Ven, que me hablen tus ojos.
Ven. Dejemos que tus manos me revelen lo que no puede mostrarse de otra forma, que me enseñen el valor de tus caricias, que dibujen lo que quieran sobre el mapa de mi piel. Dejemos que cada vez exista menos distancia entre los dos, que los kilómetros se vayan haciendo polvo, y que sólo un par de centímetros sean los que tengan el poder de descifrar este campo de atracción. Dejemos que los minutos sean sólo eso, minutos, colección de pequeños fragmentos de tiempo en los que poder compartir, abrirnos, sentir y simplemente dejarnos llevar. Dejemos que ese momento sea capaz de pararlo todo, que se apague el mundo y el silencio sea el único rey de nuestro caos imperfecto. Dejemos que tu sonrisa sea el mejor indicador de felicidad, que nada ni nadie consiga hacer que se esconda, que brille cada día con más fuerza y sea la envidia de las almas incompletas. Dejemos que tus abrazos calmen tormentas, que encuentren su lugar favorito entre los míos, que sean libres, puros e ilimitados, y me busquen siempre que me necesiten. Dejemos que tu corazón se acelere, que rompa todas las notas y compases musicales aprendidos, que se llene de emociones desconocidas, nuevas, de serenidad y calma, de ganas infinitas, de querer estar ahí. Dejemos que tus palabras naden en completa libertad, que no salgan si no quieren, que lo pinten todo del color que consideren necesario, que digan todo, o que no digan nada. Dejemos que tus labios adivinen el mensaje de mis labios, que pregunten, sin miedo, y me roben tantos besos como puedan, que podamos hacer magia con un simple roce y los nervios exploten entre nudos de color. Dejemos que tus sueños se entremezclen con mis sueños, forjemos la combinación perfecta de ilusión y fantasía, de imposibilidad irreal y realidad más que posible. Dejemos que vuelva a crecer la llama, que arda tanto como quiera, que ninguna circunstancia pueda hacerla más temblar. Dejemos que sea, que pase, que ocurra. Ven, que me hablen tus ojos.











