Alteración tecnológica de las prácticas de transmisión de lo filosófico
Los maestros en la época de los libros.- La educación particular y la educación por pequeños libros se generalizan cada vez más; casi podemos prescindir del educador, tal como existe hoy. Los ávidos de saber, que quieren apropiarse totalmente un conocimiento, encuentran, en la época de los libros, una vía más sencilla y natural que la ‘escuela’ y el ‘maestro’.
Friedrich Nietzsche. El viajero y su sombra
En el epígrafe Nietzsche no se lamenta, sólo describe fríamente un acontecimiento. Esa es la manera como le gustaba pensar. El epígrafe señala un síntoma cultural, una modificación en las técnicas de transmisión de los saberes: el libro inmiscuido en la relación escolar maestro-estudiante. La “época de los libros”. Y es interesante que, según Nietzsche, con la introducción del libro como tecnología que modifica las técnicas de transmisión de los saberes, los maestros y la escuela -como espacios y mecanismos tradicionales de transmisión- no quedaban bien parados. Y ya conocemos la historia: la institución gubernamental escolar moderna defendió la relación tradicional en las técnicas de transmisión del saber profesor-estudiante. Uno casi podría decir, nietzscheanamente, que la relación profesor-estudiante -y con ello la relación de transmisión escolar de la filosofía- se mantuvo gracias al estado.
Quizás nosotros estamos, quizás, en otra alteración tecnológica de los mecanismos de transmisión del saber. Hoy, los filósofos serían los más enterados de esa modificación. La sufrirían en la propia carne de su labor. Y es interesante que la comunidad filosófica exija, hoy y al menos la mexicana, de nuevo, al estado que mantenga su palabra. Esto nos podría llevar a un tópico moderno de la discusión. Desde el texto, Sobre la filosofía de universidad de Arthur Schopenhauer, pasando por el de Friedrich Nietzsche Sobre el porvenir de nuestras escuelas, hasta Hannah Arendt y su texto “La crisis en la educación” o Theodor W. Adorno y sus conferencias Educación para la emancipación, Louis Althusser y sus famosos apuntes “Ideología y aparatos ideológicos de estado” o La escuela capitalista de Christian Baudelot y Roger Establet. Incluso el tópico está en Los retos de la educación en la modernidad líquida de Zygmunt Bauman. El tópico problematiza la relación estado y procedimientos de transmisión escolar del saber. De allí, siempre en esos autores que he nombrado, la puesta en cuestión de la relación transmisión del saber y las prácticas filosóficas y el acto educativo que se ejercita en una institución escolar salvaguardada por el estado. El tópico siempre fue enunciado en la relación de dos sintagmas. El primero enunciaba una “crisis de la educación moderna” -en su objetivo y en sus técnicas de construir individuos plenamente desarrollados en sus capacidades-, el otro una “filosofía del estado”, un discurso del poder -que hacía lo contrario de lo que afirmaba hacer, síntoma que se ha descrito principalmente con las palabras ideología o barbarie. De allí que es interesante la reacción de cierta parte de la comunidad filosófica mexicana al enarbolar el discurso y los deseos que una institución internacional, la UNESCO, ha elaborado como defensa de la filosofía.
Esa reacción de la comunidad filosófica defendiendo la posición de los mecanismos de transmisión de las prácticas y los saberes filosóficos usando el discurso de una institución internacional para exigirle al estado que cumpla su palabra, eso es algo sobre lo que podríamos pensar y discutir demasiado. Podría confrontarse con ese tópico crítico que cierta línea de pensamiento en la modernidad ha puesto en operación para diagnosticar síntomas en nuestras instituciones escolares y en la institución filosófica moderna. Prefiero elaborar aquí un apunte de la disposición tecnológica que sobredetermina lo que he llamado la alteración de las técnicas de transmisión de lo filosófico en el acto educativo. Disposición a la que creo responde lo que cierta parte de la comunidad filosófica mexicana ha designado -porque la sufre en la propia carne de su labor- con el nombre de “ataque a la filosofía”, la RIEMS.
Habría que hacer un poco de filosofía de la tecnología. Pensar un poco la relación tecnología/educación. Valorar lo que le sucede el día de hoy al sentido de esa relación sería muy arduo, lo que es innegable es que se experimenta una alteración en la producción y el acto -escolar o no- de transmisión del saber. A tal alteración, supondremos, le acompaña una alteración en el ordenamiento y la jerarquización de los saberes. A ello responde la RIEMS y eso es lo que sufre la práctica de la filosofía. El términos competencia es un síntoma mayor de esa modificación. Esa modificación, al igual que la que señalaba Nietzsche, es tecnológica. Computación, digitalización. Solemos usar esas palabras para decir hoy esa intromisión de una tecnología en la transmisión y producción del saber. La actual constelación histórica en la mayor parte del mundo -al menos en la práctica escolar singular que se dedica a transmitir las capacidades filosóficas-, esa constelación histórica a la que la educación, la educación escolar y, por ende, la transmisión de las capacidades filosóficas se hallan articuladas, se encuentra dominada por la tecnología. Discutir aquí esta evidencia sería igualmente arduo. Lo que sí podríamos decir es que ella, la tecnología, lleva la voz cantante pues tiene la mayor fuerza en la disposición histórica actual. Esto sólo indica el espacio del ejercicio de la acción educativa, señala su tono tecnológico. Lo que trato de enunciar aquí no es el lugar común, usado para hacer menos chocante esa intromisión tecnológica en el acto educativo, de que ahora los profesores deben usar las TIC en sus clases, que deben usar cañones o PPT para hacer más estimulante la clase. De hecho es al revés, ese lugar común convertido en exigencia global en las institución dedicadas a permitir el acto educativo es síntoma y expresión de la alteración tecnológica que se impone. La alteración tecnológica actual es estructural al acto mismo de educar. Es así que podemos concebir ahora que todo acto de transmisión de saber, incluido el filosófico, es tecnológico.
