Charlie llevaba un buen rato observando a un grupo de chicos, claramente temerosos, intentando contener la risa. Lucían patéticos, en especial si tomaba en cuenta que se habían encargado de acosar a cada chica del bus durante el viaje hasta el cementerio. Un buen susto no les vendría mal, y esperaba que el camposanto no defraudara sus expectativas. Comenzó la marcha, leyendo cada nombre, fecha y epitafio grabado en las lápidas más próximas. Se sentía macabramente atraída por aquellas en donde se indicaba el anonimato del muerto, o en donde la fecha de nacimiento y la del deceso no distanciaban más de diez años. Caminaba con tal distracción que su recorrido se vio bruscamente interrumpido al chocar con alguien más. —¿Podrías por favor no quedarte de pie en la mitad del camino? —Espetó, sin alzar la vista.
La nogitsune se quedó básicamente petrificada en una de las tumbas que yacían justo ahí, colocada en cuclillas reposando sus rodillas en la tierra mientras leía una de las cientos de tumbas que cubrían el lugar. Alzó la vista para encontrarse con una pelirroja, la miró fijamente cuando ese horrendo olor le inundó las fosas nasales “olor a licántropo” ¡Ew! Nada más desagradable. —Búscate otro camino, pelirroja—. Espetó de forma grosera a la femenina para volverse a contemplar la lápida, no estaba en posición de fingir o si quiera actuar frente a ella, detestaba hacerlo con los hombres lobo y su muy asqueroso olor. —Supongo que no estás lo suficientemente gorda como para atravesar por algún otro lado ¿O sí? —. Inquirió con todas las intenciones de hacerla irritar.














