essistered
adj. having sexual intercourse.
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@aurapenelope
essistered
adj. having sexual intercourse.
tericarre
n. [mass noun] a disease caused by a strong feeling of cool and impatient strength and strength of temperature.
mid 19th century: from French téricare, from Latin tericare ‘to swallow’.
Gnossienne
f. Momentánea conciencia de que alguien que conoces hace años, todavía tiene una vida interior, privada y misteriosa; y en algún lugar en los pasillos de su personalidad, se encuentra una puerta cerrada desde adentro, escondiendo una escalera que lleva a un ala de la casa que nunca has terminado de explorar —un ático sin terminar que permanecerá perturbadoramente inasequible, porque al final de cuentas, ninguno de los dos tiene un mapa, una llave maestra, o cualquier otra forma de saber exactamente dónde está parado.
19S: Tu casa es una nube de polvo
J. y yo somos freelancers, por lo general trabajamos en casa, cada quien en su estudio, con nuestras dos perras haciendo rondines entre la sala, la recámara y los estudios. J. recuerda bien el sismo de 1985, y es algo que, de cierto modo, nunca superó. Vivimos en la colonia Roma. Hace 32 años, él estaba en el mismo departamento donde ahora vivimos los dos. Cada vez que pasa un camión pesado por avenida Medellín, se levanta de un salto y corre a mi estudio a preguntarme si está temblando. No, sólo se está cimbrando, le digo yo la mayoría de las veces. Y yo, que no recuerdo el 85 porque era demasiado pequeña, no tenía registrado ese tipo de terror. Recuerdo temblores que me tocaron hace bastantes años, uno oscilatorio cuando estaba en secundaria, otro trepidatorio en Guerrero años después, pero ninguno, ninguno como este.
Soy de las personas que tratan de conservar la calma en situaciones de desastre. Soy de las personas que tranquilizan a quienes pierden los nervios. Soy de las personas que piensan que, al final, vamos a estar bien.
El 7 de septiembre sentí terror por primera vez. El cerebro no alcanza a comprender inmediatamente lo que ocurre en ese momento, lo único que quieres es correr. La alarma sísmica sonó con tiempo suficiente para ponerle la correa a las perras y bajar corriendo. Porque lo primero en lo que pensamos es en ellas, en las perras. Estábamos en la calle cuando vimos las famosas luces azules, después supimos que era la energía de las placas tectónicas al impactar entre sí. Voy a hacer la maleta de temblores, lo prometo, le dije a J. No la hice, por el trabajo, por olvido o por cualquier otra cosa. Después de todo, pensé, septiembre es un mes fatídico para nosotros, cualquier mexicano lo sabe, aquel temblor de la secundaria también fue en septiembre, y con el del 7, este año, ya teníamos cubierta la cuota. ¿Cuáles eran las probabilidades de que tuviéramos otro sismo importante en el mismo mes? Luego hago la maleta. Lo más seguro es que no la necesitemos pronto.
El martes 19, J. me recordó en la mañana que habría un simulacro. Ah, lo hacen cada 19 de septiembre, ¿no? La alarma sísmica sonó, pero se oía lejos de nuestro departamento. En el momento no recordé que era un simulacro, entonces fui yo quien saltó y corrió a su estudio para preguntarle si estaba temblando. Me miró con los ojos que pone cuando cree que no lo escucho. Ah, el simulacro, le dije. ¿Tenemos que bajar?, le pregunté. No creo. No, más bien no.
Y dos horas después, ya todos sabemos qué pasó.
Quienes vivimos cerca de avenidas grandes como Medellín, estamos habituados a pensar, quizá como defensa, que un ligero temblor no es más que el camión que pasa. Eso pensé al principio. Pero ya duraba demasiado para ser sólo eso, así que me levanté, otra vez, y le grité a J. que, ahora sí, estaba temblando. Dijeron que la alarma sonó durante el sismo, pero nosotros no la escuchamos. Así que hicimos lo de siempre, agarramos a las perras y bajamos las escaleras. Pero bajar las escaleras era como estar caminando sobre un columpio, no sabíamos si se iban a caer o si debíamos intentar bajar. Las perras se adelantaron y al final alcanzamos la planta baja. Escuchamos los gritos de la vecina del primer piso, y lo que gritaba era: ¡Jack! ¡Jack!, el nombre de su perro. Nuestro edificio tiene tres puertas: una reja de metal, una puerta de vidrio a la que hay que darle doble vuelta, y la de la cochera. J. llevaba las llaves, yo olvidé agarrar las mías, pero no logró dar las dos vueltas a la puerta, así que golpeó el cristal con los pies enfundados en sus crocs. El vidrio se rompió pero era obvio que no podíamos salir por ahí. Era obvio pero lo obvio no es lo primero en lo que uno piensa. Pudo haberse rebanado el pie pero no le pasó nada. Nos refugiamos en la cochera. No sabíamos qué más hacer. Nos pegamos al coche del vecino, nos abrazamos, J. abrazó a la border collie con una mano y con la otra se agarró a mis piernas. Yo estaba temblando, apenas podía mantenerme de pie; con una mano lo abrazaba a él y con la otra sostenía a Alubia, la perra mestiza amarilla.
