River
⟡ ݁₊ . 𝖕𝖆𝖎𝖗𝖎𝖓𝖌 ➜ Wyverne Radamanthys x Gemini Kanon Rhadakanon.
—— ♡ 𝖙𝖆𝖌𝖘 ➜ saint seiya, love, gay, bl, animal transformation, animal instincts, animal traits, animalistic, animal ears, kemonomimi, monsterfucking | teratophilia, hunters & hunting, mating cycles/in heat, mating cycles/in rut, mating bites, mating cycles, shapeshifting, wolf!kanon, moose!rhadamanthys, carnivore/herbivore relationship(s) (beastars), wolf pack, wolf instincts, bad wolf, water sex, underwater, underwater sex, underwater blow jobs, diplomatic incidents.
⬩➤ ⸙ 𝔣𝔬𝔯𝔢𝔰𝔱 𝔰𝔢𝔠𝔯𝔢𝔱 𝔰𝔢𝔯𝔦𝔢𝔰
El bosque guarda secretos y el rio se los lleva con él.
Nacido bajo el infortunio en una cuna de oro, así se sentía ser el hermano menor o incluso peor, ser la copia exacta de su hermano, un constante doble, una comparación barata.
Kanon siempre tuvo que esforzarse el doble para sobresalir y llamar lo suficiente la atención de su padre y la única forma fue cambiando de terreno. Aunque era tan bueno como Saga cazando en la amplitud del campo, siempre había quedado opacado por las habilidades y el brillo nato de su gemelo. La frustración lo había carcomido vivo, frotándose en el lodo de la envidia mientras intentaba cazar todo lo que tenía en frente. El río lo acogió como otro hijo, no solo refrescaba su hocico en los veranos más duros, sino que brindaba comida y pulcritud. Le gustaba como se sentía flotar entre algas y nenúfares, como la marea lo llevaba a un destino propio y como la luna se reflejaba en el espejo.
Para un lobo el pescado era un alimento pobre, poca carne, muchas espinas; sumado a que su cuero no era tan agradable de arrancar y que ellos no podían trabajar en hacerlo ropaje o telas, pero el brillo de las escamas le resultaba agradable, mientras lo cocía con y el filo de los cartílagos, de cierta forma empezó a darle cierto resplandor a su ropa y a la aldea, decorando poco a poco mientras las lobas ya mayores le hacían sus cestas con la corteza de los árboles.
Aun así, no era fácil obtener la bendición lunar de los ojos orgullosos de los que más quería.
No supo bien en qué momento había dejado de darle tanta importancia a lo que su padre podía opinar, supuso que luego de años de ser la penumbra de el que sería el próximo líder lo llevó a darse cuenta que el tiempo le favorecería más a hablar con su hermano, con esa mentalidad de que solo la Diosa de la Luna era superior a él, con el ego tan alto que podía tocar las estrellas y no era para menos, la admiración a Saga lo había contagiado hasta él, siempre viendo a su gemelo ser el mejor en todo, cualquiera diría que la envidia sería lo decretado, pero prefirió no ser tan ciego, no solo ver el árbol sino el bosque. Su anciano padre tenía filo en la lengua más no en los colmillos, luego de tantos años solo era cuestión de tiempo para aquel rito de ascensión, hacerse polvo era natural, era el último paso que le quedaba a su padre para terminar un ciclo, mientras él, estaba muy aferrado al tercero.
Cuando su mente dejaba de buscar la manera de impresionar a su familia se disponía a buscar parejas que cortejar. La mayoría eran fáciles, algunas pequeñas ofrendas por aquí, unas salidas al río por allá y terminaban enroscados entre pasto y aullidos cuando llegaba la primavera. Le gusta la época de apareamiento, sin la necesidad de un cachorro, era cuidado con sus elecciones, sabía con quién enrollarse, como terminar, creó su fama y con ello se desenvolvió.
Se lo conoció como el segundo en discordia, siempre lo comparaban, siempre querían ver si en algún punto su propio desgarbo lograría consumirlo o si brillaría como una nueva luna en el cielo. Igualmente, no quería competir con Saga, sino caminar a su par, igual que cuando eran niños, quizás no igual de agasajados, pero sí en ese borde cómodo y cordial donde la zozobra les pintaba la cara y se tiraban entre los matorrales a contar los conejos que habían cazado.
Pero ilusionarse era algo de niños.
La voracidad de un primer celo era suficiente para hacer a dos lobos machos quieran consumirse en cólera al no querer ceder nada. Él y Saga no eran tan distintos y no hablaba solo de lo físico, sus gustos eran similares, les gustaba compañeros fuertes, eran territoriales, odiaban el agua de coco y podían cazar lo mismo sin problema, Kanon se hizo experto en peces y cuando observó a Saga tomar tres salmones entre sus fauces algo en él se tornó negro.
La presentación fue feroz, de pronto estaban cazando al lado de su padre y al otro segundo estaban matándose.
Kanon fue el primero en atacar, saltando directo al pecho de su hermano y empujándolo de nuevo al río, se sumergieron bajo el cielo crepuscular, oyeron a su padre soltar un aullido, pero nadie intervino. Kanon mordió en el brazo de Saga hasta que el sabor a metal le manchó los dientes antes de sentir como Saga se inclinaba sobre él, girando como un endiablado, hasta que el menor lo soltó y él se puso a furtivo. Impúdico, las garras de Saga le desgarraron la carne con simpleza, el escozor de las heridas le hicieron soltarlo y Saga aprovechó ese momento para repartirle una somanta de palos; golpe tras golpe podía sentir como el lado más animalístico y territorial de su hermano tomó posesión de cada fibra de su cuerpo. Kanon respondió mordiendo otra vez su herida, el mayor de los lobos enfureció y fue justo cuando un zarpazo le hizo pitar los oídos, una sensación de perder el conocimiento le hizo apagar las luces antes de escuchar lo que parecía Aiolos deteniendo la pelea y el agua remolinada del río de color carmín.
