(Para mi trabajo final de la clase Análisis del Discurso de la UAEM elegí dos escenas de la película “Never rarely sometimes always” de Eliza Hittman, EU 2020 para analizarlas con las herramientas adquiridas en el curso)
I. El sometimiento de lo femenino a través de la figura de la “puta (whore)” desde la enunciación masculina1
Inicia la película: el escenario se ilumina con reflectores de colores. Números musicales basados en los años 50’s a 70’s. Es una presentación escolar. Los jóvenes se muestran alegres y mueven sus cuerpos a través de coreografías divertidas, imitaciones de Elvis Presley, un trío entona una balada. Una pequeña representación de la época de oro de Estados Unidos, a lo que aspira la juventud es a pertenecer a esta maquinaria hollywoodense que el pop ha perpetuado en nuestra memoria. Los hijos de la América que Trump busca hacer grandiosa “again”. Pero casi inmediatamente esta memoria se desvanece. Suena “He’s got the power” de The Exciters, sin embargo es un cover y lejos de ser fiel a la versión original, animada e interpretada en conjunto, se convierte en una confesión únicamente acompañada de una guitarra acústica, la juventud americana no emerge alegre, no toda, no Autumn, la protagonista de esta odisea tortuosa de silencios y miradas.
“Sí sí sí sí. Él me hace hacer cosas que no quiero hacer. Me hace decir cosas que no quiero decir. Y aunque quiero separarme. No puedo (Deja de decir que lo adoro). No puedo dejar de hacer cosas por él. Él tiene el poder, el poder del amor sobre mí”. Mientras entona esta estrofa la cámara pasa de ser una toma fija al escenario a mostrar al público poco a poco hasta revelar a un joven de la audiencia que grita, justo al final de la última frase:“¡Puta!”. Hay algunas risas, indignación, pero sobre todo un silencio incómodo, Autumn ha quedado por unos segundos petrificada, con incomodidad retoma el rumbo y finaliza apresurando su versión. Cuando la película avanza, se deduce que este chico es la inspiración de la interpretación musical, incluso, sabemos posiblemente es quien la ha obligado a hacer cosas que no quiere hacer. Así que el significado de su supuesta broma, va más allá de la letra de la canción. Es una confesión que él conoce y al gritar su insulto deja claro que no le importa lastimar la integridad de Autumn. “Él tiene el poder”.
“Michel Foucault en Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber nos presenta una hipótesis […] consiste en sostener que los dispositivos de poder no solamente reprimen o niegan al cuerpo, también lo producen. Lo anterior significa que el cuerpo se produce por dispositivos de poder […]”2. “Puta” es una de las formas más despectivas para referirse a una prostituta, una mujer que renta temporalmente su cuerpo a cambio de satisfacer sexualmente, casi siempre, a un hombre. En la actualidad el insulto se usa para atentar contra la dignidad de las mujeres, al referirse que al hacer uso de su sexualidad fuera de normas sociales que les parezcan aceptables, están equiparadas con prostitutas3. “Puta” se convierte en metáfora, una que está atravesada por el privilegio masculino, si este hombre que grita “puta” a la chica que habla a través de una canción sobre su sometimiento a un hombre aunque ella así no lo quiera, él la convierta a través de esta metáfora en una prostituta. Sin embargo, en este caso no existe un intercambio económico, en esta lógica, es menos que una prostituta, es decir, es una puta metafórica. Autumn ha quedado excluida. Castañeda alude:
La exclusión refiere a prácticas discursivas y no discursivas, por lo que a ésta tenemos que pensarla en el marco de relaciones de poder en las que se distribuyen y localizan cuerpos. Ésta sirve como estrategia de poder que refuerza relaciones en las que se naturalizan posiciones asimétricas y jerárquicas, de manera que algunos cuerpos se vuelven vulnerables y otros confirman sus privilegios.4
De esta manera interpretamos que el intercambio que genera el cuerpo que emite el discurso de poder para someter al cuerpo excluido, es el de permitirle estar con un cuerpo privilegiado. Es decir, con un ser que se ha posicionado a sí mismo como superior. El valor de su cuerpo a proporción del valor del cuerpo de la puta metafórica no es cuantificable en dinero, el motivo del intercambio se trata de aceptación. Para conseguir esta aceptación es necesario someterse a los deseos del privilegiado aunque estos atenten contra la integridad física y/o moral del cuerpo desprestigiado. Al no existir dinero, un recurso material, como intermedio para llevar a cabo una acción, el cuerpo que ha sido despreciado cae en una especie de círculo vicioso, es la acción para ser aceptado por el cuerpo privilegiado la que “reafirma” su posición como cuerpo despreciado. La puta metafórica se convierta en LA puta, según lo que el sujeto masculino había proferido, de igual forma, a través de estos hechos, el hombre se convierte a sí mismo en el profeta: el eterno enunciador. Es en todo caso, una trampa terrible que el hombre creyéndose superior ha impuesto sobre la mujer.