Llegó la vecina con su perro en brazos. Esperamos a que terminara el sismo y ella abrió la puerta de la cochera. Sólo entonces pudimos salir a la calle.
Esta vez no vimos luces en el cielo, esta vez escuchamos los derrumbes a unas cuadras de nosotros, el estruendo de las edificaciones, una explosión tres calles adelante. Las nubes de polvo pasando el viaducto. El sonido es lo que nunca olvidaremos, la sorda vibración del concreto derrumbándose, de las vidas de la gente golpeando el pavimento.
Nuestro edificio, igual que en 1985, aguantó con unos cuantos rasguños. Desgraciadamente, hubo muchos otros que no. Mi madre y mi hermana viven en la Condesa. Traté de comunicarme con ellas pero no había señal. En una hora recibí un mensaje cuando el servicio tuvo un minuto de recepción. Estaban bien, la casa estaba bien, pero la colonia estaba hecha mierda. J. fue a Viaducto y Torreón a levantar escombros, yo fui a revisar los edificios de la zona y avisarle a gente de Twitter si había daños y dónde. También a ver si encontraba algún perro perdido, encontré uno. Entre los vecinos lo entregamos a la dueña, que había estado preguntando con toda la gente que andaba por ahí.
Cuando mi madre me contaba del 85, siempre hacía hincapié, como todos, en la solidaridad de la sociedad civil mexicana, en cómo estuvieron trabajando sin descanso, día y noche, durante semanas, para sacar a gente con vida, o sólo gente, animales. El sismo de 1985 es para México un referente generacional. Nunca me he sentido particularmente orgullosa de ser mexicana porque me parece como alardear de que tengo el pelo rizado o de que mis ojos son grandes. Sólo estos días, la reacción de los mexicanos me ha hecho sentir que esta gente es especial, y que, en medio de la desgracia, soy inmerecidamente afortunada de atestiguar y participar en una sociedad que lucha por todos los medios, con palas y cubetas, con lámparas y martillos, con topos y perros, con ropa, botas, cobijas, dinero, sándwiches, agua, latas de atún, de frijoles, paquetes de lentejas, de arroz, con vallas humanas y hashtags, albergues y lonas, con camiones, coches, bicicletas y motocicletas, contra la muerte, por encontrar a alguien con vida.
Mi hermana, diez años menor que yo, y que pertenece a la tan vapuleada generación millennial, de quien se dijo que no tenía un objetivo específico en la vida o que muchos llamaron la generación perdida, estaba a la mitad de una endodoncia cuando la sorprendió el sismo. Se salió con la muela pelada y así, con dolor y todo, se puso a juntar víveres para Morelos, a ordenarlos, se fue a Tlalpan a sacar escombros y a reunir alimentos y agua en el Parque España, a buscar y cuidar perros heridos o extraviados (ella estudió veterinaria y es, de hecho, cuidadora de perros).
Y las dos sentimos que nuestras vidas son poco útiles. Yo, porque dejé la carrera de arquitectura para cambiarme a letras, algo que de muy poco sirve para ayudar a alguien a lo que sea; si hubiera terminado, al menos podría dictaminar edificios. Y ella lamenta haber abandonar veterinaria por idiomas. Tengo dos perras y ninguna puede rescatar a nadie porque no las entrenamos para nada. ¿Cómo podemos dormir tranquilas sabiendo que hay gente que perdió su hogar en menos de un minuto?