Abrió los ojos observando la luna, a su lado, apoyado contra un tronco dormitando observó al cachorro de Kardia con brazos cruzados y el rostro preocupado, tan pronto lo oyó moverse lo observó huraño.
—Mírate, jodido idiota —Milo escupió enojado tirándole a su lado un pequeño morral, posiblemente vendas y algo de ropa a comparación de sus harapos.
—Hola a ti también…
—¿Qué estabas pensando?
—Yo qué sé, que quería partirle la cara.
—Bueno, hizo eso contigo.
—No me he dado cuenta, gracias.
—Ya, ve a curarte eso y… no sé, piensa que vas a decir.
—No creo que les interese lo que salga de mi boca.
—Lo que sea, cuídate, no quiero ir a tu velorio antes de tener mis propios cachorros.
—Que gran forma de pedirme ser tu padrino.
El rubio solo rodó los ojos, trasmutando de nuevo a lobo para correr de vuelta a la cabaña, dejando al lobo malherido solo.
Fue a la laguna derrotado, enojado en sí mismo, las heridas le escocían en la carne lacerada, la piel en esas zonas se le caía a cachos, abiertas como un libro y sangrientas que manchaban su pelaje. Se metió al agua lamentándose, quitándose loa harapos, gimoteando de dolor ante ellas. Se permitió cerrar los ojos y nadar un poco, dejando que el agua se lleve la inmundicia y la pena de la derrota. La noche era santa, la luna resplandecía y se espejaba en los remolinos de las pequeñas olas que formaban su avance. Quería quitarse la pestilencia e ingratitud en ese momento; aun sentía las garras de Saga cuartearle la carne, los dientes filosos clavándose en su cuello y partiéndolo en el polvo, pero no era la fúrica pelea lo que le llenaba el pecho de un dolor tumefacto, sino esos ojos decepcionados que jamás lo verían con gloria.
Maldijo mientras se frotaba el cuerpo, queriendo arrancar de sí mismo el pelaje de herencia que le recordaba en cada luna su lugar. Se sumergió hasta las orejas, esperando que el pitido de sus tímpanos merme al solo oír el rumiar del río, las algas le hicieron cosquillas y aprovechó a quitar pecados hasta que los pulmones le rogaron.
Salió con el cabello chorreando, el flequillo tapándole entre los ojos aquella impiadosa expresión que le arrugaba el rostro. Se acercó a la orilla a descansar un momento, debía vendar las heridas antes de volver.
¿Acaso podía volver?
No sería el primero que regresara con el rabo entre las patas, pero ya sea que se vuelva un vagamundo o un derrotado quería embalsamarse como una momia antes de elegir.
Buscó en su morral vendas y entre la luz tenue que se filtraba entre el follaje de los árboles, guiado por la agudeza de su olfato, encontró las plantas medicinales que hizo añicos entres sus garras, creando un intento de ungüento que se sentía frío bajo la noche de verano. Se envendó hasta donde no había herida, en especial el brazo izquierdo que lo sentía tan débil. Se dejó estar unos momentos contra la corteza de un tronco viejo, el viento helado calándole hasta los huesos, se quiso arropar con la poca ropa que Milo le había preparado y su cabeza se centró en él; Milo cayó en sus garras una luna de sangre. No fue algo premeditado, sino el capricho de dos lobos que sabían el valor del otro y las ansias que le generaba en el cuerpo cuando se veían el uno al otro, el sexo casual era algo cotidiano entre los lobos no emparejados, ayudaba a controlar el libido y abría la posibilidad de conseguir concordancias entre parejas para ampliar la manada, era una práctica común, luego del primero celo, buscar saciar lo que el sol bajo la piel quemaba. Kanon se permitía gozarlo siempre y cuando no debía consumirse en el papeleo que ser hijo del líder de la manada. Constantes arreglos diplomáticos entre las distintas manadas, las cabras del oeste, más al norte, donde la nieve cubría los valles, sus hermanos del invierno descansaban. Más al sur, zonas más prohibidas, empezando por los ciervos, aquellos seres tan míticos como los mismos dioses, siguiendo por los prados, los zorros y liebres vivían a una cercanía preocupante, pero había treguas escritas, límites de territorio que nadie se atrevía a sobrepasar sin pensar en las consecuencias, el bosque se manejaba así, a puros contratos que por años dieron paz a esa zona, los pocos aventureros que se habían salido de los límites de lo conocido no habían vuelto, así que manadas y rebaños permanecían en aquella paz inhóspita. Mientras el viento corría al este los carneros y ovejas descansaban en la pradera, al finalizar el río, los osos dormían en sus cuevas y cazaban truchas y salmones. Solo donde el sol salía, cerca del océano tan temido, descansaban los alces, aquellas enormes criaturas que sus astas parecían ramas en otoño, fuertes nadadores, crepusculares en su andar, Kanon jamás había visto uno, pero no era tan tonto para ir a buscar pelea donde podrían revolcarlo como un trapo.
Sabía de un lugar cruzando las montañas, allí a la lejanía, había una especie más, oculta de lo conocido, solo servía como una leyenda para que los cachorros permanezcan dentro de las copas de los árboles, acunados en el vientre cálido de sus progenitores y que los pandas rojos no acercaran a comerlos, Kanon y Saga lo habían creído un tiempo, ambos abrazados a Aiolos, los tres envueltos entre sábanas y pulgas en sus formas de cachorro, aullando despacio mientras el crepitar de la fogata los protegía del frío.
