Valeska posee un carácter fuerte y decidido, que le permite esclarecer sus metas y saber cómo lograr sus propósitos. ¿Esto la hace ambiciosa? Tal vez un poco, sin embargo sabe que cada avance tendrá que ser por merito propio, pues no permitirá que alguna trampa la provea de un éxito injusto. Suele ser franca a la hora de hablar, sin ningún rodeo ni tiempo para remordimientos, eso sí, sin tocar un tono ácido o grosero en sus palabras. Aprecia como ninguna otra persona la confianza y es bastante cuidadosa en ver con quién la deposita, todo requiere tiempo. Esto no quiere decir que se cierre con las personas, sus conductas sociales han avanzado a tal punto de que disfruta las charlas breves y concisas, así como las más profundas o a punto de llegar a un debate, todo es bien recibido. Tiene la cualidad de saber escuchar a los demás y no minimizar las ideas que otros expongan a pesar de no compartirlas.
Cuando está trabajando en algo o tiene una idea entre manos se centra demasiado, a tal punto de ignorar completamente el panorama que la rodea y bajo situaciones de estrés un carácter un tanto desagradable y hostil sale a la luz. Eso mismo pasa en las relaciones sentimentales, al no tener un amplío conocimiento acerca de ellas (lo cual en cierto punto le molesta, porque tiene la tendencia de buscar controlar hasta el más mínimo detalle), opta por un carácter frío y distante, mostrando incapacidad para expresar sus emociones.
Breve historia de su vida:
Nací un día jueves siete de mayo, corría el año de 1992. Es probable que en el hospital donde fui recibida hayan nacido otros tantos de cientos de niños. Para ese entonces no sabía que el tiempo podía medirse en grandes unidades llamadas días, por lo que ignoro si esa fecha es exacta o solo una aproximación ante alguna grieta en la memoria de los mayores. No recuerdo a mi madre pues hasta los tres años comenzamos a tener memorias claras y no llegó hasta ese entonces, una hemorragia días después del parte se lo impidió. Es irónico el cruel contraste que la vida provee: Algo viene y algo se va. Tampoco puedo decir que conozco a mi padre, al menos no lo suficiente como para saber el nombre de su primera mascota o su color favorito. Proviene de una familia de intelectuales, porque al parecer en el entorno yankee donde se crió el término científico daba una fachada errónea y de todos modos no eran reconocidos como tal, al contrario de los jugadores de futbol americano, considerados como dioses del deporte. Mi abuelo es un astrónomo que participa activamente en investigaciones en el Observatorio Astrofísico de Smithsonian, sin embargo ninguno de sus dos hijos siguió el patrón pautado convirtiéndose en científicos o algo parecido. Mi tío se hizo dueño de una pequeña franquicia de donas mientras que mi padre descubrió su pasión por el arte, aún así el antecesor de todos los Vaughan los apoyó, o eso cuenta mi tío. Fue en una galería de arte experimental dónde mis padres se conocieron, su nombre apenas era reconocido en el ámbito artístico y mi madre era periodista de un noticiero local que deseaba que sus espectadores se vieran bañados por dos segundos de arte por televisión abierta. Eso tampoco me lo contó él, pero lo sé a fin de cuentas. Desde que tengo uso de razón se la pasa encerrado en el estudio de la casa con fachada gótica-victoriana que adquirimos cuando yo apenas era una bebé, terminando algún cuadro surrealista o de algún movimiento por el estilo.