II. El sometimiento de lo femenino a través de la figura de la “zorra (slut)” desde la enunciación masculina
Escribió Simone de Beauvoir: “Y ella no es otra cosa que lo que el hombre decida que sea; así se la denomina ‘el sexo’, queriendo decir con ello que a los ojos del macho aparece esencialmente como un ser sexuado: para él, ella es sexo; por consiguiente, lo es absolutamente.”5
En una noche familiar de los Callaham, dos hermanas menores de ocho años, la madre, Autumn de dieciséis y el padre. La mascota que es una perra se acerca al padre de Autumn, huele su entrepierna y él la recibe con gusto, toca su cabeza y comienza a alabar el comportamiento del animal: “Al menos alguien en esta casa me ama”. “Oye, oye, oye”. “Hola”. Empieza a juguetear con la perra. “Esa es una chica”. “¿Quién es una buena chica?”, mientras rasca la barriga de la canino, comienza a denigrar al animal a través de peyorativos sexuales: “Sí, eso te gusta… pequeña zorra”. Autumn se incomoda pero no expresa nada al respecto. “¿Quién es una pequeña zorra?”, continúa a susurros. La madre pide que pare. “¿Qué? A ella le gusta”. “Esa es una chica”. “Mira qué fácil es”. Y mira complacido a su alrededor.
[…] un dispositivo no se reduce exclusivamente a prácticas discursivas […] sino también a prácticas no-discursivas y que la relación, asociación, interrelación o articulación entre éstas resulta un requisito excluyente. […] Los discursos se hacen prácticas por la captura o pasaje de los individuos, a lo largo de su vida, por los dispositivos produciendo formas de subjetividad; los dispositivos constituirían a los sujetos inscribiendo en sus cuerpos un modo y una forma de ser. Pero no cualquier manera de ser. Lo que inscriben en el cuerpo son un conjunto de praxis, saberes, instituciones, cuyo objetivo consiste en administrar, gobernar, controlar, orientar, dar un sentido que se supone útil a los comportamientos, gestos y pensamientos de los individuos”.6
Señala de Beauvoir: “la mujer, se determina y se diferencia con relación al hombre, y no este con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo otro”.7 Retomando lo anteriormente señalado por la misma autora así como por Luis García Fanlo, la mujer desarrolla lo que asume es su papel en el mundo a través de lo que el hombre, agente del patriarcado, enuncia tanto conscientemente, como un grito desde la tribuna, o supuestamente inconscientemente, como aleccionar lo femenino, incluso si es una perra, haciéndole saber cómo es correcto que actúe según el deseo de él, simplemente porque es un hombre y él ha asumido el rol que le confiere su cuerpo, que a través de la subjetividad no-discursiva (García Fanlo) ha inscrito en su corporalidad una forma de ser y de hacer, y esta forma de ser y hacer le confiere el poder de inscribir en los cuerpos femeninos cómo deben de ser y de hacer. Aunque esto no significa que si una mujer lleva a a cabo lo que se le exige interpretar, será capaz de ejercer “libremente” lo que se la ha inscrito desde la subjetividad. De hecho, si ella ejerce o no lo que propone la perspectiva masculina para su cuerpo femenino, no hará diferencia para los que practican el someter a lo Otro, respecto a su privilegio: la mujer no escapa de esta mirada masculina que busca complacerse de lo femenino, si el hombre se ha instaurado como agente del patriarcado.
En el discurso del poder que ejerce el patriarcado el cual vibra sobre los cuerpos masculino y femenino surge la dicotomía del opresor y el oprimido, histórica y culturalmente el privilegio del opresor se colocará en el cuerpo masculino, para el femenino será el papel del oprimido. Los medios para interpretar estos papeles serán discursivos y no-discursivos, no es que existan represiones menos violentas, todas forman parte de la misma. Una mujer no necesita ser golpeada para sentir que el control de su cuerpo no le pertenece. Son estas micro-violencias parte de un sistema totalizador que se adueña de los cuerpos, así como al inicio de la película la presunta juventud perfecta es eclipsada por un drama discreto pero contundente, es necesario apoderarse de los medios para evidenciar los discursos que oprimen.
1Al hacer uso de los términos “femenino” y “masculino”, de igual forma, más adelante en el texto, al mencionar a “los hombres” y “las mujeres” me refiero a lo que en estudios de género se denominan las personas cisgénero, en este caso en particular, también se reconocen como heterosexuales y asumen el rol que cultural y socialmente creen que les corresponde.
2Castañeda, Carlos. “Discurso, cuerpo y poder”. Monroy, Roberto, Talavera, Natalia y Villegas Armando (Coord.), Bonilla, Artigas, México, 2017, p. 357
3De hecho, al usar “puta” peyorativamente, se atenta doblemente contra el cuerpo de las prostitutas. Por cuestiones de espacio no ahondaré en esta idea.
5Obtenido de la red mundial el 1 julio 2020 https://www.segobver.gob.mx/genero/docs/Biblioteca/El_segundo_sexo.pdf p.4
6Obtenido de la red mundial el 1 julio 2020 http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/fanlo74.pdf