Soltó una risilla melancólica, le gustaría masticar algo de tabaco, pero no era fácil de conseguir y menos en esas condiciones. Decidió ponerse la ropa y buscar un claro para descansar, las heridas le matarían por la mañana, los músculos tensos y el orgullo herido, caminaría con el rabo entre las patas por unos días antes de quitar las miradas de él, siempre pasaba algo interesante en la aldea que borraba los viejos chismes y no sería esta vez la excepción.
Caminó hasta encontrar un montículo de hojas otoñales, el color caramelo de estas lo hicieron sentir acogido, así que ni lento ni perezoso se arrastró hasta que debajo de sus patas el rumiar del césped se transformó en crujidos. Se desplomó sobre el follaje, agotado por esa noche, sin pensarlo demasiado observó una última vez a la luna y pereció en vigía bajo el manto de estrellas.
Las pezuñas sobre la orilla le hicieron abrir los ojos de golpe, se quedó inmóvil buscando con su olfato el dueño de aquel sonido amenazador, se escondió entre las hojas intentando no aullar lastimosamente, el dolor de la pelea le tiraba de la carne y con sumo cuidado fijó sus ojos cerca del río que había sido su tina para lavar sus heridas. Lo vio allí, bebiendo de la orilla, un enorme animal tan pálido como Selene, sus grandes astas le hicieron tener escalofríos y la forma robusta de su cuerpo imponía incluso a los reyes del bosque. Todos sus instintos le dijeron que debía huir, aun así, prevaleció, observando hasta que el gigante decidió transmutar, su cuerpo se hizo el de un hombre, sumamente alto, la carne pálida casi no se veía bajo el manto de cabello rubio, era un ser fascinante, su cabeza coronada con aquellas ramas blancas, no podía verle bien el rostro por las sombras, pero no le pasó desapercibido cuando se sumergió en el agua libre de todo prenda y taparrabos. Nadó un poco sobre la superficie, antes de verlo hundirse a bucear, aprovechó ese momento para moverse de su sitio, caminando lento hacia un árbol que le diera más escudo y un mejor ángulo.
Lo vio emerger de golpe, masticando algas entre sus dientes planos, herbívoro se recordó, antes de verlo tirarse el cabello hacia atrás y poder ver finalmente su rostro. Parecía joven incluso para su impecable condición física, tenía ojos ámbar, como la miel de las abejas o cuando el Cristo quemaba en verano, su dermis era nieve pura y sobre sus crisantemos la pradera de trigo formaba una única ceja poblada, eso le robó una sonrisa, algo pícaro, su cornamenta era una corona de espinas sobre su cabeza, lo hacía verse imponente ante sus ojos.
El alce giró la cabeza de golpe al oír el crepitar de los pájaros migrando, Kanon aprovechó ese momento para irse, escurridizo, mientras caminaba con pisadas suaves hasta que pudo volver a transmutar y volver a casa pensando en la fascinación de haber observado aquella criatura que estaba lejos de casa.
Ignorando los ojos pesados cada que circulaba por la aldea, empezando a hacer recurrente el camino al río, allí, donde con cautela observaba aquel alce que no debía estar allí, era algo que no concordaba con su panorama, ¿Qué hacía en su territorio? Podía enfrentarlo con la excusa de una vigía de rutina, al final eran zonas de lobos, lo que caía bajo las copas de los árboles y lo iluminaba la luna terminaba siendo su festín o en su defecto, la advertencia precisa de que nadie debía meterse allí sin autorización, los lobos eran territoriales, podían presentir cuando el viento cambiaba o como las ramas crujían, así que antes de poner sus colmillos en la yugular prefirió observar.
Había días que no podía ir, las cazas se volvían lentas cerca del invierno y comprendía que no había demasiado tiempo para hacer sus propias fechorias, condenado como todos a tener que proveer para la manada, en especial cuando los cachorros nuevos ya habían nacido y tenían varias bajas al tener a otros lobos cuidando a las crías o protegiendo la zona de posibles ataques, lo que dejaba un reducido número de alfas listos para obtener la misma cantidad de comida con menos garras y tiempo. Pudo escabullirse en una de las cazerías cuando una luna llena había iluminado el cielo nocturno, el brillo de las estrellas iluminaba como pequeñas semillas el firmamento y él con la euforia quemándole debajo el pelaje fue a observar a aquel ser equivoco en tiempo-espacio.
Lo observó nuevamente en el lago, el hombre parecía refrescarse allí siempre incluso en la crueldad del invierno, frotándose el pelaje y bajando a bucear en busca de algas, parecía ser que le gustaban tanto como a él comer peces, pero por supuesto a un herbívoro tan majestuoso no iba a mandar sus dientes planos con sangre. Aunque sus astas eran increíblemente imponentes más le interesaba el color trigo de su pelaje, tenía entendido que la mayoría contaba con pelajes oscuros y profundos, casi frondosos, pero este espécimen era particular.
Sacudió la cabeza para quitar el exceso de agua de su cabello y podría culpar al instinto o incluso al refulgir de la luna, pero con la esquina de su ojo pudo captar una sombra que no había visto antes, miró en su dirección al instante, notando solo montículos de hojas, pasto y la corteza de los árboles con rasguños marcados, el alce suspiró quedo antes de sentir el rumiar del agua a sus espaldas, congelándolo en su lugar mientras el agua se movía en su dirección. Preparó sus manos en puños al no poder usar las pezuñas en sus pies, cuando sintió el aliento en su espalda se giró dispuesto a dar el primer golpe, sus astas soportarían el daño seguro, pero su atacante fue veloz al meterse bajo el agua.
