MI ENTIERRO.
El sol se atrevió a salir,
insolente y ajeno,
a romper la penumbra de mi celda de carne,
Pero yo no lo veo.
Lo siento, me quema por dentro.
Mis ojos son un trueno silencioso,
un agujero donde el alma se escarne.
El día después.
Así lo llaman,
los que ignoran que la noche no terminó,
que sigue aquí, en mis sienes,
Me arranco de la cama,
mis huesos me deploran,
cada fibra de mi ser la derrota que viene a recordarme.
No soy yo, soy un esbozo pálido,
una efigie de cera, rota y sin color.
El espejo me devuelve un rostro macilento,
Y válido para habitar la tumba que no encontró el dolor.
El aire me atraviesa como un fantasma,
vacío de sentido, desprovisto de aliento.
Mis manos,
las que temblaron en el último instante,
ahora son solo cuerdas que el viento lleva lento.
Lo siento todo y nada.
Una sorda anestesia se ha instalado en el pecho,
donde latía un grito.
Soy la estatua de sal de la eterna amnesia,
el testamento mudo de un amor no escrito.
Se dice que no morí,
que sigo aquí,
que respiro.
Pero la vida me esquiva,
no me roza, me evade.
Mi corazón palpita,
mas es un postrero suspiro de un mecanismo roto,
que ya no persuade.
Ah, la memoria.
Como un cuervo sobre el tejado de mi mente,
grazna el instante exacto:
La habitación en sombras,
mi cuerpo encorvado,
la fría compañía de un silencio compacto.
En mi palma, el metal.
Pesado, oscuro, letal.
Mi verdugo y mi dios,
mi final y mi principio.
El cañón,
una boca que prometía el caudal de la nada,
el escape de este cruel precipio.
Cerré los ojos.
El mundo se hizo un punto,
un insignificante eco que se desvanecía.
El dedo en el gatillo,
el universo difunto,
y la promesa helada de una fría agonía.
El eco sordo...
el chasquido...
un gemido arrastrado...
Y luego, el golpe en seco...
No la paz, sino el lodo.
No el dulce abandono, sino el miedo estrellado contra un muro de sal,
que me devolvió a todo.
Estoy aquí, sí. Pero no estoy.
Mi ser se ha escindido.
Una parte de mí flota sobre esta realidad.
La que quiso marchar,
la que gritó un "te despido",
ahora es solo un eco de su propia oscuridad.
Me siento muerta.
Una sombra que deambula entre los vivos,
sin voz, sin alma, sin anhelo.
El alma se me escapó por la herida que ulula en el centro de mi ser, bajo este triste cielo.
El frío de la bala que no halló su destino,
se incrustó en mi espíritu,
un fragmento de hielo.
Y ahora me consume,
me marca el camino hacia una inexistencia,
un póstumo desvelo.
Cada aliento es un esfuerzo,
un dolor sin sentido.
Cada amanecer,
una cruel y vana ofrenda.
Las voces de los otros,
un rumor desvaído,
como si mi presencia ya a nadie comprenda.
Me miro las manos,
y no las reconozco.
Fueron ellas las que quisieron apretar el gatillo.
Ahora son ajenas, inertes,
y este pozo de desesperación,
Las convierte en un cepillo que raspa mi existencia, dejándome desnuda,
frente al horror de no haber podido acabar.
La vida es una cárcel, una farsa ruda,
y yo, la prisionera que no pudo escapar.
Deambulo por la casa,
por la mente, por los días,
buscando un vestigio,
una razón, un porqué.
Solo encuentro el vacío,
las rotas fantasías,
y la burla sarcástica de lo que no llegué a ser.
Mis huesos crujen bajo el peso de mi alma muerta,
de mi espíritu que yace insepulto.
El frío me cala,
no hay fuego que me calma,
solo el recuerdo amargo de un intento indulto.
Y el día se consume.
Otro día sin colores.
Otro día en que el sol me ignoró por completo.
Otro día de ser una de las peores pesadillas,
la viva imagen de mi propio secreto.
Me arrodillo en el suelo.
No hay lágrimas que broten.
Solo un dolor profundo, sin nombre, sin voz.
La vida me dejó, las alas ya no aletean,
y soy el monumento de una trágica hoz.
No morí.
No me fui.
Pero estoy enterrada.
El eco de la bala es mi epitafio cruel.
Y la oscuridad eterna es la morada de un alma que se ahoga en su propio hiel.
Este es el día después.
Un infierno en la tierra.
La condena de seguir viviendo lo que no fui.
Y nunca seré.
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El arma...
Su recuerdo es una llaga que no cierra.
Su sombra me persigue, me abraza en la penumbra.
Soy la bala perdida, la que vaga por la tierra,
sin el impacto final que su dolor me alumbrara.
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