En el epígrafe que leí, Nietzsche señalaba con dos afirmaciones los efectos que la intromisión de los libros podían producir en el acto de transmitir saber: “prescindir del educador” y “vía más sencilla y natural” para quien se quiera apropiar del saber. Y es que una potencialidad mayor de las tecnologías es condensar en un aparato el cúmulo de procesos, técnicas, habilidades, prácticas que históricamente se repartían entre determinadas funciones del cuerpo social. De allí que los aparatos puedan formar parte de las técnicas de transmisión del saber. Podríamos usar en este caso y de cierta manera la palabra reificación. De allí que se nos exija usar tecnología en el momento del acto educativo, y que se nos exja cada vez con mayor fuerza.
Quizás usando referencias históricas se note más claramente en qué sentido hoy se modifica tecnológicamente el acto educativo. El libro es el aparato fundamental que va unido al acto educativo desde al menos la edad media. Pero el libro, como ya sabemos, ha tenido diferentes usos educativo y se ha insertado de diferentes maneras con las técnicas y las instituciones que históricamente occidente ha desarrollado para el acto de transmisión de saberes. Roger Chartier, el historiador de la prácticas y de las capacidades de la lectura, ha descrito esas modificaciones del libro en su uso en el acto educativo. Así, en la educación religiosa, en el medioevo o en la colonia española aquí en México, los libros para la enseñanza era silabarios, cartillas, catecismos cuya función principalmente era una “alfabetización funcional”, un cierto tipo de educación en la que, por miedo a educar al pueblo, sólo se transmitían las capacidades básicas de leer, escribir y contar. El dominio de la producción del saber y de los textos, usando principalmente a una élite universitaria para ello, pertenecía a la iglesia. La filosofía tiene un lugar principal en la ordenación del saber y en la planeación de lo que se enseñaba. Alfabetización para muchos, pocos privilegiados que podrían producir saber. Con la educación ilustrada o moderna se modifica esta técnica de la enseñanza, se modifica el uso del libro -contando con la aparición de la imprenta- en su uso de transmisión del saber. Así, nos dice Chartier, la lectura como acceso a la cultura, como un proceso de humanización constante. Así el libro queda en el centro de la máquina escolar. Pero el libro se modifica, aparecen los manuales, las enciclopedias como aparatos sofisticados de transmisión del saber. La pretensión es llevar el saber a la mayor cantidad de individuos, una cruzada por la democratización de la educación. Los filósofos comienzan a tener una voz cantante en la prescripción del acto educativo. Y aparece una disputa por el proceso de producción del saber y de los textos. Se disputan tal poder las universidades y las instituciones editoriales -cualquiera que pudiera producir un discurso. Así tenemos un aparato siendo usado tecnológicamente con dos sentidos diferentes.
Uno podría afirmar que en esos casos el libro, como tecnología de transmisión del saber, funciona de manera muy semejante y con técnicas semejantes, la universidad se halla en el centro. Pero es en el siglo XX cuando comienza una alteración mayor en esos mecanismos, rutas y técnicas de transmisión del saber. Apenas hoy estamos valorando sus efectos. Joshua Meyrowitz en su texto No Sense of Place: The Impact of Electronic Media on Social Behavior ha estudiado como la aparición de la televisión ha alterado los mecanismos de transmisión del saber. Así afirma:
"Lo que hay de verdaderamente revolucionario en la televisión es que ella permite a los más jóvenes estar presentes en las interacciones de los adultos […] Es como si la sociedad entera hubiera tomado la decisión de autorizar a los niños a asistir a las guerras, a los entierros, a los juegos de seducción eróticos, a los interludios sexuales, a las intrigas criminales. La pequeña pantalla les expone a los temas y comportamientos que los adultos se esforzaron por ocultarles durante siglos"
Que un saber vedado desde el siglo XVIII al menos, nos dice Meyrowitz, sea fácilmente accesible mediante un aparato a individuos excluidos de él es una versión extraña de la democratización del saber moderna. Por supuesto, en esa modificación en las técnicas de transmisión del saber los filósofos, como sabemos, no figuran de manera central y sus reclamos no se dejan de escuchar desde que la televisión se ha prendido.
A cada nueva intromisión de un aparato tecnológico en el acto de transmisión del saber hay una alteración en la jerarquización de los saberes. Sólo así, creo, que se puede explicar que la filosofía no lleve la voz cantante en los planes de estudio de la RIEMS. Otros aparatos se han comenzado a entrometer en el acto de transmisión educativa.
Ante y contra, como respuesta a, esa exigencia clamar por un regreso o encontrar aliados extraños no me parece adecuado al caso. Los encargados de practicar filosofía, de ejercitar el acto de transmisión de las capacidades filosóficas, nos hallamos en jaque.