Quiso nadar rápido, tomar distancia de aquel que osaba en desafiarlo para idear un plan, intentó moverse antes de ser tomado de una pata, las garras se clavaron en su carne y lo metieron debajo del agua al instante, dejando que la espesura de los remolinos le haga tener una visión corta, empujó con sus extremidades al cuerpo que tenía intenciones de imponerse al suyo, saliendo a la superficie para acercarse a la orilla, el instinto gritándole que amplíe la distancia bajo cualquier concepto. Logró llegar a la orilla, pero el victimario fue sumamente preciso, lo tomó del cuello con garras, la otra mano le sostuvo de las astas, no permitiéndole atacar con libertad. Su pecho subía y bajaba ansioso, tenía la mirada al cielo y se obligó a sí mismo a bajarla sus ojos y no olvidar al cazador que lo tenía agarrado.
Lo primero que observó fueron aquellas orejas en punta, un pelaje azul cubriéndole la carne, menos en el rostro. Tenía facciones duras, puntiagudo como cualquier carnívoro, sus ojos verdes reflejaban una mezcla de curiosidad y peligro que le hizo sudar frío por toda la columna, se removió bajo aquella mirada, el lobo le mostró los dientes, apretando con firmeza donde sus dedos rozaban carne. En ese momento lo oyó gruñir bajo, su aliento pegándole en el pecho antes de que su voz, firme y profunda, saliera de su garganta.
—¿Qué hace uno como tu aquí? Sabes bien que no es tu territorio.
—No tengo porqué responderte nada.
Kanon frunció las cejas, imitando la acción del rubio que para su sorpresa tenía solo una, tupida, incluso más poblada que las suyas. Sus zarpas se hundieron en el calcio de esos cuernos, el alce apretó los dientes, furioso ante la osadía, y quiso quitarse las manos de encima, pero el lobo le aulló que se quede dónde estaba.
—Estas rompiendo muchas reglas al venir aquí.
—¿Qué vas a saber tú de reglas?
—Se más que cualquiera que hayas hablado antes —Escupió con suficiencia, porque al final, era verdad.
Conocía las leyes y tratados como la palma de su mano, incluso más que Saga podría decir, cuando no tenías que ir luciendo como el próximo líder uno se permitía estudiar, no todas sus escabullidas habían sido solo románticas o candentes, había ido a las fronteras exactamente a observar, incluso había hablado un poco con otras especies usando su rango de hijo del líder, eso le benefició información y también como persuadir a su padre a crear convenios y arreglos entre manadas.
—¿Qué hace un alce solo en terrenos lejanos a su pandilla?
—Lo que me observaste hacer todos estos días —Oh, así que lo había notado —Refrescarme y comer, ¿Acaso fui a molestar a uno de ustedes o a causar disturbios?
—No deberías pasar fronteras porque sí.
Irónico, pero estaba dispuesto a seguir masticando de su lengua.
—Si sabes de leyes, tendrías que conocer la situación que estamos pasando.
Kanon pestañeó dos veces confundido, ¿situación, de qué hablaba? Decidió aflojar el agarre un poco, permitiéndole hablar más libremente sin quitarle el filo del pulso.
—Habla.
—Igual que sus cazas son bajas en invierno la escarcha malogra nuestra comida, en el bosque los lagos y ríos no se congelan por el follaje y las ramas, necesitamos suministros y esto fue lo mejor que pudimos encontrar sin crear escándalo.
—No explica que vengas tu solo.
—Sabíamos que iban a haber lobos merodeando, así que tuvimos que usar una distracción.
—Tu… —El rubio le sonrió, viendo que el plan había salido casi perfecto, estaba listo para ser atacado, sin embargo, no creía que solo un lobo estaría al acecho.
—Así que tenemos dos opciones, podemos negociar por esto, como deberíamos haber hecho en un principio o… —Kanon sintió el agarre firme en su cadera, el desafío le subió por la garganta como la bilis —Alguno termina como carroña.
—¿Estás seguro qué quieres desafiarme, a mí, un lobo, en su propio terreno?
—Haré lo que mi manada necesite para sobrevivir.
Kanon pensó entonces en la pelea con su hermano, en como la derrota solo traía desgracia y que este hombre estaba dispuesto a dar su vida por una causa mayor, incluso con esa actitud altanera y amarga, algo en él le seguía interesando. Soltó su cuello dejando que las zarpas creen caminos hacia el sur, lastimando un poco su pecho y abdomen antes de clavarse en su cadera, igual que su contrincante estaba imitando. Se acercó a él, el aliento cálido chocando con la piel helada por el frío y la humedad, le sonrió, haciendo que el contrario se sacudiera incómodo antes de soltar:
—Te dejaré alimentar a tu pueblo, con una condición.
—¿Qué quieres?
—Por tu zona hay comida que nos interesa —Explicó creando círculos con su pulgar cerca de la pelvis —Ardillas, mapaches, otros tipos de aves.
—No soy un carnívoro para matar ninguna especie.
—Nosotros hacemos el trabajo sucio, solo necesito que creen… una estampida, algo que los haga entrar al bosque creyendo que hay refugio, aunque es solo una buena tapadera para comer—Kanon explicó con sorna cubriéndole el rostro —¿Es justo, no? Nos ayudamos mutuamente y no creamos un escándalo legal, lo veo correcto.
—Estás demente…
—La opción de hacernos carroña sigue en pie.
Clavó las uñas en la carne suave cerca del vientre, el más alto solo se mordió la lengua al ver que no tenía mejor opción, quitando la mano de su cintura la elevó para que hicieran el trato. Kanon le devolvió el apretón y finalmente le dejó espacio suficiente al alce para poder tomar su ropa y ponérsela.
—Eso sí, si alguno rompe el trato, las consecuencias son severas.
—No esperaba menos.
—Por si necesitas salvarte el pellejo, mi nombre es Kanon, diles eso a los lobos que veas, posiblemente se retirarán a hablar conmigo. ¿Bien, eh…?
—Radamanthys.
Kanon silbó el nombre, largo, fuerte, poderoso, le gustaba como se le deslizaba en la lengua.