Se hizo mucho énfasis, durante los primeros días, en la colaboración entre civiles y ejército. J. me contó que, mientras recogían escombros en Viaducto, no hubo una verdadera organización hasta que llegaron los militares y, con la voz firme y segura de quien está acostumbrado a emitir y a seguir órdenes, les dijeron dónde colocarse y qué hacer para poder agilizar el trabajo. En estos momentos, creo, lo que menos importa es quién lleve la ayuda a quienes resultaron afectados, a quienes perdieron su casa, a su familia: lo único que importa es que llegue, pero que llegue a tiempo, y esto es vital. Tampoco importa que quien salve una vida sea un militar, un policía, un brigadista, un rescatista o un perro. El problema, claramente, es cuando la ayuda no es un objetivo, sino un medio para ganar poder, votos, credibilidad, rating o cualquier otra cosa que no sea una vida. Esa es, en pocas palabras, la diferencia entre los esfuerzos de la sociedad civil y el lamentable trabajo del gobierno, la televisora que todos ustedes saben, y de los partidos políticos, que sólo actúan bajo la presión mediática para hacer lo que, de oficio, tendrían que hacer sin que el ciudadano se los demandara. Y tardaron, los partidos, tardaron dos o tres días en decir que nos harían el favor de ayudar con un poco del dinerito que les damos con nuestros impuestos. Luego está lo que hizo el gobierno de Michoacán, lo que hizo el de Morelos, lo que han estado haciendo los saqueadores, los delincuentes inmobiliarios que engordan sus cuentas bancarias a costa de la vida de la gente, las condiciones de construcción de la escuela Rébsamen, las irregularidades del rescate en la fábrica de textiles de Chimalpopoca y las condiciones de trabajo de las empleadas, están los militares con armas, el enaltecimiento innecesario del ejército mediante el himno nacional tras un rescate, en fin.
Existe una fractura incurable entre la sociedad civil y las instituciones. En esta fecha aciaga, sabemos cuáles son nuestras prioridades y las prioridades de los que dicen que son nuestros servidores públicos. Las dos Fridas que aparecieron en días pasados representan a estos dos sectores: la Frida Sofía que es un personaje de telenovela apoyado por quienes aprovechan y exprimen el desastre, y la Frida de cuatro patas que, aunque es una perra del equipo de la Marina, encarna las esperanzas y el trabajo de los civiles, la hemos convertido en nuestro símbolo.
No volveremos a pasar por alto un 19 de septiembre en lo que nos resta de vida. Y tendremos que recordar, cada día, desde ahora, el poder que tenemos (y que creo, sospechábamos que teníamos desde antes) como ciudadanos y como seres humanos para generar un cambio, para reconstruir un país tan herido por quienes se supone que deben cuidarlo. Si el 19S no nos ha hecho aunque sea un poco menos egoístas, no sé qué lo hará.
Walter Weger
Fotografía:Duane Michals, Chance Meeting (1970).
*Del libro Panteón Familiar (La Pereza Ediciones, 2016)
Linz, 1870–Bogatynia, 1939(?). Los Wegstein se pelearon por un muro de piedra colocado unos metros más allá de lo acordado. Después de un puñetazo en la mesa y una botella de aguardiente estrellada en el mismo muro, decidieron que a partir de ese día ya no eran familia. El agraviado, propenso al ofuscamiento, al patrioterismo y a la magia, dejó para el otro las piedras del apellido, Stein, y se llevó la parte del camino, Weg. Walter Wegstein, ahora Weger, autor del puñetazo, tomó a su mujer y a su hijo de un año, y se alejó por el sendero a lomo de caballo. Detrás de él, Walter escuchó la maldición proferida por su antes hermano, que le gritaba: ¡Pues será el camino tu pena y la de toda tu descendencia!, a lo que Walter respondió con una carcajada, gesto que disimulaba su recelo por el peso de una condena como aquella. Nadie puede volver atrás después de una maldición, pensó, así que besó a su primogénito, tragó saliva y se marchó hacia el sur. Así se separó para siempre la familia.
Walter cumplía entonces veintitrés años y empezaba su carrera en el arte de la desaparición, que con el tiempo fue perfeccionando hasta convertirse en maestro del abandono y la tabula rasa.
Después, cuando tenía treintaiún años, tres hijos, una nueva mujer, y había deambulado por varias ciudades hasta establecerse en Zagreb, tuvo que marcharse nuevamente con toda su parentela por haber matado a golpes a un agitador que negaba reiteradamente la grandeza del imperio y de Francisco José, y que además, arengaba a los habituales de su taberna a recuperar por las armas el esplendor del antiguo reino de Eslavonia. Tras ver su reflejo en los ojos muertos del otro, Weger besó el suelo y se marchó a Praga, donde se convirtió en traficante de baratijas rusas, turcas, libros prohibidos y grimorios apócrifos.
