No puedo llegar a comprender, si comienzas a olvidar, cuando te has perdonado, o quizás es con el olvido, cuando realmente te concedes el perdón. Sé, que me he perdonado mis errores, he comprendido, que nada de lo que me cuenten del pasado, causa efecto en mi, quizás un efímero y fugaz sentimiento de impotencia, por haber sido una auténtica imbécil en el pasado, pero nada que ya pueda causar acción y reacción en mi alma maltrecha.
Quizás, sea el momento de concederme la oportunidad de vivir otra vez, de vivir por y para mi, de entenderme a mi misma, aún arriesgo de volverme loca en el intento. Quizás es el momento de un fin, de un final, de un punto y aparte, o un punto y seguido, sin muchas florituras. Existen momentos, historias o personas que nos marcarán de por vida, pero las heridas del corazón, al igual que las heridas de la piel, terminan por cicatrizar, e incluso algunas de ellas acaban desapareciendo, y se convierten en un vago recuerdo, con el que te tienes que esforzar, para poder extraerlo del último rincón de tu memoria, cuando el día que te concediste ese perdón, decidiste colocarlo, guardado bajo cién candados. No existe un manual que nos explique como sobrevivir cada día, ni como se deben afrontar los fracasos o los triunfos, no existe la fórmula de la felicidad, ni las claves para evitar la depresión, la melancolía y la sin razón. Simplemente nos suicidamos en cada despertar, con cada alarma que silenciamos y nos hace abandonar nuestros sueños, y si al final del día, si conseguimos seguir vivos, y no hemos perdido toda nuestra sangre a través de los cortes de las muñecas, volvemos a la vida en el minuto cero de nuestro sueño certero.