Ser mujer es aprender a vivir con el miedo escondido en los bolsillos. Es caminar por la calle con los latidos acelerados cada vez que alguien se acerca demasiado. Es fingir que no escuchaste ese comentario incómodo porque responder podría ser peligroso. Es disculparte por rechazar una invitación que no te hizo sentir segura.
Ser mujer es aprender a moverte con cuidado en un mundo que parece no saber protegerte. Pero también es encontrar refugio en otras mujeres, en esas que te toman del brazo cuando notas que alguien te sigue, en esas que te preguntan “¿todo bien?” cuando ven tu incomodidad, en esas que te acompañan hasta la puerta de tu casa para asegurarse de que llegaste bien. Porque en un mundo que tantas veces ha intentado hacernos sentir pequeñas, hemos aprendido a cuidarnos unas a otras.
Ser mujer también es llevar en el corazón los nombres de aquellas que ya no están. A las que se fueron demasiado pronto, a las que no pudieron regresar a casa, a las que lucharon por un mundo mejor y les arrebataron la oportunidad de verlo. Cada una de ellas dejó huellas que hoy seguimos, cicatrices que llevamos en el alma y que nos recuerdan que no podemos rendirnos.
Por cada historia que quedó inconclusa, por cada sueño que no se cumplió, por cada vida que fue silenciada… seguimos luchando. Porque cuando decimos 'ni una menos', estamos gritando por todas ellas. Y mientras sigamos recordándolas, su luz nunca se apagará.
Por ellas seguimos de pie. Por ellas no bajaremos la cabeza. Por ellas hoy gritamos más fuerte que nunca.
