—Ten cuidado donde pisas, no llames la atención de otros depredadores, no serán tan cordiales como yo.
Radamanthys rodó los ojos y volvió a la pandilla a varios kilómetros lejos. Donde los matorrales estaban levemente escarchados y los pocos ríos congelados, solo permitiendo beber agua de ellos y no formar vida. Se acercó hasta encontrarse de golpe con su padre, este estaba sentado hablando con otros viejos y él asintió con la cabeza mientras su hijo le contaba el nuevo panorama.
—¿Estás seguro de eso?
—Sí señor, completamente, además, morir de hambre no es una opción.
—Bien. Hiciste bien hijo, ve a descansar.
La primavera llegaba dulce para todos, no solo el deshielo de los prados brindaba comida y calor al poder cazaron libertad, sino también era esa época donde las parejas empezaban a interesarse demás, donde los roces acaparaban miradas y donde todos los jóvenes querían fundirse en uno solo para dar llegada a la fase tres de sus vidas, la reproducción. Kanon y Radamanthys no era la excepción, habían hablado en ciertas ocasiones de eso, en especial cuando la cornamenta del rubio se cayó en medio de una ávida discusión y Kanon, en una mezcla de risa e impacto, terminó llevándose una para dejarla de decoración sobre su cama, haciéndoles hablar que la nueva resurgiría para primavera, donde los machos intentaban impresionar a sus parejas y consensuar un encuentro candente entre ambos para llegar a un mismo fin.
Las reuniones en el río se volvieron algo recurrente, ambos buscaban comida a su antojo, aunque Radamanthys era un hombre de pocas palabras y la mayoría del tiempo estaba de brazos cruzados masticando como una vaca mientras se sus comentarios pasivo-agresivos ponían a Kanon de cabeza. Aun así, luego de Milo, podía ser él mismo sin necesidad de tamizar lo que se deslizaba entre sus colmillos.
Y como todo lo que traía la primavera era fortuna, ese día tampoco fue la excepción.
El calor le sofoca incluso sumergido bajo el frescor de las corrientes, intenta que el agua fría se lleve ese intenso ardor que se empieza a acumular en la zona baja del vientre, pero fracasa, solo pudiendo inclinarse hacia adelante con una maniobra en el estómago y los ojos desorbitados. Sus orejas bajan inconscientemente y el rabo se le esconde entre las patas, de pronto el césped húmedo de la orilla mezclado con barro es mucho más interesante que cualquier conversación que estaba teniendo con el rubio en ese momento. De pronto el aire fresco que lavaba el sudor de su espalda se detiene y al levantar el rostro desde su hombro nota a Radamanthys con ojos curiosos sobre él.
—¿Qué sucede? —No sabe si hay desinterés o genuina preocupación en su voz, pero las palabras salen y a Kanon se le cierra la garganta.
—Tengo calor…
Radamanthys encarna la ceja gruesa ante tal respuesta tan insípida, cruzó sus brazos molesto, observando como el pecho contrario subía y bajaban en busca de bocanadas de oxígeno fresco, definitivamente este lobo no estaba diciéndole la verdad y antes de estamparle las astas en la espalda lo giró desde los hombros para hacer chocar el aliento cálido de su boca en el rostro contrario, observando con cuidado los ojos verdes ponerse acuosos como un pantano, profundo y peligroso, los colmillos filosos cortando sobre la piel fina de los labios, Kanon enfrentó su mirada, no interesado en ser molestado en ese instante, sino en combatir sobre sus instintos e ir a pasar el calor a otro lado.
—Déjame en paz, me largo.
Estaba a punto de salir del agua y tomar su ropa, antes de sentir como una mano conocida se enredaba en el cabello de entre sus orejas y lo jalaban hacia atrás para volver a sumergirse en el río y dejarlo fijo contra la barranca, el cuerpo enorme del alce esta vez lo encerró completamente y con dedos firmes le acarició la mandíbula observando la rabia salirle por los poros.
—¿Es tu celo? —Preguntó con una de sus comisuras tirando al cielo —¿Estás caliente, cachorro?
—Qué te jodan, maldito animal.
Radamanthys rio por debajo de su aliento, encantado con las palabras que no podían negar como se alzaba orgulloso sobre su estómago. El ante le soltó el rostro más no el cabello y su mano bajó por el abdomen marcado antes de hacer círculos sobre el ombligo.
—¿Vas a ir hasta tu zona? No vas a poder llegar antes de atacar a lo primero que veas —Le advirtió siendo obvio, y Kanon, dentro de él, sabía que tenía razón. Sus celos eran fuertes, calores que subían de golpe y le nublaban el juicio, generalmente tenía un par de amantes fijos, para poder solucionar el problema siempre que se presentara, pero ahora, lejos de la manada y con un alce sumamente molesto y orgulloso realmente estaba empezando a dudar de cuáles eran sus opciones.
—¿Y a ti qué mierda te importa qué me follo?
—Entonces no debería haber problema si es conmigo.
—¿Qué?
Un grito ahogado se trabó en su garganta cuando los dedos ajenos descendieron a tomar firme desde la base, tirando la cabeza hacia atrás mientras un suspiro tembloroso se le filtraba entre los dientes, tomó el brazo del rubio buscando frenar la caricia, sus garras clavándose firmes en los brazos llenos de músculos y vello, tan peludo que podía jurar que no comprendía cómo soportaba el calor del verano con toda esa mata sobre el cuerpo. De igual forma no pudo detenerlo, ni incluso cuando le gruñó enojado, buscando intimidar a un herbívoro que solo reía como un bufón ante sus acciones. Las yemas fueron de la cabeza a la base y apretó, ahí donde la carne debía hincharse antes de explotar y fecundar, ahora parecía una burla entre los dedos gruesos y largos, que exploraban su zona con cierto fervor mezclado de sátira.
