Mírame y no apartes los ojos mientras mi lengua dibuja el contorno de tu cuerpo antes de que exista el roce. Deja que la tensión sea un gemido que aún no sale porque quiero oírlo nacer desde el fondo de tu garganta cuando ya no puedas contenerlo.
Ven a ese punto exacto donde tu mano baja sola
y yo finjo que no miro cómo te tocas pensando en mí, cómo empapas la tela nomás con mi nombre susurrado entre dientes. Quiero verte perder la vergüenza cuando tu cadera busque mi cadera
aunque no nos toquemos todavía, quiero que gimas cuando al fin mi boca baje y ya nadie se acuerde de lo que significa ser lento. Porque hay incendios que sólo empiezan cuando la lengua dice ahí, más adentro y el mundo se reduce a tu espalda arqueada, a mi nombre roto contra tu vientre, y a este instante donde ya no queda nada
que pueda llamarse casi.












