Palabras chistosas en chino
Palabras chistosas en chino
Todo sucedió justo hace un año. Los árboles se vestían con flores de colores. Las muchachas salían con chorcitos ceñidos que dejaban ver sus aun (por culpa del invierno) pálidas piernas. Por otro lado, los muchachos como yo usábamos camisas estilo hawaianas.
Los jardineros salían y podaban lo verde frondoso, que para sus dueños sobraba, de los árboles. Las hojas caían a diferentes distancias y parecían regaderas verdes que, como una cortina, separaban el espacio, en aquel momento inundado de viento, que sentía en la nuca como caricia cansada, pero amorosa.
No era oficial, pero el humor de todos se preparaba para recibir la primavera, en especial mi nariz alérgica al polen.
¡Achú! Así estornudo, tal cual la representación onomatopéyica.
¡Achú! Una vez más: La primavera estaba aquí. Y ella, hace un año, en la fila del súper. Comprando snickers y coca-cola. En cambio, el resto de la fila, una de más de diez personas, surtiendo la despensa de sus hogares. Y yo, a una clienta de distancia, llevaba cepillo de dientes y agua oxigenada. Así que no fue difícil verla. Además, era muy blanca, como leche que se desparrama en azulejo negro y se ilumina con la luz del refrigerador, pues que caiga leche en o más allá de la cocina sería de una torpeza total.
-O que tienes gatitos que alimentar y desconoces que la leche común es mala para sus estómagos felinos.
-¿Perdón? – Me preguntó la señora, que en aquel momento se encontraba justo frente a mí, con un carrito lleno de papel higiénico, detergente de cinco kilos para trastes y, al mismo tiempo, para ropa. Entre otras cosas que indicaban que había ido a surtir lo básico para su hogar.
-¿Hizo algo?
-Pero usted…
-¿Yo hice algo?
-No hay cuidado.
-No le dé leche a los gatitos.
-Pero si yo no tengo gatos.
-Si un día tiene, no les dé. No de la leche que es para nosotros porque, en todo caso, también es mala para nosotros. A menos que sea de almendras, pero eso es para gente muy moderna.
-…
La fila siguió avanzando, y yo me percaté de que la chica de leche con luz de refrigerador usaba falda. Una falda larga y holgada con un estampado bonito de colores, y una blusa blanca sin mangas que dejaba ver un hombro izquierdo repleto de lunares cafés como constelaciones de un universo inexistente. A mi parecer, era su forma de recibir la primavera. Suspiré.
-¿Señor?
-Lo mejor sería agua de avena.
-¿Gusta cambiar lugar conmigo? Usted sólo lleva un par de cosas. – Me sugirió la señora que se encontraba un lugar delante de mí.
-Qué amable.
-No hay problema.
Fue un poco incómodo esquivar su carrito repleto de cosas útiles para el hogar, pero no tanto como mirar su cara de alivio.
-Realmente se quería deshacer de ti.
-¿Cómo?
-Yo no puedo dejarte pasar el frente porque también traigo dos cosas.
-Sería obvio.
-¿Qué?
-En ese caso, sería evidente que sólo te querrías deshacer de mí.
-Sí, pero no es mi estilo, vaya.
Me sonrío con su boca grande. Y viéndola tan de frente no me pareció tan blanca, al menos no como leche que se desparrama justo en la abertura de la puerta del refrigerador y se ilumina con su luz. Sólo como leche.
-¡Achú!
-Salud.
-Es la primera vez.
-¿Cómo?
-La primavera.
-Pero aún es febrero.
-¿Qué no usas esa falda para recibir la primavera?
-Hace calor, es cierto. Y así, tampoco uso calzones.
La mujer de atrás, la del carrito de súper con cosas útiles para el hogar, dio un gran resoplido de indignación.
-No veo que el calor sea un gran problema para ti.
-¿Por qué dices eso?
-Eres muy flaca.
-La gente dice delgada.
-La gente dice muchas cosas.
-¿Quieres ir a formarte hasta atrás de la fila más larga?
-Si tienes tiempo para esperar tanto, ¿por qué no después de pagar?
-Porque me están esperando.
-Yo no tengo problema.
Tomó mi mano y me ayudó a esquivar a todas las señoras y señores que se encontraban formados con sus carritos repletos de cosas útiles para el hogar.
Llegamos a la caja número cinco. Una que su fila se confundía con la cuatro y la seis. Era eso o invadir el departamento de aseo personal.
-Vamos por un helado.
-Vamos.
Sonrió y sus dientes junto con sus labios gruesos, pero suaves, presagiaron que otra más de esas sonrisas, y en unos minutos estaría enamorado como un verdadero imbécil.
Y así fue.
-¿Quién te espera?
-Mi novia. – Me lo dijo concentrada en encontrar el departamento donde se encontraban los helados.
-¿Qué hay con ella?
-Es alérgica a los gatos. – Me lo dijo mientras se detenía frente al congelador de helados y paletas.
-De veras odio a esa gente.
Ahora ella suspiró.
-Lo sé. – Pero lo hizo con tristeza.