El agua salpicaba entre sus muslos mientras la mano ajena agitaba con firmeza su dureza. Kanon empezaba a perder la poca razón que le quedaba, queriendo apartar la diestra ajena con fuerza, pero viéndose en desventaja tan pronto el peso contrario, cálido y húmedo, se le venía encima. Kanon se aferró a los hombros ajenos cuando el agarre firme de su cabeza se liberó y bajó por las hebras añil hasta llegar a la espalda baja, donde la depresión del arco lumbar se asentaba, acariciando los hoyuelos bajos, aquellos simétricos que veneraban a Venus antes de tomar la carne firme de los glúteos con una mano y apretar con tenacidad donde la cola se escondía. En un movimiento escurridizo se filtró como el río entre sus cachas y con una moción helicoidal precisa que hizo al lobo trastabillar pasmado antes de tomar unas de las astas ajenas amenazante.
—¿Qué crees…? Yo no soy-
—Todo tu cuerpo está caliente, pero comprendo que estés aterrado si es la primera vez —Mencionó apuntando con su mentón la zona trasera —Supongo que tendrás que relajarte.
La protesta nuevamente quedó perdida en el aire antes de sentir al rubio bajar, las astas amenazaron sobre su pecho a la vez que lo escuchaba tomar aire y hundirse bajo el agua lo suficiente para tomarlo del glande y chupar. La incursión obscena de ver los mechones rubios flotando mientras se ahogaba —de forma muy literal— lo hicieron volverse sumamente sensible, enredando las garras en aquel trigal antes de sentir la sacudida de sus piernas cuando la presión posterior finalmente cedió ante la sinuosidad de sus falanges y Kanon le rezó a la luna mientras su compañero lo complacía. Ceñido en hacerlo un desastre contra la orilla, Radamanthys solo salía a tomar unas bocanadas de aire antes de bajar nuevamente al miembro y que sus labios rocen la hinchazón.
La mano suelta se le comenzaba a arrugar, apretando el nudo a la par que le cosquilleaba el vientre con los nudillos, sus manos eran enormes, logrando cubrir hasta el ombligo y más lo comprobó cuando los dedos lograban llegar a zonas que jamás había recibido. Era una combustión espontánea, todo su cuerpo de pronto era una sauna, sintiendo en su espalda sudada como los mechones de cabello se le pegaban y desde el estómago el fuego se disparaba hacia todos lados, el celo le estaba golpeando duro, más de lo que se sentía en la cavidad húmeda, dejándole los ojos cristalinos a la par de los labios. Sus garras se afianzaron a las astas buscando equilibrio, raspando un poco la estructura ósea antes de aullar lastimosamente cuando dos de esos dedos inmensos comenzaron a abrirlo de par en par, era demasiado, logrando que se curve en desespero a la vez que intentaba buscar su liberación.
Radamanthys calaba profundo en él, en su sistema, desde la primera vez que lo vio hasta ahora que se estaba aprovechando de que su cabeza de abajo pensaba mejor que la de arriba. Escuchó el sonido de corcho viniendo debajo de las corrientes antes de sentir al hombre imponerse sobre él, sin siquiera poder quejarse antes de tomar su boca en un beso hambriento, delineando los colmillos a la par que se permitía explorar sus fauces a sus anchas, Kanon arañó el pecho firme, tirando carne y pelo a la vez que sus propias caderas danzaban hacia adelante, buscando frotarse contra el herbívoro mientras se sentía sobrepasado por el tacto que jamás había cesado. Le robó el aire antes de nuevamente ponerse en cuclillas y finalizar su labor, lengua, mejillas y garganta le hicieron un juego sucio y salivoso, teniendo que clavar uñas en las astas cuando finalmente la luna llena lo golpeó, incluso subiendo una pierna al hombro ajeno mientras se fundía como plata líquida entre sus fauces. Radamanthys salió a los segundos, sus ojos espesos e interesados en probar más de lo que ese lobo era capaz de brindarle.
Kanon quiso moverse, pero los dedos gruesos aun seguían jugueteando con él y su cordura.
—Aún no terminé —Expresó limpiando su boca con algo del agua dulce del río —Daté la vuelta.
—Soy un Alfa, sabes. No necesito ser tratado desde ahí y…
Los dedos se curvaron hacia aquel punto dulce y Kanon le imploró a la luna en ese instante —No parece muy convincente lo que dices. Tampoco me importa.
Quiso protestar, darle un zarpazo a ese rostro atractivo y masculino, demostrarle que él, un lobo, una fiera, un cazador, un alfa, no necesitaba más que un poco de ayuda de un herbívoro para solamente llegar a liberarse, pero las manos fuertes no le dieron tregua, saliendo de su cuerpo para tomarlo de la cola y aplastarlo contra el lodo de la orilla, Kanon maldijo en voz alta, un gruñido feroz, salvaje, pero al sentir la lengua que en un principio le había complacido por delante ahora lo hacía por detrás tuvo que clavar sus uñas al barro y asegurarse de no gimotear desesperado mientras lo comía entero. Fueron unos segundos, la lengua empujando entre los anillos antes de escupir contra él, caliente, fluido, excepcional. Se inclinó hacia atrás buscando que llegue de nuevo a ese punto escuchando la burla de risa que le raspó la garganta, no tuvo que soportar mucho, no cuando lo sintió salir entre burbujas antes de que el haz del brillo lunar los bañara y todos los instintos se le pusieran alerta al sentir la punta del famoso venoso irrumpiendo entre sus posaderas.
El peso ardiente del cuerpo robusto hizo que su camino al fondo se sintiera constante y de cierta forma agradable, natural. Kanon sintió su cabeza dar vueltas, tan distinto a cuando él lo hacía, erguido sobre su propio abdomen a la par que el alce se hundía hasta la bragadura, ya lo había fichado y sabía que era enorme, ideal y proporcional para su especie, solo que ahora no estaba con una hembra sino con él, un lobo macho que estaba intentando reacomodar sus órganos para poder recibirlo en un intento patético de ceremonia.
