé cómo voy a hacerlo porque yo no puedo estarme quieto y eso lo sabes la mar de bien.—resopló, seguramente y con esperanza, vendrían a visitarle y hacerle aquello más ameno porque sabiendo que no podría salir de fiesta o tener unos tragos era algo bien feo. Aguantaba pero sin gracia. Se fijó que Charlotte observaba con mucho ensimismamiento un punto de la sala. Él giró su rostro mas no vio nada. Arqueó una ceja, volteándose de nuevo ante la muchacha con intriga.—¿Qué se supone que has visto? ¿Una mosca siendo devorada por una araña?—bromeó. Sin embargo, cuando ella pronunció el nombre de su padre la cara de Joseph quedó en una mueca de incredulidad.—¿Freddie?—aquello era… desconcertante. Entonces… entonces lo que él soñó… no, no era posible.
—Charlotte, ¿qué pasa con mi padre?—logró finalizar la pregunta, pues eso le estaba dejando bastante dudoso sobre qué era la realidad y la ficción. Se veía como mareada, y Joseph alargó su mano para apretársela.—Me parece que te está dando alucinaciones, como a mi.—coincidió en voz baja. Y de la nada, ella lo había mirado con esos mismos ojos tan azules como el cielo y se había echado en sus brazos con increíble rapidez. Desconcertado, el chico apenas pudo corresponder como era debido. Primero por la impresión y porque la unión duro escasos segundos. Frunció el ceño.—Si tienes la pierna mal no hagas sobresfuerzos, tonta.—regañó. Pero al ver de nuevo esos ojos, vio las pequeñas lágrimas formándose en ellos.—Charlotte…—la situación le estaba pillando totalmente desprevenido y en verdad no sabía cómo demonios actuar tras el percance. La escuchó y ante lo que dijo, sonrío suavemente.—Vaya, que coincidencia, ¡yo también me alegro de estarlo! Ya sabes, si hubiera tenido diez años más habría acabado en el Club de los veintisiete y me parece que tampoco estaré para eso… Pero sí, es bonito alegrarse porque siga respirando. Magullado y con unas costillas rotas pero bueno, sigo respirando.—admitió, arrugando los labios y quitándole con cuidado las lágrimas que corrían por su rostro.—Venga, deja de llorar o me lo acabaras pegando y créeme que no estoy en plan de ponerme emotivo. Cualquier que te viese pensaría que eres la gemela perdida de Cook.—rió, meneando la cabeza.—No tienes nada que agradecerme porque para eso están los amigos, ¿verdad? Tarde o temprano iba a suceder, así que no lo lamentas tanto. ¿Sí? ¿Cuáles?—preguntó, lleno de curiosidad.—Oh, vaya. Eso es bueno. Quiero decir, al menos ella estará tranquila. Lo siento un poco por él, sabes. No porque sea tu padre si no porque… porque creo que él de verdad los quería a ambos. Es decir, a mi padre y a tu madre. Y seguramente que ellos se quisieran le dejo bastante roto.—Era verdad. Puede que James Cook no fuera la persona más simpática, educada y agradable de todo Bristol y Reino Unido… pero tampoco era una mala persona. Era un hombre que solo quería que lo amasen. Alejó sus pensamientos de Cook cuando de nuevo escuchó “Lo siento”.—No me pidas más disculpas, de verdad. Lo hecho, hecho está. Y no me arrepiento de ello, para nada.—comentó, mirándole con seriedad y apretando su mano.—Me basta con saber de que ahora las cosas irán para mejor, ¿vale?
