Baile de otoño || Joseph-Charlotte
Frunció el ceño y entrecerró los ojos, mirándolo. – Te daría una buena paliza si no fuese porque estás en camilla. – Bromeó sin reír, hasta que hizo una mueca de preocupación al verlo toser. Al ver que no era nada relajó el cuerpo, el cual se le había puesto duro y alerta como reacción automática. – Sabes que no puedo ser la Reina de Luto si me das un ataque al corazón, ¿verdad? – Bufó. Alzó las cejas una y otra vez, demostrando en su rostro que había entendido sus palabras con doble sentido. – Conque te gusta que las enfermeras te hagan pruebas, ¿eh? – Rió leve. Al escucharlo negó firmemente con la cabeza. – Puedo dormir aquí, solo tengo que convencer a mi madre de que el hospital no me matará… No lo hará, ¿verdad? ¿O alguna de las enfermeras se parecía al Joker? – Bromeó con expresión seria, haciendo referencia al villano de Batman. Al escucharlo hablar de su pierna, volvió a reír, esta vez con más ganas. – Nunca he llevado una vaca en brazos, pero… Sí, pesa bastante. – Sonrió leve. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan… Libre, alegre, feliz. Pura. Vio a la Muñeca de Trapo del otro lado de la camilla, justo donde Freddie había desaparecido, sonriendo orgullosa. Llevaba un largo vestido blanco con bordados de oro cuya falda caía hasta encontrarse con el suelo. Su cabello castaño le caía por los hombros, con ondas tan curvadas que invitarían a cualquiera que la viera a acariciar sus largos cabellos. Sus ojos, eso fue lo que más llamo la atención de Char, eran de un azul cielo que ella no veía en su reflejo desde que era una niña, cuando no tenía idea de lo que sucedía a su alrededor. Cuando su mundo se resumía a vivir cada día como si el cielo no estuviese nublado, a visitar a sus primos y a sus pocos amigos. Era un color azul de esperanza, orgullo y alegría, igual que su sonrisa. Sin darse cuenta de que sus ojos aún estaban llenos de lágrimas, la joven Cook (ahora, Stonem) le devolvió la sonrisa.
Pero su pequeña reunión secreta con su pasada persona no duró mucho cuando volvió la atención a Joseph. Negó con la cabeza ante la posibilidad de que el legendario McClair hubiese sido un producto de su imaginación. – No, no es una alucinación. Solo tengo de esas cuando me paso de polvo y no he consumido en un par de días. – Suspiró. Lo miró a los ojos, aquellos brillantes ojos marrones que conocía de memoria desde que había empezado a caminar, los cuales tenían un ligero brillo de picardía que siempre había llamado la atención de Char, pero a su vez un brillo de comprensión que la había hecho sentirse siempre segura. Por eso nunca había podido lastimarlo ni torturarlo. Lo más lejos que había llegado era tomarlo por el cuello unas semanas atrás, pero eso no era nada comparado con lo que ella hacía con sus pequeñas “presas”. Si él lo supiera no volvería a hablarle jamás. – Supongo que solo vino a despedirse. – Le sonrió levemente con cariño, una sonrisa que no le había entregado desde que tenían once años, aquella vez cuando había tenido una gran gripe una noche de tormenta y ambos pensaban que iban a morir. Sí, ver una película sobre cazadores de tornados ese día no había sido un gran apoyo, pero aun así a Charlotte no le había importado quedarse toda la noche cuidando de él. No lo había hecho por pena ni por burlarse de él luego, porque en esos tiempos todavía no se peleaban. Eran amigos, los mejores podría decirse. Ella se había quedado porque así lo había decidido, porque se sentía responsable de alguna manera y sentía que no podía dejarlo. Porque lo quería.
Decidió pasar de su comentario con respecto a la pierna rota y rió con su torno burlón al hablar del Club de los Veintisiete. – No te vas a morir. No mientras yo esté por aquí. – Llevó una mano al cabello del moreno, el cual estaba un poco mojado y enrulado en consecuencia. Acarició su cabello de forma protectora, como lo había hecho en la noche de tormenta, una de las últimas noches en las que se quedó en la casa de los Fitch y, también, una de las últimas en las que lo sintió como un amigo en vez de lo contrario. Sintió algo volver a la vida en su interior cuando él dijo que eran amigo. Tal vez, después de todo, no estaban tan mal. Suspiró, resignada y cansada de tener que escuchar lo mismo una y otra vez, sabiendo que no era verdad, incluso si él no lo sabía. – James no es mi padre. – Nunca había dicho el nombre de pila de Cook, aquella era la primera vez. – Mi madre escondió una caja, ¿sabes? En casa de mi tío Tony. Tiene cosas de esa época –rió leve al notar que había usado la palaba “época” como si su madre tuviese más años de los que cargaba–. Lo sé porque una vez estábamos buscando dónde esconder hierba y la encontramos de casualidad. Nunca la abrí, pero… Pero si quieres podemos abrirla algún día –sonrió leve–. Tal vez haya cosas de tu padre allí. – Al escuchar lo último, rió con ganas. – Ay, por todos los dioses –por un breve instante se preguntó si a su padre le importaría que usara esa expresión, pero un segundo después se dio cuenta de que le importaba un comino–. Estás hablando con Charlotte Stonem, ¿de verdad crees que las cosas irán para mejor?
