Lasquejas que proporcionaba aquella persona fueron familiares, ¿Dónde había escuchadoantes una voz así? ¿Dónde? Ladeo lacabeza restándole importancia. De todas formas, ¿Cómo era posible que estuvieraquejándose cuando intentaba mantenerla a salvo? Ni siquiera la conocía. – ¿Qué clasede tonterías dices? Si hubiese querido lanzarte al piso ya lo hubiese hecho — reconocióaflojando el agarre de sus dedos, había ocasiones donde no controlaba lacantidad de fuerza que colocaba en sus movimientos. – ¿Estas segura que puedescaminar? – preguntó, colocándose frente a la silueta femenina. ¿Y si seguían caminandoy alguien terminaba haciéndola caer al piso? No necesitaba a alguien quehiciera la huida más lenta. – Tampoco quiero que me acusen de causar la muertede alguien esta noche… – Había olvidado por unos segundos la advertencia delos uniformados y de que en efecto lo mejor era que corrieran. – Mierda, tienesrazón. – Una vez mirando por el rabillo del ojo reparó en el poco tiempo que existíapara alejarse y Daniel se puso de espaldas, reclinando ligeramente su postura. –Móntate en mi espalda, así podremos ir más rápido. No quiero que tus pasos torpes nos metan en problemas – ordenó. Lo que era seguroes que nadie deseaba acabar en el suelo frío y sucio de una celda, nadie queríatener que pasar veinticuatro horas sin comer, ni tomar agua y pensando cuandoseria el momento oportuno de hacer una llamada. Quizás para el moreno no sería másque una llamada a la oficina de su tutor, malas caras de oficiales que aúncreen en la justicia lo verían salir. Pero, para la mujer que le acompañaba sonaba como unaciudadana normal, la cual manchar su historial pudiera repercutir en un futuro trabajo donde investigan tu historial con la ley, escuela o lo que sea. Él tampoco lo quisiera problemas si tuviera algún futuro. – Vamos – insistió para animarla a hacerlo, ya estabaen posición listo para correr.
Se sentía extraña, ligera pero a la vez cansada, sus piernas más pesadas que de costumbre y sus movimientos requiriendo más atención de la necesaria, atención que su mente no parecía estar dispuesta a darle.— Soy tan capaz de caminar como lo soy de terminar el suelo —confesó, sintiendo a su corazón martillear con fuerza contra sus costillas. Y aquella era tal vez la prueba de que la adrenalina había comenzado a circular por su torrente sanguíneo, la presencia de aquellos hombres convirtiéndose ahora en los principales causantes de aquella sensación.— ¿Hablas en serio? —quiso saber, la idea sugerida por el muchacho antojándosele más que atractiva desde el segundo en el que fue propuesta, y sus manos viajaron casi a ciegas hacia los hombros masculinos para tener mejor noción de dónde se encontraba y de cómo haría para obedecerle (porque por supuesto, no se iba a hacer rogar ante la propuesta irresistible de dejar de usar las piernas). Cuando estuvo casi segura de lo que estaba haciendo, se impulsó sobre sus pies para que sus piernas rodearan la figura masculina, sus brazos haciendo lo propio sobre los hombros del muchacho y tardando apenas segundos (los únicos que podían permitirse) en ceder a su pedido.— Espero que tus huesos puedan amortiguar mi caída si terminamos en el asfalto —se encontró de ánimos para bromear, con facilidad hallándose divertida por la decisión que había tomado el muchacho. Y como si temiese que aquella broma lo hiciera cambiar de opinión, sus brazos se aferraron con la fuera necesaria como para sostenerse por sus propios medios si él decidía dejar de servirle de soporte.— ¿Tienes idea qué hacer ahora? ¿Algún plan? ¿Improvisar? —por encima de su hombro buscó verificar a los uniformados que se mezclaban con los invitados de la fiesta para atrapar a cualquiera que no fuese lo suficientemente rápido, forcejeos y tirones yendo y viniendo por todos lados, al final comenzando a quedar atrás en tanto ellos avanzaban.














