Era en esos momentos de vulnerabilidad que recordaba que Ivan sólo era un muchacho, aún más joven que él, con una vida bastante injusta. ¿Cómo olvidar lo que le había contado de sus padres? ¿Y las escasas pero dolorosas menciones sobre el trato con su hermano mayor? Todas esas veces quiso atrapar la tristeza que empañaba su existencia, hacerla trizas con sus manos y desecharla lo más lejos posible, en cualquier lugar donde no pudiera alcanzarle. Pero porque sabía que sería imposible, se dedicó a observarle con absoluta atención, con el único movimiento de su pulgar desplazándose sobre el dorso de la mano que había acudido de nuevo a su agarre.
“Eres increíble por llegar hasta aquí, independientemente de todo,” murmura con una sonrisa pequeña, pestañeando con rapidez cuando siente que la sensibilidad vuelve a renacer perlándole los ojos. Ni siquiera escuchando aquella versión caótica de lo que había sido su vida sentía el más mínimo rechazo por él. Por el contrario, confirmaba cuan valiente podía ser pues, a pesar de los obstáculos, seguía a tope de cosas buenas por entregarle al mundo y quienes le rodeaban. Es decir, claro que habían cosas que avergonzaban a todos, cosas de las que se arrepentían, cosas de las que incluso Veera preferiría olvidarse, ¿pero no eran esas las mismas que te convertían en quien eras en el ahora? ¿Acaso no eran esos detalles los que habían cincelado a Ivan como el Ivan que había conocido?
En cuanto los dedos ajenos se alzaron para enumerar algunos de sus gustos, no supo qué otra cosa hacer más que soltar una risita baja, débil. Querer a Ivan nunca había llegado como una dificultad. Por el contrario, se sentía como un torbellino que llega a tu vida y deja todo de cabeza, haciéndote imposible recordar cómo es que hubo un momento en el que no estuvo allí. Y cuando lo hace, se queda para hacerte anhelar esa nueva normalidad. Lo sabe cuando una sensación demasiado grande le aprieta las costillas de una manera— dolorosa, ansiosa, con sentimientos reprimidos que le hacen morderse el interior de las mejillas para obligarlos a quedarse a raya y no llorar. Ahora más que nunca necesitaba abrazarlo y protegerlo, tanto de sí mismo como del mundo, incluso si eso sonaba poco factible. ¡Quién sabe! El amor se sentía como algo por lo que valía la pena ignorar un par de lógicas.
Cuando los dedos ajenos retiran los rastros de humedad, no lo piensa dos veces y lo toma de allí también. Los acerca a sus labios, besándolo un par de veces antes de cerrar los ojos y apoyar la mejilla contra los nudillos. “Todos los días me siento afortunado porque he podido conocerte. Hoy todavía más, porque puedo conocer a los Jihwan que han estado antes, aunque ahora sólo sean memorias. No deberías avergonzarte de ellos, ¿sabes? O de temer cómo se lo puedan tomar los demás.” Mueve apenas el rostro, frotando tantito su piel contra la ajena. “Ellos te dejaron enseñanzas valiosas, incluso si esa es cuan equivocado estabas porque sí mereces todo el amor que el mundo sea capaz de darte.” Inhala profundo, sosteniendo la respiración. Sus párpados tiemblan cuando se levantan, orbes que vuelan hacia arriba, buscando su atención.
A veces pensaba en cómo sería si tenía la dicha de compartir aún más tiempo del estipulado con él. Aunque nunca sospechó que su amistad acabara con el fin de Reverie, asumió que lo más normal sería que poco a poco la distancia hiciera alguna mella en su dinámica. Sin embargo, la posibilidad de una realidad diferente le hace sumarse en cavilaciones con un Ivan aún más tangible. Su calidez entonces ya no se siente tan lejana, porque lo puede mirar a través del lente de lo ordinario, de quienes se quedan en su día a día. Si ya era feliz por saberse su amigo, ¿existían las palabras que le sirvieran para explicar la euforia que le inunda y que le estaba haciendo estallar el corazón en fuegos artificiales? En un impulso se echa hacia adelante, en un beso que se siente atropellado pero que hace aflorar una sonrisita atolondrada. Su próxima exhalación son dos simples palabras. “Sí quiero.”
La próxima vez que habla le está sosteniendo las mejillas, como si le dijera mírame. Mírame y no huyas a ningún otro lugar.
“Tus sentimientos son— son tuyos. Tú los vives, tú los sientes, yo sólo soy otro afortunado por recibirlos. Así que si quererme te hace feliz, hazlo y no pares, nunca tendría el valor de pedirte algo diferente a lo que tu corazón dicta.” Los pulgares repasan lo alto de sus pómulos en una caricia delicada, como si Ivan se tratara de un tesoro que teme quebrar aunque, en realidad, esté consciente de que es aún más resiliente que él mismo. “Yo, por mi lado, quiero intentar todo lo que quieras intentar conmigo. Nunca ha habido otra respuesta, cómo es que tú no te has dado cuenta,” le acusa con un susurro divertido donde usa palabras que recién le ha robado mientras se cierne hasta fundirse un nuevo beso, sólo que más delicado. En otro contexto, este también simulaba el efecto de esas promesas cerradas con el enlace de sus meñiques.
Me gusta el chico más increíble del mundo— piensa para sus adentros, ¡y le gusto de regreso!
“No pienses que con todo esto se me ha olvidado las galletas que me prometiste…” Impulsa su cuerpo haca arriba, quedando apoyado en las rodillas con una mueca de genuina diversión en su rostro. Los dedos se cuelan hacia atrás, donde desordena las hebras de la nuca con cariño en lo que sus ojos no le abandonan. Estaba feliz, ¡no cabía en sí mismo! Era como si en esos momentos sólo pudiera existir dentro de esa burbuja de felicidad hecha para los dos, el mundo no siendo más que una película en secundario, como un ruido de fondo. ”Y el suéter que me ibas a prestar tampoco. Ahora todos los que tengas serán míos, ¿lo sabes?” Advierte con un movimiento divertido de sus cejas. Hacían semanas que se preguntaba cómo se sentiría tener uno de esos. “Es más, eres más largo que yo pero apostaría que varios de los míos también te quedarían de maravilla,” con todas las ganas de hacerlo caer hacia atrás es que le abraza mientras deja que su peso se apoye en el otro.
Había una vibración contagiosa extendiéndose por todo su cuerpo, quizá una felicidad que no encontraba donde dejarse caer. Una felicidad tan grande, tan densa, que no tardó en traducirse en risitas de sus labios mientras los brazos le estrechaban con fuerza. Estaba seguro que todo cambiaría y, al mismo tiempo, las cosas entre ambos seguirían iguales. ¿Se podía ser más afortunado en la vida?