¿A mí? ¿Una paliza? Anda ya, no podrías conmigo. Y ya sabes que yo no peleo con niñas como tú.—sonrío con cierto toque guasón—Puede que no lo parezca, pero tengo bastante músculo y he desarrollado habilidades que te dejarían con la boca abierta durante una eternidad bien larga. Si Bruce Lee siguiera vivo, correría como una nena nada más verme asomar por la calle—le dijo con plena seguridad en sí mismo, estirándose de la mejor manera posible para no hacerse daño sin querer.—Entonces, no seas la Reina de Luto. Sé simplemente Charlotte.—coincidió él, sonriendo con extraña ternura.—Que yo sepa, a esa sí le puede dar un ataque al corazón y mil cosas más.—omitió una risa escandalosa, ya que iba a acabar doliéndole a las buenas o a las malas.—A veces sí. O si necesito que me lleven al baño y me froten la espalda… uno disfruta de esas atenciones. Menos cuando te las hacen las no… indicadas.—e hizo como si le entrase un escalofrío. Taciturno, negó con la cabeza de forma airosa.—De eso nada. Ve a casa y descansa debidamente. No quiero que luego me eches la culpa de tus inmensas ojeras y que éstas se te confundan con la sombra del maquillaje.—y aunque su tono pretendía ser jocoso, no lo lograba. Curvó los labios en una mueca.—Pues al Joker no pero sí al hombre de saco. Es mejor que no te la encuentres porque te cuenta unas cosas de historiales sobre pacientes que… mira, mejor no saberlo.—se alegró de escucharla reír de esa manera. Era casi como música en sus oídos.—Deberías intentarlo. Es muy diver.—aseguró con voz de niño pequeño. Había algo… algo distinto en Cook. Lo reflejaba con ilusión por todos los poros. Parecía que hasta él se sentía distinto al permanecer con ella de esa manera tan nostálgica. De pequeños siempre estuvieron unidos, llegando a considerarse viejos amigos. Pero por ciertas razones su lazo se rompió, siendo imposible de volver a unir hasta ahora. Aquellos últimos acontecimientos lograron, de forma bastante radical, que ambos jóvenes volvieran a unirse y se sintieran tan a gusto como antaño. La cosa era, ¿cuánto duraría esa nueva tregua entre ellos? Por su bien, esperaba que para siempre.
De verdad, no quería más hostilidades ni odio o rencor entre ellos.
Frunció el ceño. No la comprendía. ¿Sería algún efecto de la medicación que le dieron?—Pero los fantasmas no existen.—eran simples herramientas narrativas para asustar al personal con viejas leyendas o maldiciones. Igualmente, no quiso darle importancia, a pesar de que él también hubiese observado la figura de su difunto padre en más de una ocasión. Volvió a ocupar el centro de su mirada, y no puedo evitar sentir aquella vieja conexión relatir entre ellos. Sus ojos azules lucían limpios. Incluso más claros que como solían ser hacía penas semanas. Era como si la tormenta hubiese abandonado las orbes de la muchacha y diera paso a un tranquilo oleaje en ellos. Incómodo, aunque sin demostrarlo, miró hacia arriba y movió su mano, en un gesto de despedida.—Adiós, Freddie.—era raro, sí, ¿pero qué cosa no lo era? La sonrisa que le concedió Charlotte provocó un extraño mareo en su estómago. Uno, suave y sin ser perjudicial. Eso le recordó a una vez donde ambos, gracias a una bonita película, salieron en busca de cazar tornados. Já, ¡menudas ideas! Pero los dos fueron, en un día de pura tormenta, terminando al final en sus respectivas camas con un resfriado tremendo. Pero durante esa noche, donde ambos se calaron enteros y tuvieron que refugiarse en su casa, ya que era la más cercana, supieron que debían cuidarse el uno del otro. Y ella le cuidó, sin reparos. Sin recriminarle que fuera su culpa. En absoluto.
Rodó los ojos, divertido, y meneó la cabeza.—Te creeré, exReina de Luto.—aseguró, sonriéndole de forma íntima. El gesto que hizo la morena, realmente, le sorprendió. No le había tocado desde hace… tantos años. Y era un tacto suave, delicado, propio de una chica. Eso le descolocó, no esperaba ese gesto de Charlotte. Ni por asomo. No le desagradaba, era todo lo contrario. Le gustaba. Pero no podía dejar de obviar muchas cosas. Cerró los ojos, agradecido por esa caricia y soltó un suspiro corto de placer—Quizás deberías ser tu mi enfermera personal.—sugirió, todavía con los ojos cerrados. Amigos. Sí. Realmente, nunca dejaron de serlo. Solamente se confundieron. Él parpadeó, confundido por sus palabras. ¿Cómo no iba a serlo? Aunque ella lo rechazará, tenían un parecido espectacular. Pero, ver eso, le recordó lo que le pasaba cuando la gente le mencionaba que su padre y él eran como dos gotas de agua—Está bien.—le volvió a sonreír, cogiendo su mano con suavidad. Arqueó una ceja tras escuchar la historia de la caja. Es posible que fuera interesante, pero que bien interesante.—Claro. Será casi igual que cuando el hombre pisó la luna por primera vez.—coincidió, apretándole la mano con suavidad.—No importa lo que haya, mientras que sea entretenido de ver.—aseguró, riendo con ella suavemente.—Pues tú estás hablando con Jospeh McClair y te puedo confirmar, que así será. Nos encargaremos de ello.










