Estaba en lo cierto: Aedan fácilmente podría ser una de las personas más herméticas que existían en el castillo. Podría tomarse como algo positivo: si alguien le confiaba algún secreto, sería algo que se llevaría a la tumba. A pesar de que su comportamiento en algunas ocasiones fuera manchado por un carácter que chocaba con la diplomacia, era muy bueno manteniendo secretos de estado y la discreción siendo una de sus prioridades. Quizá esperaba que la seleccionada no hubiera reparado en que, en realidad, conocía poco de él. Pero claro, era Annabelle, y ese tipo de cosas no pasarían por alto. Sus orbes se mantienen fijos en las bonitas facciones de su interlocutora, memorizando cada detalle que le es contado, antes de soltar un suspiro pesado, considerando qué puede decir: —Soy muy malo en estas cosas…— porque le cuesta trabajo abrirse, confesar cosas, aunque se trate de algo nimio, pero hace un esfuerzo: —No es algo que se diga mucho en los periódicos, por lo peligroso que puede resultar, pero hay algo que me gusta más que la equitación, ¿sabes? Son los deportes extremos… rafting, rappel, y snowboard son mis favoritos,— deportes que, sobra decir, no ha podido practicar desde hace meses, desde que la Selección inició con su confinamiento en el palacio de Carolina. No está seguro de qué tanto le gusta ese intercambio, encontrando difícil el compartir algo que no comprometiera su privacidad. El otro tema no es del todo bienvenido, uno que le hace tensarse ligeramente, al haber sido descubierto. —Sé que no lo eres…— inicia, con palabras que se le antojan como obvias. —Es sólo que…— pausa necesaria, mientras ordena sus pensamientos: —No quiero que te sientas obligada a… nada,— ¿a qué? ¿a hacerlo recíproco? ¿a permitirlo? Quizá a ambas. Es más complicado de lo que parece, la forma en que la mente del rubio funciona. Su izquierda se mantiene alrededor de la cintura contraria, mientras su diestra se posa sobre la mejilla de la joven, orbes océanicos que buscan los marrones. —No quiero arruinarlo, eso es todo,— admite, tono tranquilo, intentando restarle importancia al asunto. Y agradece que el cambio de tema llega. —No le diré a nadie, no sé qué es lo terrible de todo. Todos hemos perdido el control alguna vez, de una forma u otra.—
Sonido de entendimiento surge de su garganta, un suave “hm” mientras analiza al contrario— Una vez hice rafting por un compromiso político —empezó a explicar, una sonrisa entretenida al recordar lo ocurrido—. Creo que el susto me alcanza para toda la vida, pero veo porqué a alguien le gustaría. El peligro y la adrenalina hacen una experiencia… inigualable —no compartía para nada los gustos del príncipe, mas sabía lo suficiente para poder empatizar con él. Aunque tampoco le gustaba mucho que el contrario se expusiese a tales riesgos… Bueno, no era su lugar cuestionar, sino apoyar. Apartó con cuidado un cabello rebelde del rostro contrario, intentando transmitir su agradecimiento tardío a través de la mirada. Sabía que no le era sencillo abrirse (al igual que a ella, pero Annabelle estaba prevenida). Quería demostrar cuánto le había significado que le contara sin hacer uso de palabras—. Entenderé si no te sientes cómodo diciendo más, Aedan. No niego que me sentiré apenada, pero comprenderé por completo —le pareció importante aclarar, su voz lejos de demandar o denunciar—. Podemos hacerlo menos invasivo, en todo caso. Por ejemplo, yo soy en extremo cosquilluda —diversión en su tono, tal vez algo de burla, mas presente únicamente para calmar cualquier tensión que hubiese alcanzado al rubio. Escuchó la explicación ajena en silencio, atenta a cada sílaba, pausa y gesto. Puede que su corazón se haya derretido un poco ante aquella declaración final, la calidez extendiéndose desde la caricia en su pómulo y labios en esa suave curva que reservaba sólo para ciertas personas—. Siempre un bombón. No puedes evitarlo, ¿eh? —se puso de puntillas, tomando la mano ajena que antes reposaba en su rostro como para que no se perdiese en el movimiento. Y desde allí le dio un beso en la mejilla, uno sedoso y significativo que se mantuvo en su lugar por un par de segundos—. Creo que no podrías arruinarlo —dijo en voz baja, cerca de su oído, antes de volver a su posición original. Otro pinchazo le dio cuando se dio cuenta de que, en cambio, ella sí podía arruinarlo—. Depositaré confianza en ti, entonces. Aunque puedes contarme de tus propias pérdidas de control cuando gustes, ahora probablemente sea mejor hablar de algo más ligero como, no sé, tu cumpleaños.