Ella estaba acorralada por él, el deseo y la lujuria eran sus únicos testigos. Sus ojos eran los de un depredador, y ella quería ser devorada, derretida, hechizada por sus manos. Con cada caricia, ella temblaba… y suspiraba un “joder” mientras él le rozaba la espalda y le apretaba el culo.
Besándole el cuello, sus dedos hambrientos recorrían su cuerpo con ferocidad, sin dejar ni una sola parte sin tocar. Con suavidad, le bajó el escote y le lamió los pechos con la lengua. El dolor agudo de sus dientes la encendía.
Su respiración se hacía más pesada y un escalofrío le recorría la columna. Todo eso, junto a la forma en que él la miraba, la hacía desmoronarse.
Se quitó las bragas rojas por debajo del vestido negro. Su coño necesitaba sentirlo.
Él la miró directo a los ojos mientras deslizaba un dedo dentro de ella, provocándola. Cada embestida la consumía.
—¿Te gusta, mi putita? ¿Eso era lo que querías? —le dijo.
Ella gemía ahora, sintiendo cómo su dedo se empapaba con sus gotas. Un dedo se convirtió en dos, y para ese punto ya estaba temblando.
Su coño rogaba que no terminara nunca. Y la gota se volvió un arroyo que corría por sus muslos. Su cuerpo convulsionó, perdido en esa oscuridad, ese deseo... en él.
—Este es tu sabor —dijo él con voz baja y autoritaria.
Ella saboreó sus dedos, hipnotizada por el desastre en que él la había convertido.












