El título de familiaridad rozaba heridas carentes de cicatrización, incluso tras años de ser provocadas, sin haber recibido un lapso de curación cuando fue debido. Una sensación semejante a la angustia, vagando entre ésta y variantes de vacío y desconsuelo, tomando lugar en su pecho, inexplicable, hiriente. La saliva descendió con nerviosismo por su garganta, absteniéndose de pronunciar palabra alguna a través de sus entrecerrados labios. Simplemente no lograba llevar a cabo la acción, comprendiendo la dirección en que el mayor buscaba derivar la conversación. Ambos conocían que aquella máscara de casta ingenuidad sólo podía definirse como un acto de seducción, falso teatro empleado en la indagación del despertar libidinal sobre los débiles impulsos sexuales de naturaleza masculina, siendo experta la fémina en casos de dúplica de la propia edad. Mas él no apuntaba a ese propósito y Cirihla podía percibirlo gracias a la creciente incomodidad en forma de cosquilleo ascendiendo por su espina vertebral. Por instinto, volvió sus pasos en rumbo contrario, encogiéndose emocionalmente y ubicando las orbes en puntos circundantes aleatorios con el fin de evitar cruzarse con las ajenas. ¿Cuándo había sido la última oportunidad en que semejante incógnita había acariciado sus oídos? Aquella réplica memorial no era difusa como el resto; recordaba perfectamente las discusiones, el paulatino desarrollo amistoso que conllevo a demostrar al concurrente huésped de su progenitora las verdades de la de cabellera oscura. En sus pensamientos no existía razón para abrirse nuevamente de esa manera con el extranjero o con cualquier otra persona; no retornaría a tal deplorables circunstancias anímicas. “No, no quieres.” Los zafiros se elevaron por un momento de súbita duración, sus dientes atrapando el rosáceo labio inferior sin medir la fuerza impuesta, tiñéndolo de carmesí. “No sabes una mierda sobre mi, Yevgeny. Y aunque lo hicieras, no valdría la pena siquiera intentarlo.” Se irguió al igual que él, el tono vocal aumentando al igual que su posición defensiva, demostrando su pobre manejo del desequilibrio emocional al reanudar sobre sus pies, cortando distancia alguna entre ambos en menos de un segundo. “Lo que ves es lo que hay, esto es Cirihla. Si no te gusta es tu puto problema.” Inventos, mentiras dedicadas al propio ser y mente, un inconsciente deseo de repetir aquella frase hasta que la personalidad risueña que la destacó en tiempos pasados se borrase por completo. “Donde intentes manipularme con esa basura psicológica de nuevo te haré tragar todos tus putos dientes de un golpe, ¿entiendes?”
El discurso ajeno penetró en sus oídos tan pronto como abandonaron los labios femeninos. Sí, a eso era precisamente a lo que se refería cuando hablaba de la verdadera identidad de Cirihla, una mujer tan compleja que ni ella misma era capaz de entenderse. Por su memoria pasaron las escasas veces en las que le había entregado una parte de sí mismo a alguna persona, aquellas que le habían interesado lo suficiente como para adentrarse en el mundo de sus demonios y salir perdiendo. Perdiendo, sí, en finales desastrosos por la misma razón; no querer tener nada que ver con el amor inventado, pues ni si quiera el verdadero le demostró que merecía la pena. Traiciones, batallas de egos y constante agonía eran las bases que sus padres le habían enseñado sobre el sostenimiento de la relación amorosa, ¿y para qué? Para nada. El de orbes marinas se negaba a cruzar la mencionada línea, pero esa sólo era la meta conseguida después de varios peldaños más. En varios debajo se encontraba, siendo consciente de que Cirihla le gustaba lo suficiente como para intentar subir un par de niveles o cruzar alguna que otra línea. La carente distancia entre ambos le otorgó un par de momentos en los que se pudo percatar de la ausencia de contacto visual hacia sí mismo, junto a la pequeña línea de sangre que parecía amenazar con teñir sus labios. “¿Por qué no puedes simplemente aceptar algo de alguien?” Inquirió, con un tono calmado a pesar de que el volumen había sido subido y alterado por la menor. Así era, tal y como sucedió cuando trató de curarle una puta herida de bala, como su negación a aceptar un maldito desayuno, y el preciso instante que estaban viviendo. Tal vez tuviera que ver con el contraste de sus personalidades o que él había descubierto el placer en tomar riesgos, pero no podía alterarse al respecto. A sus ojos, una charla de su parte con todo aquella supuesta manipulación mencionada hacía escasos instantes, sería la opción más inservible de todas. Sabía que era testaruda, pero él lo era tanto como ella. De esta forma,trasladó las yemas a su cuello: tranquilizadoras, a esperas de recuperar el contacto visual de tonos azules. Entonces, un mandato al cerebro para mutar sus pensamientos tuvo como resultado que se aventurara a cortar la distancia total y así chocar ambos labios en un beso de sabor metálico.