El Duque de Añil
He tenido este sueño recurrente el cual arrastro desde hace muchas noches atrás. Me encontraba perdido y desorientado en un extenso valle, donde todo parecía ser una primavera borrosa y nebulosa, la cual casi parecía pertenecer a un nostálgico recuerdo de infancia perdida, con extrañas aves coloridas que canturreaban mientras andaba sin parar, atrapado entre aquella marea cromática y auditiva de paraísos y jacarandas en flor.
En mitad de aquella confusión, salió a recibirme un hombre joven, alto y de facciones amablemente atractivas. Recuerdo su nombre, Yves de Malseq decía llamarse. Vestía ricos y extravagantes ropajes de colores añiles y púrpuras. Hablaba de que esta fue su tierra natal, el valle de Tarfia y señalando con su largo brazo enseñó el ancho rio Bet, el cual calificó de uno de los numerosos afluentes del lago Hali. Una sentí una repulsión de aquellas aguas al ver allí retozando a una especie de criaturas asimétricas que parecían hechas de una amalgama de cangrejo, salamandra y alacrán, de vivos tonos amarillos que contrastaban con resbaloso negro. Quise huir todo lo posible de aquel lugar, no sin incomodar a Yves, quien se ofreció a hospedarme. Aun perturbado por aquellos seres del agua, Yves me narró acerca de sus expediciones al monte Gurangur, quizás con la intención de tranquilizarme. Llegamos a un castillo cubierto de yedra y buganvillas con decenas de mariposas cuyos colores curiosamente eran los mismos que los del traje de Yves.
Salieron a recibirnos dos hermosas doncellas gemelas, Yvonne e Ysette, ataviadas con dos máscaras de fina porcelana que escondían una bella mirada y antes que pudiera decir nada me llevaron de la mano a una enorme mesa de ónice y marfil. Figuras encapuchadas de tonos purpúreos comenzaron a servir platillos con manjares que jamás vi y copas de un delicioso néctar.
En aquel momento, en mitad del ágape, alcé mi mirada al cielo. Ya no era luminoso, sino la más cerrada de las noches, con cientos de puntos negros a modo de estrellas y, formando una perversa triangulación sobre mi, tres retorcidas lunas y en su centro un burlón punto rojo palpitante, como el de un corazón. A mi alrededor, una cabalgata de comensales de formas antinaturales de alas púrpuras comía y festejaba, alzando su vuelo en un enjambre hacia aquella estrella roja en el cielo
Fue en aquel momento en el cual desperté horrorizado a la par que terriblemente hambriento. Han pasado 3 dias y vuelvo a tener el mismo sueño. Además, no importa cuanto coma, no puedo saciarme.
Han pasado dos semanas, el hambre es insoportable y el sueño no cesa. Debo comer
ya ha pasado un mes y mi médico no ha encontrado nada anómalo en mi que justifique tal sensación de hambre. Sin embargo me preocupa el poder ser sonámbulo La he visto en el cielo, esa maldita estrella roja en el cielo. Me mira, se ríe de mí. No puedo con ella salvo oír su invitación. Una invitación a un festín sin fin


