Radamanthys resopló tomando entre sus pezuñas los laterales de su cintura, el calor era intenso y apretado, lo que lo hizo sonreír sabiendo que aquel orgulloso carnívoro se estaba deshaciendo bajo su tacto. Se inclinó sobre su presa para olfatear entre sus cabellos, lamiendo donde las orejas comenzaban antes de tomar algo de las hebras entre sus dientes y jalar con suavidad, Kanon cerró los ojos aun adaptándose, pero el alce no iba a darle un buen momento, así que antes de que pudiera decir algo se retrajo lánguidamente y se estrelló contra él haciendo que todos los sonidos que habían estado ocultando en su garganta se escupieran en un aullido bravo que hubiera ahuyentado a toda su manada.
Tomándolo desde el rabo para hacerlo someter, siendo un herbívoro no tenía esa hambre de carne y sangre que su compañero le había mostrado, pero algo debajo de su piel y pelaje picaba intensamente en esa noche de luna llena, anhelo puro mezclado de deseo, eran animales salvajes, sumergiéndose en el intenso goce de suspiros temblorosos y sonidos estrangulados. Kanon dejó caer el rostro entre los hombros mientras era perpetrado, una sensación tan intensa que su propio calor estaba tirándolo hacia el límite, ululea incoherencias a la vez que su boca maldice el nombre ajeno, muy a su pesar, la fricción es deliciosa y lo hace gemir más de la cuenta, tirando las manos hacia atrás buscando algo con que afirmarse y no caer en la tierra mojada, Radamanthys lo notó enseguida, deslizando una mano por el pecho ajeno para lograr pegar su espalda con el suyo, de esta forma el sexo se volvió incluso más íntimo y el lobo notó que no iba a poder durar más.
—Espera, Radamanthys…
—¿Ya? Se supone que los alces duran menos que los lobos.
Solo se comió un codazo, antes de acercarse a las orejas y tirar de una con los dientes a la vez que tomaba al Alfa desde la base para masturbarlo. Radamanthys se encontró admirando su rostro mientras se arrugaba de placer, apreciando aquel perfil bien tallado, masculino, con bonitos ojos, pestañas humedecidas y dientes afilados, todo acompañado de una personalidad asquerosa; altanero, ególatra, confiado aunque a veces dejaba caer la máscara y mostraba un poco de inseguridades, la presión constante en la que vivía, Radamanthys encontró eso encantador, casi como un tesoro a la vez que cuando la máscara estaba firme le gustaba aplastarlo y condenaron a ser esto, un ser sincero que no paraba de escupir la verdad.
Kanon se desesperó cuando el vientre le hizo cosquillas, no pudiendo evitarlo cuando su propio cuerpo volvió a explorar y descargar la intensidad del calor en el río, su propio nudo se hinchó, comenzando a manchar todo su frente mientras Radamanthys lo sostenía con firmeza imitando su acción, sólo que él logró gozar de lo que nadie se había jactado: venirse dentro del hijo del líder de los lobos. Le sabió a victoria, el triunfo de finalmente haberlo sometido a ese estado de humillación y cuando logró ver el nudo firme en el aire se rió a sus anchas tomándole de la mandíbula al otro.
—¿Qué se siente ser un alfa y estar así, hmm, Kanon?
—Que te follen…
—Descuida —Sonrió viendo las estrellas —Aun tenemos noche de sobra para divertirnos.
La rudeza no paró, sin nudo era fácil volver al ruedo, revolcando al otro fuera del río para que las hojas caídas se le peguen en la espalda. Lo hizo de frente, viendo sus expresiones y en medio de la rabia lo sintió girar, tomándolo de las astas para que no se mueva, montándolo brusco y egoísta, buscando su placer mientras pateaba la humillación lejos de sí mismo. Duraron toda la noche, Kanon demostró lo que era ser un lobo en celo, logrando al final tomarlo con tanta sencillez que Radamanthys lo encontró sumamente apetecible, hierba fresca se había burlado, Kanon respondió mordiendo uno de sus brazos fuertes, dejando una marca que chorreó sangre antes de ir entre sus piernas a devolverle el favor. Cuando los primeros rayos matutinos iluminaron el cielo el carnívoro se despertó unido al pecho peludo del otro, viendo que era una agradable fuente de calor. Cruzándose de brazos para observar su rostro notó que el otro estaba aún dormido, aun con la expresión seria que le atribuía a aquella uniceja poblada y la mandíbula tensa, quizás sus instintos de ser acechado por un depredador.
Aun así, sonrió, una sorna paliativa antes de apretarle la nariz y despertarlo, seguro debía volver y él también.
—Hijo de perra —Rugió mientras veía al otro ya ponerse la ropa que habían abandonado en un árbol —Eras mejor cuando tenías mi nombre atravesado en la garganta.
—Vaya, te gustó eso —Apuntó con una garra a su pectoral izquierdo, estaba de buenas, el sexo siempre lo calmaba —¿Estás en unas dos semanas?
—¿Qué?
—Te tengo que presentar a mi padre —Kanon rodó los ojos —Para coger, inútil.
—¿Quieres repetir?
—¿Te da miedo?
Radamanthys no dijo nada, estupefacto —¿Aquí?
—No, empieza a hacer frío, cerca del límite de la pradera, es tranquilo y casi no cazamos ahí, nadie vendrá.
—¿Ahora soy tu sucio secreto?
El de cabello añil se ajustó el pantalón y se acercó a tirarle de una asta para asestarle un beso.
—Ambos los somos.