-Mido uno setanta y ocho. – Le dije para saber cuánto medía ella.
-Setenta.
-¿Tú mides uno setente? No, eres casi de mi estatura.
-No. SETENTA.
-Por eso.
Comenzó a reír sin parar.
-Nunca había escuchado a alguien que le diera tanta risa medir uno setenta.
-No. Yo mido uno setenti y cinco.
-SETENTA.
-¿Te gusta el de chocolate?
-Como a cualquier persona respetable.
Abrió la puerta del refrigerador de helados y paletas. Eligió el helado y lo puso en mis manos. Cerró la puerta. Dio la vuelta y comenzó a avanzar. Me quedé ahí parado mirando su trasero y cómo la falda se ceñía de una forma perfecta alrededor de él. Como si hubiera sido hecha justo para él. Posiblemente la había mandado a hacer. Dos minutos después, estaba de vuelta, con un paquete de cucharas pasteleras. Abrió una y me hizo una señal para destapar el helado. Sumergió la cuchara en él y enseguida la puso sobre mi boca. Probé. Nunca un helado genérico de chocolate había tenido tanto poder sobre mí. Lo probé sin dejar de mirarla. A su vez, ella lo probó sin dejar de mirarme.
-¿Po’ qué hace’la espedar? – Pregunté con la lengua entumida, pues el helado realmente le hacía honor a su nombre.
-Es japonesa.
-Adjá…
-Su padre es yakuza. – Me contaba mientras yo cargaba el helado y ella seguía dándomelo, con la cuchara pastelera, en la boca.
-¿Ajdá?
-La voy a terminar en cuanto salgamos de aquí.
-¿Te prepadas?
-Lo evito.
-¿Te van a matar? – Por fin dije sin sonar como imbécil.
-No. Peor...
-¿Haiku?
-¿Cómo?
-Cuando te matas por honor.
-Harakiri.
-Por eso, seppuku.
-Ya no podré entrar a Japón. Nunca.
-Porque su papá es samurái.
-La conocí mientras intentaba aprender japonés y ella español.
-Fue inevitable.
-No. Tampoco era yo la única que intentaba aprender japonés. Y viceversa.
-Entonces sólo fue.
-Así es.
-Y ahora ya no podrás entrar a Hong-Kong.
-Y por eso ahora comemos helado. Y la fila ya volvió a ser fila.
-Y tu coca-cola se enfría.
-Se calienta.
-Se va a poner tibia.
-Hay que formarnos. Lo que sigue sí será inevitable.
-Como Edipo.
-Ya sé que quisiste decir tragedia. Pero tus pensamientos están en un mundo paralelo. – Me lo dijo mientras ponía su dedo índice derecho sobre mi frente, como culpándome por ello.
-También inevitable es la primavera.
-Y por eso uso faldas amplias.
Nos sonreímos mutuamente y permanecimos en silencio a mitad de una fila que esta vez avanzaba con rapidez. El helado quedó a la mitad, sujetado por la mano que había abandonado hace bastantes minutos el cepillo de dientes. Ella abrió su snickers y comenzó a comerlo.
-¿Por qué el agua oxigenada?
-Es lo correcto. – Mientras tanto abrió la coca-cola, dio un gran trago, y en su boca había aún un cacho de snickers que esperaba ser masticado.
-Usualmente lo vacío en un vaso y sumerjo la barra dentro.
-Para limpiar los oídos. Es lo correcto. Eso leí.
-¿Encontró todo lo que buscaba?
Ella respondió con una sonrisa, puso sus artículos comenzados sobre la cinta que los hizo avanzar hacia la cajera. Yo volteé y le dije al hombre que llevaba un carrito repleto de papas y cervezas -cosas no útiles para el hogar- pero sí bastante ganadoras para un hombre barbón con camiseta de los pumas.
-Olvidé el cepillo de dientes.
-¿Perdón? – Me preguntó confundido. Yo sólo quería pedirle uno de los cepillos de dientes, que se encontraban colgando a su lado, pero al parecer no entendió.
-¿Encontró todo lo que buscaba? – Preguntó la cajera. La chica de leche junto con su holgada falda avanzaba hacia la salida. Yo sólo podía ver cómo su cabello largo y negro rebotaba sobre su blusa blanca sin mangas. Ella también parecía partir el espacio como regadera verde. Mientras tanto, del otro lado (ése donde le ponen los artículos a los muchachos que empacan) se encontraba el helado apenas comenzado. Sin decir nada le entregué mi agua oxigenada.
-¿Quiere que le envuelva su agua, señor? – Preguntó el joven. Otra vez no respondí, y sólo le di lo que mi cepillo de dientes debía haber costado. Él, automáticamente guardó el helado y el agua, cada una en una bolsa diferente. Partí al estacionamiento.
Al llegar a mi peugeot, mientras abría la cajuela pensando si meter ahí o no el helado genérico, escuché a lo lejos dos mujeres que discutían, y una le gritaba a la otra palabras chistosas en chino.
















