Ocho pm, hora Colombia.
Mientras revisaba mi correo electrónico, hallé una extraña notificación.
Tumblr (o más bien el CM de Tumblr y su servidor automático) me informaba que mi cuenta en este portal, hoy cumple su primer año. Junto a la nota, envían un ‘capqueic’ con una velita encendida, felicitándome por estar instalada en este espacio cibernético durante 365 días.
Sigo en mi asombro (no por la felicitación, sino por el tiempo que ha pasado) porque, a pesar que no escribo todos los días, siento que ha transcurrido menos de un año. Aunque si revisara lo publicado, lo escondido, lo incompleto, las frases más sabias, las publicaciones más tristes y absurdas, las inspiraciones menos arregladas, entendería que de mi cabeza han salido un montón de palabras y palabrerías. Como también se han logrado momentos de catarsis donde no es suficiente con morderse la lengua, es necesario que los dedos bailen y transmitan lo que la cabeza y el corazón están produciendo.
Pensando también en qué había hecho hace un año, recordé que cada Juevessanto, mi mamá acostumbra a preparar un pescado sudado, muy delicioso. Pero antes de llegar a deleitarme con los platos llenos de amor de mi madre, tengo que ayudarle con el arreglo de la casa y la respectiva logística para comprar cada ingrediente que vaya a la olla.
Por supuesto, este año no fue la excepción. Me levanté muy temprano, hice las respectivas compras y de repente mi mamá me pide que compre un mantel, porque el que teníamos era el de todos los días y estaba muy viejito (ella es de esas mamás que no soporta que la presentación personal le falle a la visita).
Mientras me fui caminando en busca del dichoso mantel, llegó otro recuerdo. Las únicas dos cosas en común, respecto al año anterior, eran el pescado sudado y la búsqueda del mantel, las personas que iban a la cita, no eran las mismas.
[Antes de seguir con la historia, tengo que aclarar que un Jueves santo en Bogotá, es muy parecido a un primero de enero en cualquier lugar del mundo; la mayoría de comercio cerrado y los pocos abiertos, solamente venden lo necesario: la comida. A menos que tengas suerte y vivas cerca a un centro comercial].
El año pasado vivía en otro barrio, donde mi suerte no fue vivir cerca a un centro comercial, sino que fue mucho mejor, estaba a tres cuadras de la casa de mi abuela. Ella en su infinita paciencia cuidando objetos valiosos de la casa, por mucho tiempo, me prestó un mantel que compró, por lo menos, hace 15 años. Y fue así como el mantel-reliquia de mi abuela me salvó, salvó mi bolsillo y el almuerzo de aquel juevessanto.
Este año, al cambiar de barrio, ya no tuve la grandiosa y amorosa suerte de mi abuela, pero por lo menos conté con la cercanía al supermercado y esta vez sí tuve que comprar el mantel.
Con unos asistentes distintos a los del año anterior, esta nueva versión de Juevessanto tuvo un mantel de flores coloridas y bastante cálidas; un poco de salsa vieja para escuchar y calmar el hambre, mi madre con la batuta del sabor y esta fiel servidora, que siempre termina corriendo, despeinada y desesperada, para que su mamá se sienta satisfecha como anfitriona, presentadora, moderadora y productora de su evento anual (si no es el único que prepara con tanto esmero).
La diferencia más poderosa que me hizo traer a este espacio, este recuerdo, es que hoy, la que era mi suegra, 365 días atrás, en esta tarde de abril, no se sentaba frente al mantel de flores, simplemente, porque mientras la tierra le da una vuelta al sol, han sucedido múltiples cambios y decisiones.
Ahora entenderán que la suerte de mi abuela fue por una justa causa.