Mi primer cuento
siempre será
el primer hijo
que todavía
no doy a luz.
Con el último suspiro se va la última lágrima, pobre Susana ya no sabe a
quién llorarle en la madrugada. Antes de recostarse en la cama se apoya
en la pared más fría de su dormitorio, el contacto con la cal la despierta y la
salva de sus perversos pensamientos. En la oscuridad de su habitación se
convierte en un elemento, en un accesorio, en un adorno ya no es la
protagonista de alguien, ya no es el personaje favorito de sus amigos y ya
no es parte de un cuento.
Tic tac, tic tac, el sonido del reloj evoca al hombre de sus utopías, las tres
de la madrugada es la mejor hora para recordarlo, ella se aleja de la pared
para hundirse en un sueño. En la primavera de mil novecientos ochenta y
seis delante de un libro de Bolaño Susana vio a Mateo, con ojos de quien
mira a un niño recién nacido, con la sonrisa de recibir el mejor regalo de
cumpleaños. Estaban en un tren con destino a Huancayo, él se encontraba
sentado al costado del pasadizo, en el asiento número 22F, vestía como
quien se alista para ir a una reunión de trabajo no para disfrutar del campo,
en cambio Susana vestía uno de sus vestidos preferidos, uno que le regaló
su abuela y solía ponérselo no en ocasiones especiales, sino cuando quería
que le pasen cosas mágicas.
Ella estaba sentada al lado de la ventana, siempre elige los números pares,
pero esta vez un número impar ocupaba la mejor vista del tren, el asiento
número 25F le regaló los paisajes más hermosos de la sierra peruana, el
aire más fresco de una noche primaveral y además el inicio del idilio más
intenso que haya tenido. Susana contó las veces en que Mateo alzó la
mirada, la primera para pedir una taza de café, la segunda para encender
un cigarrillo y la última para ver el cielo serrano, ella empezó a odiar a
Bolaño por robarse toda la atención de aquel hombre que por ironías de la
vida ya lo creía suyo. Después de la cena dejando atrás la estación de San
Bartolomé, Mateo dormía abrazado a su libro como un niño que no duerme
sin su chupón y Susana sacó su libreta y empezó a escribir lo que sería la
lista más larga de poemas dedicados a él, miró su reloj y eran las tres de la
madrugada, la hora perfecta para darse cuenta que se había enamorado.
Las primeras luces de la mañana la sorprendieron mientras escribía el
cuarto poema sobre Mateo, una hoja entera que hablaba sobre sus manos,
sobre la sensación de placer y locura que se muere por sentir cuando los
dedos de aquel hombre meditabundo toquen su cuerpo. Susana cogió su
mano y lo despertó, Mateo abrió los ojos sin entender lo que pasaba,
reconociendo el lugar y preguntándose quién era esa mujer de la sonrisa
tímida y de los ojos brillosos, ninguno de los dos habló durante todo el
viaje y él nunca la miró con tanta intensidad como lo hizo aquella mañana.
Pasaron horas mirándose, indagándose, oliéndose, tocándose como dos
seres de planetas extraños, parecidos por fuera pero vírgenes por dentro,
no pronunciaron palabra alguna aquellos románticos.
La Luna fue testigo de las últimas horas de amor, de las últimas miradas
que ambos se daban bajo la protección de su luz, de las risas cómplices
que se escapaban sin sentido y del silencio, el principal partícipe de ese
idilio. Miraron el reloj y eran las tres de la madrugada, sabían que en un
horas el destino de cada uno tomaría una Sierra diferente, la de Susana
sería escribir los versos más hermosos a orillas del valle del Mantaro y la de
Mateo sería recorrer desde El Tambo hasta Pilcomayo llevando cartas
escritas por su padre en busca de su amada, ambos cumplían una función
en esta vida, ella le escribía al amor y él lo buscaba.
Tic tac, tic tac, Susana se levantó asustada, eran las seis de la mañana y
se había quedado dormida acostada en el suelo frío de su habitación, una
huella fresca de humedad en el piso era la prueba irrefutable que lloró
mientras soñaba, pobre Susana, ahora que ya no sabe a quién llorarle en la
madrugada solo consigue llorar en sueños.