Turning point o el no sé qué (Parte I)
7 de mayo, 2018
Casi van a ser dos años de que algo se hacía manifiesto en mi vida. A ciencia cierta no sé qué es. Pero puedo esbozar algunos trazos, algunas líneas y puntos principales: danza, café, feminismo, amistad, fortaleza.
Feminismo: Mayo del 2016 vio nacer un pequeño gran círculo de lectura. Había pasado el 24 A y la efervescencia pedía también la reflexión. Recuerdo que encontrar ese espacio fue muy especial. Era lindo poder hablar sin ser juzgada, sin tener que cargar con el estigma al que te someten si tan siquiera rondas el feminismo (aún el más light). Texto a texto, algo en mi mirada se movía, pero no sólo la forma de ver el mundo, si no de habitarlo. Las otras mujeres no eran ya amenazantes; una podía al fin amarlas, comprenderlas y respetarlas, desde la mente por principio -pues así nos acercabamos a las autoras- pero inevitablemente también desde el corazón.
Amistad: dentro de las camaradas del círculo tuve la fortuna de tejer nuevas amistades, Alma fue una de ellas. En aquel verano del 16 pasaba por los momentos finales de la única relación formal que he tenido en mi vida. Aquel muchacho era todo lo que desde afuera a una le recomiendan. Mi antigua teraputa incluso había dicho que no encontraría un hombre mejor. Mi madre también lo había expresado, aunque con gestos y palabras distintas. Todo en el exterior me decía que era lo mejor para mí, pero por dentro mi intuición me gritaba todos los días que no era así. Alma fue mi aliada entonces y con esa alianza nacería la amistad que llevamos hasta ahora.
Querétaro: al día siguiente de romper tal relación, salí hacia Querétaro, iba a un encuentro estudiantil de psicología social. Era la primera vez que viajaba nada más yo. No tenía miedo. Estaba serena:
“Este es el primer viaje que emprendo sola, pero no enteramente por mí sola. Aunque he ahorrado, mi papá me ha ayudado. (...) Pese a la ruptura del domingo con R me siento tranquila y feliz.” 4 de octubre, 2016. (Nota de viaje).
Danza: a causa de este viaje, falté a la primera sesión de danza butoh, que había pagado ya hacía un par de meses atrás, pero que apenas comenzaba debido a unos contratiempos. Tenía siete meses sin bailar. En marzo abandoné danza jazz. No soporté la tensión, ni el constante regaño. Ahora puedo entender que no era personal y que la maestra quería más bien encaminarnos hacía un trabajo de calidad, pero yo no podía aguantar más tal violencia, aun cuando me agradaba estar ahí. Asumí el fracaso y me alejé de la danza, la creí un mundo bonito, pero que no era para mí. No obstante luego de esos meses me llamó de nuevo, tal vez llamó siempre y desde antes de jazz, pero siempre le tuve miedo. tenía miedo de fallar, de no dar el ancho, de mi falta de experiencia. El estímulo determinante para atreverme a hacerlo, cuando inicié jazz, era heteronormado -ahora puedo verlo- pues quería soltar mi cuerpo, darle vida, en la idea no de un afán estético, sino complaciente:buscaba entrenar un cuerpo que al estar frente a un otro (varón, claro) yo pudiera estar ahí con soltura. Pero la vida tiene otros planes...
Recuerdo esa primera sesión de butoh. La guía cuidadosa y dedicada, la disciplina, el trabajo colectivo. Algo dentro de mí vibraba, como un tamborcito interno, diría Alejandro Aura. El resto es historia. Ya no bailaba para que mi cuerpo pudiera complacer, ahora me concentraba para escuchar lo que él quería, pues yo nunca se lo pregunté. Una debe ser paciente cuando le pregunta algo al cuerpo, porque aunque no esconde lo que sabe, nuestros ojos -la mente- están a menudo muy viciados. Hace apenas unas semanas me ha parecido entenderle: no quiero bailar para mi goce o porque sea algo bonito, ni siquiera para expresarme, bailo y quiero bailar para buscar la autenticidad del movimiento. No niego lo otro, de hecho recurro mucho en ello, es relativamente fácil hacerlo, basta dejarse llevar; pero miro que la danza es otra cosa, va más allá de los deseos de uno mismo, de la pasión propia, la danza es una entrega, un compromiso que nos pide disciplina y dedicación, es, como diría Alma, una ofrenda, una ofrenda que puede no ser perfecta, pero en la que se pone toda la presencia de nuestro cuerpo y corazón. Entonces la danza permea también nuestro ethos, nuestra manera de estar en el mundo. Un butohka no puede ser sólo butohka cuando entrena o se presenta, lo es en todo momento. Eso busco, al menos es lo que vislumbro.

















