Lo que mis zapatos piensan de mi
Piensan que mi caminar es gracioso, un andar vacilante, casi levitante y ligero como si mis tobillos jugaran con el viento que levanta las hojas secas a ras del suelo, borrando rastro alguno del otoño.
Camina casi corriendo, con una prisa inexplicable, piensan; ¿estará huyendo de algo? se preguntan, aunque ni siquiera ellos lo pueden descifrar.
Pasos casi inaudibles vuelan entre calles, parques, pasillos, escaleras… nadando entre el tiempo y dejando un rastro húmedo de momentos pasados, de un camino transitado, el sendero de lo que alguna vez fuimos, mis zapatos y yo.
¿Qué puede ser tan malo para no querer volver? piensan, extrañados y con las suelas desgastadas y agujetas desabrochadas, cansados de siempre mirar hacia el inminente futuro. Notan que mis pasos, aunque ágiles, trastabillan y resbalan, inexpertos ante la incertidumbre de comenzar de nuevo.
¡Detente un momento! me gritan desesperados, casi resignados… no saben que lo que yo más anhelo es seguir andando, danzando, marchando, pataleando, trotando y deambulando.
Camino con el vuelo entre las alas, tropiezo porque lo que alguna vez fue un caminar conocido ya no lo es.
Mis zapatos piensan que huyo de mí, que me elevo en el sueño de no parar nunca, de correr sin mirar atrás. Quizás tengan razón, pero lo que no saben es que me estoy alejando de lo que alguna vez me mantuvo inerte, inmóvil e inmutable, de aquello que me detenía y anclaba mis tobillos. Mis zapatos no recuerdan que alguna vez estuvimos estacionados por la vida, con un miedo terrible a lo transitorio, al cambio de estaciones, al avanzar cíclico del reloj.
Sus suelas estaban impecables, el color rojo poseía la vivacidad de todo aquello que no ha sido utilizado, ponérmelos aún dejaba heridas a mis deshabitados pies; mis zapatos piensan que estaban mejor antes, cuando el detenernos en el intento de paralizar el tiempo era una constante.
Ahora más que nunca me encuentro en la maravilla de poder recorrer nuevas sendas, de equivocarme, de regresar, de volver a empezar el viaje, de no atarme al suelo, de elevar mis anclas y no usarlas jamás. Abrazar la impermanencia como parte del mismo respirar, reconocer que mis pies son los que erigen mi mapa, los que crean mi recorrido.
Por eso camino, corro, trompico y revoloteo.
Quizás sea tiempo de cambiar de zapatos.