Vivo en un pueblo pequeño de Misiones. Si bien me crie en la ciudad, cuando pude, me busqué un lugar en las afueras. Me encanta estar cerca de la naturaleza. Me nutre estar rodeado de árboles y plantas y de su fauna. Construí un jardín que me rodea, con flores que deleitan mi visión y mi olfato. Y también construí una fuente y un estanque donde tengo peces de colores. Diría que mi vida cotidiana es casi como vivir en un cuento de Disney. No tengo lujos, pero tengo tranquilidad. Mis hijos ya han construidos sus vidas y se marcharon a buscar sus destinos. Y aunque la tecnología no me atrae, disfruto de poder llevarlos conmigo en el bolsillo, por si necesito saber de ellos o viceversa. Como hace poco me jubilé, estoy aprendiendo a tener más tiempo para mi. Tiempo para aprender música o para leer un buen libro de historia local que me fascina. Me intriga saber sobre los que vivieron antes aquí, donde ahora me toca vivir a mi. Y doy gracias por tener salud para disfrutar de mi palacio natural. Pero aún así, necesito rutinariamente ir a caminar al monte. Buscar los lugares donde los caminos se vuelven angostos. Allí donde los sonidos humanos se difunden y se pierden entre los sonidos de natura. Tomar una picada hacia el cerro, entre galerías de árboles y arbustos, y subir. Subir buscando el cielo, como practicando para cuando a mi espíritu al fin le toque. En el camino, las aves me ven pasar y un chimango curioso se me acerca. Ya casi es un ritual. Me gusta pensar que ya me conoce y amigablemente me viene a saludar. Y así sigo subiendo el cerro hasta llegar a la cima. Desde allí puedo ver la copa de los árboles que cubren los valles y los cerros aledaños con un variado espectro de verdes. Y allá en el horizonte, los verdes contrastan con el azul del cielo, y aún a veces, con los rosados del crepúsculo. Es allí, en la cima del cerro, donde encuentro la paz verdadera. Una paz que me inunda, me invade, y me calma. Y al cerrar los ojos en éxtasis, como un chimango, me siento volar.