Consumido por el cigarro,
que llevo días sin fumar,
no puedo hablar de lo que quiero
con nadie, por qué no se me entiende;
ni yo me entiendo.
Trato de explicarme,
pero solo grito sonidos al azar.
No tengo el dialecto de un diplomático,
y tampoco se colocarme puntos y comas;
ni darme cuenta de mis errores.
Cuando ya es tarde y cae la noche,
detesto mi cigarro invisible;
lleno de los lamentos de todo lo que dije,
y lo que no supe decir a la luz del sol.
En aquel mensaje de texto, en ese preciso momento,
en los oídos sordos que se negaron a escuchar;
en mi lengua que chasqueó con rabia un sentimiento,
que me trague por completo, con gula,
irritado por no entenderme,
por no saber hablar.
Por qué voy de aquí para allá, en un aire incierto,
lleno de luz de humo de gas,
queriendo explicarme por completo
y nunca explicando nada.