Mi infancia –o gran parte de ésta– la pasé con mis primos, ellos también carecían de figura materna por el temprano divorcio de sus padres y la renuncia de la patria protestad de su progenitora, yo estaba sola y la casa era grande, así que los mayores decidieron que yo necesitaba de su compañía o ellos de la mía. La diferencia de años entre nosotros no era abismal, por lo tanto creamos fuertes lazos. Por supuesto que hubo momentos en los que los tres peleábamos por quién iría en el asiento delantero del automóvil o acompañaría al abuelo al observatorio, pero fuera de eso todo siguió un curso normal. Común y corriente. Cuando llegó el tiempo de asistir a la escuela lo hice, primero fue a un colegio parroquial ubicado en la zona céntrica de la ciudad, no podíamos comer carne y tampoco aplaudir, aún desconozco la razón. Mi abuelo no deseaba que nuestra visión de las cosas fuera forjada por los demás, sino por nosotros mismos por lo que después de un curso nos trasladamos a otro colegio también de índole privada, pero laico. Los primeros años mi capacidad de socialización era bastante precaria, armar palabras y acomodarlas para darle un sentido se me dificultaba, además de que la jerarquización social me parecía algo bastante irracional. Como ignoraba el porqué de todas aquellas cuestiones y nunca me preocupé por indagar más allá y reforzar mis capacidades sociales, mejor invertí mi tiempo libre en algunas actividades extra-escolares como trato justo, yo les daba toda mi atención y eventualmente aquel conocimiento se iba adhiriendo a mi cerebro. Empecé por la música, específicamente por el piano. Sobra decir que mi mal oído musical fue el factor que determinó mi fracaso, sin contar que soy arrítmica, tampoco los deportes figuraron como opción. Luego fui tras los idiomas, dominando tres: Francés, español y portugués. La morfología de las palabras en estos últimos dos me parecía fascinante, por lo que siempre iba con ánimos de aprender más. Por otra parte, mostré peculiar interés en las ciencias, y supongo que fui a la única en casa, por lo que mi abuelo cada verano me enviaba a campamentos científicos, las visitas a observatorios astronómicos eran más seguidas y a museos del mismo índole.
La recesión económica en el país de las hamburguesas y demás comida basura en el 2009 y que repercutiría hasta el pasado año, trajo consigo el despido de mi abuelo del observatorio alegando que la edad había sido el motivo cuando todos sabemos que el presupuesto se había reducido de forma notoria, lo que generó cierta problemática en casa. Por una parte Cesar, mi abuelo, quería lo mejor para mí y mis primos, quería una universidad de renombre. Podía solicitar la mitad de una beca al ingresar a la universidad gracias a sus contactos, que después de ver mi desempeño académico no dudarían en dármela completa. A los dieciocho me matriculé, al contrario de lo que se pensó mi departamento fue física y no una rama como astronomía o geología. Me parecía fascinante conocer lo que hay debajo de nosotros, como fue que la Tierra evolucionó desde un estado primitivo y cuáles fueron las condiciones para que germinara vida. Las placas tectónicas, todo tipo de minerales y otro tanto de metales, pero mi vocación no estaba ahí. A mi padre realmente no le importaba qué hiciera con mi vida mientras no la malgastara, por lo que fue un peso menos al soltar que lo que realmente llamaba mi completa atención era la física. ¿Por qué física y no algo como química? La segunda se caracteriza por ser mucho más divertida y dinámica que la primera, eso todo aquel con un laboratorio al menos escolar a la mano lo sabrá, las pequeñas explosiones y demás sustancias pueden parecer entretenidas, mas los avances en la materia son pocos y de lo mismo por lo general. Encontrar partículas más pequeñas que las que conforman las pequeñas. Eventualmente el chiste se va perdiendo, sin contar que absolutamente nada viene ligado a alguna regla o ley, al contrario de la física que tiene leyes más generales. Tras indagar, elevé mi propuesta cuando la ciencia experimental llamó a mi puerta, no me quería limitar solamente al área de investigación. En ese mismo lapso de tiempo tuve que renunciar a algunas cosas que aunque me hicieran feliz, mis metas bien estructuradas demandaban una atención mayor, por ende mi primer novio, celebraciones familiares y más cosas del aspecto social desaparecieron del mapa. Cuando la universidad abrió otra sede en un país en el viejo continente, la curiosidad acabó conmigo y terminé trasladándome ahí como parte de un programa de intercambio, así fue como acabé aquí.