No dijo más nada, empezando a caminar cortando la conversación ahí, antes que empiece a ponerse sucias o peor, romántica. Radamanthys terminó de acomodar su ropa, desenredando mechones azules de propia cornamenta y le gritó:
—¡Espera! —Kanon quien ya estaba bien metido en el bosque se giró a verlo —¿A qué… hora?
Solo obtuvo una mano levantada con los cinco dedos estirados, lo vio marcharse agitando la mano antes de que el horizonte no le dejara ver más allá. Se lavó el rostro en el lago y con una sonrisa recordó la noche anterior, orgulloso de haberlo puesto en su lugar luego de tanto rato que lo venía jodiendo vivo, ahora era el otro que había terminado contra el lodo. Volver a la manada significó observar a todos en una normalidad que él ya no sentía, tomó algo de césped de un jarrón y comenzó a masticar pensando en sus deberes de hoy hasta que dos pares de manos lo adentraron a lo que identificó como la cabaña de Aiacos.
—Par de estúpidos —Murmuró al verse tirado en una silla —¿Qué les pasa?
—No volviste anoche. —Aiacos habló cruzándose de brazos.
—¿Y? Puedo salir cuando quiero.
—A follarte carnívoros —Minos alzó su mano hasta sus astas y quitó unos cabellos azules.
—¿Qué, porque ustedes no pueden significa qué yo tampoco? Tenemos un trato.
—Es peligroso, imbécil —El alce albino se quejó, pateando el suelo —Ambos son líderes hijos de los líderes de manadas, si alguno se muere va a estallar una guerra y luego tendremos que movernos de territorio.
—No nos matamos, al menos no de esa forma.
Aiacos no lo compró, tomando su brazo y observando la marca morada de dientes —Ajá.
Él solo subió los hombros, desinteresado, no creía que fuera a matarse en la brevedad, si seguían querer seguir siendo amantes al menos. Radamanthys se levantó y tomó un paño para cubrir su herida.
—Si tienen tantas quejas vayan a decirle a mi padre, yo iré a trabajar.
Ambos alces se vieron molestos, no iba a soplarlo, pero deberían poner un ojo para que todo no se vaya por un caño.
Kanon volvió cuando el almuerzo ya estaba servido, sentía el aroma a carne fresca por todos lados, su apetito luego de la noche anterior se intensificó y abrió la puerta para encontrar a su hermano devorando su plato junto a su ropa levemente mojada, el río, supuso. Ambos se miraron, pero ya se habían olido kilómetros atrás, aun así Saga no dijo nada, Kanon fue por su pedazo y se sentó contrario a él mientras los colmillos trituraban la carne y chupaba los huesos.
—¿Papá?
—Salió.
—Hmm.
—¿Tu?
—¿Yo?
—Anoche.
—Ah —Subió los hombros antes de sonreír —Igual que tú, pasando el celo con un herbívoro.
Saga detuvo su masticar, observándolo medio incrédulo antes de darse cuenta de que su hermano lo sabía, bueno, era un secreto menos.
—Bien por ti.
—¿Sabes lo jodido qué son los borregos?
—Sí, lo jodidamente bien que aprietan.
El gemelo menor soltó una carcajada —Supongo que no le diremos al viejo.
—Si te quieres ir al muere, vete solo.
—Cobarde.
—Precavido.
—¿Sabes qué? Mejor me voy a cazar al río desde temprano —Tiró sus huesos a la basura y fue por sus herramientas antes de ver a su hermano con una sonrisa —¿Qué da tanta gracia?
—¿Qué te follaste? —Kanon no fue lo suficientemente rápido para responder. Saga alzó las cejas y enganchó tanto las comisuras que sus colmillos salieron a la vista —Oh.
—¡No asumas cosas, maldito estúpido!
—Te vendes solo.
—A ti te venderé si no cierras el hocico.
—Bienvenido al club.
El lobo más joven no le prestó demasiada atención a su hermano, azotando la puerta antes de preguntarse si realmente había un club. Caminando en la frondosidad del bosque se acercó al río siendo atacado por las memorias frescas de la luna llena, relamió sus labios y recordó a los hijos de Sísifo, ambos también pasaban sus celos con herbívoros y Aiolia incluso iba a tener un cachorro. Oh, entonces a eso se refería.
Su padre los mataría si esto se volvía ampliaba y para mala suerte de todos, iba haciéndose costumbre.
De igual forma, solo podía esperar esas dos semanas con aquel alce para mostrarle lo que realmente podía hacer.
Kanon se acomodó la correa del morral al hombro, dejando que el peso de sus herramientas de caza lo anclara a la realidad del bosque. El viento del este traía el aroma a pino húmedo, a tierra fértil y, si afinaba demasiado el olfato, juraría que todavía podía percibir el rastro de trigo y río de Radamanthys impregnado muy en el fondo de su propia piel. Una sonrisa ladeada, casi depredadora, se le dibujó en el rostro.
Resultaba irónico. Había pasado años maldiciendo la cuna de oro, compitiendo contra el brillo nato de su gemelo y buscando desesperadamente la aprobación de un padre que solo veía coronas de líder. Y al final, el verdadero territorio donde Kanon gobernaba no se ganaba con colmillos al cuello ni con el beneplácito de la manada. Se ganaba ahí, en los límites prohibidos, donde las leyes del bosque se difuminaban bajo la luz de la luna y un Alfa podía entregarse al salvajismo sin dar explicaciones a nadie.
Miró de reojo la cabaña que dejaba atrás, donde Saga seguramente seguía limpiando los restos de su plato con la misma parsimonia de siempre. El "club" de los descarados. Ya no se sentía como una copia barata; ahora era el dueño de un secreto que hacía temblar la paz de los contratos escritos.
La próxima luna llena iba a ser sangrienta, y él ya no podía esperar para empezar a cazar.
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