Frunció el ceño y entrecerró los ojos, mirándolo. – Te daría una buena paliza si no fuese porque estás en camilla. – Bromeó sin reír, hasta que hizo una mueca de preocupación al verlo toser. Al ver que no era nada relajó el cuerpo, el cual se le había puesto duro y alerta como reacción automática. – Sabes que no puedo ser la Reina de Luto si me das un ataque al corazón, ¿verdad? – Bufó. Alzó las cejas una y otra vez, demostrando en su rostro que había entendido sus palabras con doble sentido. – Conque te gusta que las enfermeras te hagan pruebas, ¿eh? – Rió leve. Al escucharlo negó firmemente con la cabeza. – Puedo dormir aquí, solo tengo que convencer a mi madre de que el hospital no me matará… No lo hará, ¿verdad? ¿O alguna de las enfermeras se parecía al Joker? – Bromeó con expresión seria, haciendo referencia al villano de Batman. Al escucharlo hablar de su pierna, volvió a reír, esta vez con más ganas. – Nunca he llevado una vaca en brazos, pero… Sí, pesa bastante. – Sonrió leve. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan… Libre, alegre, feliz. Pura. Vio a la Muñeca de Trapo del otro lado de la camilla, justo donde Freddie había desaparecido, sonriendo orgullosa. Llevaba un largo vestido blanco con bordados de oro cuya falda caía hasta encontrarse con el suelo. Su cabello castaño le caía por los hombros, con ondas tan curvadas que invitarían a cualquiera que la viera a acariciar sus largos cabellos. Sus ojos, eso fue lo que más llamo la atención de Char, eran de un azul cielo que ella no veía en su reflejo desde que era una niña, cuando no tenía idea de lo que sucedía a su alrededor. Cuando su mundo se resumía a vivir cada día como si el cielo no estuviese nublado, a visitar a sus primos y a sus pocos amigos. Era un color azul de esperanza, orgullo y alegría, igual que su sonrisa. Sin darse cuenta de que sus ojos aún estaban llenos de lágrimas, la joven Cook (ahora, Stonem) le devolvió la sonrisa.
Pero su pequeña reunión secreta con su pasada persona no duró mucho cuando volvió la atención a Joseph. Negó con la cabeza ante la posibilidad de que el legendario McClair hubiese sido un producto de su imaginación. – No, no es una alucinación. Solo tengo de esas cuando me paso de polvo y no he consumido en un par de días. – Suspiró. Lo miró a los ojos, aquellos brillantes ojos marrones que conocía de memoria desde que había empezado a caminar, los cuales tenían un ligero brillo de picardía que siempre había llamado la atención de Char, pero a su vez un brillo de comprensión que la había hecho sentirse siempre segura. Por eso nunca había podido lastimarlo ni torturarlo. Lo más lejos que había llegado era tomarlo por el cuello unas semanas atrás, pero eso no era nada comparado con lo que ella hacía con sus pequeñas “presas”. Si él lo supiera no volvería a hablarle jamás. – Supongo que solo vino a despedirse. – Le sonrió levemente con cariño, una sonrisa que no le había entregado desde que tenían once años, aquella vez cuando había tenido una gran gripe una noche de tormenta y ambos pensaban que iban a morir. Sí, ver una película sobre cazadores de tornados ese día no había sido un gran apoyo, pero aun así a Charlotte no le había importado quedarse toda la noche cuidando de él. No lo había hecho por pena ni por burlarse de él luego, porque en esos tiempos todavía no se peleaban. Eran amigos, los mejores podría decirse. Ella se había quedado porque así lo había decidido, porque se sentía responsable de alguna manera y sentía que no podía dejarlo. Porque lo quería.
Decidió pasar de su comentario con respecto a la pierna rota y rió con su torno burlón al hablar del Club de los Veintisiete. – No te vas a morir. No mientras yo esté por aquí. – Llevó una mano al cabello del moreno, el cual estaba un poco mojado y enrulado en consecuencia. Acarició su cabello de forma protectora, como lo había hecho en la noche de tormenta, una de las últimas noches en las que se quedó en la casa de los Fitch y, también, una de las últimas en las que lo sintió como un amigo en vez de lo contrario. Sintió algo volver a la vida en su interior cuando él dijo que eran amigo. Tal vez, después de todo, no estaban tan mal. Suspiró, resignada y cansada de tener que escuchar lo mismo una y otra vez, sabiendo que no era verdad, incluso si él no lo sabía. – James no es mi padre. – Nunca había dicho el nombre de pila de Cook, aquella era la primera vez. – Mi madre escondió una caja, ¿sabes? En casa de mi tío Tony. Tiene cosas de esa época –rió leve al notar que había usado la palaba “época” como si su madre tuviese más años de los que cargaba–. Lo sé porque una vez estábamos buscando dónde esconder hierba y la encontramos de casualidad. Nunca la abrí, pero… Pero si quieres podemos abrirla algún día –sonrió leve–. Tal vez haya cosas de tu padre allí. – Al escuchar lo último, rió con ganas. – Ay, por todos los dioses –por un breve instante se preguntó si a su padre le importaría que usara esa expresión, pero un segundo después se dio cuenta de que le importaba un comino–. Estás hablando con Charlotte Stonem, ¿de verdad crees que las cosas irán para mejor?