En 1914, con cinco hijos ya y la policía pisándole los talones, Weger encontró la manera perfecta de demostrar su valía y fue a enlistarse en el ejército, donde lo destinaron al 34º regimiento de infantería del orgulloso Landwehr imperial. A los cuarenta y cinco años, unos cuantos meses en el frente y algunas hazañas difícilmente honorables le habían enseñado tres lecciones básicas de supervivencia. La primera, que para conservar la vida primero había que desaparecer por completo; la segunda, que la trinchera era lo que más se parecía a un hogar, y al mismo tiempo, a una tumba; por último, que lo más necesario en días de guerra eran cigarros y un mazo de cartas para hacer trucos de prestidigitación. También se dio cuenta de que había hombres con un destino y que el resto, los que no tenían destino, debían seguir a los primeros para conseguir un pedazo de historia, porque uno puede ser muy valiente y todo eso, pero al final la gloria escoge a sus propios héroes, nunca al contrario. Hay gente que nace para héroe. Hay quienes nacen para mover los hilos, muchos que destruyen lo que otros construyeron y hay otros, la gran mayoría, que sólo nacen para dejar un nombre inscrito en una lápida y un apellido en su descendencia. A Walter Weger le aterraba ser un hombre sin destino. Una bala en el muslo lo dejó inútil para los escarceos bélicos, y él supo que su nombre jamás sería motivo de conmemoración nacional, que no sería recordado por su presencia entre hombres sin duda más audaces y más inteligentes que él.
Con la pierna maltrecha y la irreductible certeza de su verdadera misión en el mundo, Weger, a quien ninguno de sus hijos escribía, desertó y se ocultó en el bosque a esperar el fin de la guerra. Entre las ramas de la espesa vegetación y las flores escarchadas del invierno quedaron colgando su orgullo nacional y sus amores y odios no correspondidos, de los cuales ya no recordaba la razón. Para engañar el hambre, ejecutaba solitarios trucos con cartas, practicaba ventriloquia, camuflaje y escapismo forestal, mientras su mente se hundía casi imperceptiblemente en la melancolía y la confusión.
En algún momento, ya en la posguerra, Weger salió del bosque y dedicó todas sus fuerzas a perfeccionar los trucos que había practicado durante su estancia entre la maleza. Poco a poco fue conocido en la ciudad de Bogatynia, donde se había establecido. Se anunciaba como el hombre telúrico, concebido entre las raíces de un mundo en guerra y arrojado a la vida para mostrar el arte del ilusionismo y la verdadera magia. Gozó de fama durante unos buenos años, en los que sus admiradores le eran fieles y lo acompañaban a todos los lugares donde se presentaba. Su nombre figuraba en los carteles como El Invencible Weger, el hombre que desaparece.
Con el tiempo, sus dos ex mujeres y sus cinco hijos venían a él como el recuerdo de la vida de otro, a veces en sueños, a veces en el rostro de otras personas, pero todas las visiones se apagaban bajo la luz de una obsesión que ocupaba su mente desde la herida en la pierna: cómo lograr desaparecer por completo. Y entonces, en 1925, a los cincuenta y cinco años, su carrera se desplomó cuando prometió desaparecer y un saboteador lo descubrió oculto bajo la tarima. Weger enmudeció y no volvió a subir a un escenario.
Weger se quedó solo y vivió de remendar ropa y zapatos. También volvió a recordar a sus hijos, a sus mujeres y, sobre todo, a los Wegstein. No se sentía vencido. Creía, más bien, que en la vida de los hombres, incluso de los que no alcanzan la gloria, hay un momento de luz, un instante que define su verdadero nombre, y en el que desembocan todos los caminos. Weger quería esperar hasta el último momento, estirar el tiempo hasta que sus fracasos se fueran diluyendo entre las ocurrencias cotidianas y la gente, en lugar de decir “Mira, ahí va el pobre idiota de Weger”, dijera “Ese Weger está un poco zafado pero es un buen hombre”. Nunca supo lo que en verdad se decía de él en la ciudad.
Un día, a los sesenta y nueve años, Weger se despertó por el ruido de los aviones que sobrevolaban el cielo. Después leyó en los periódicos que Polonia había sido invadida, la guerra llegaba nuevamente. A mediados de septiembre de ese año, Weger anunció que haría un truco antes de que la ciudad quedara desierta y sus calles empezaran a oler a polvo de edificios y carne calcinada. El público, atraído por el morbo de ver al viejo remendón haciendo el ridículo, fue a su casa. Weger los invitó a recorrer cada rincón para que comprobaran que no había dónde esconderse. Primero realizó una decena de viejos trucos. Después proclamó su desaparición. Weger se introdujo en una caja de madera a manera de ataúd y dio tres toques en la tapa. El público se hundió en un largo silencio sin saber qué hacer o durante cuánto tiempo más esperar. Pasaron cinco minutos y, al ver que no pasaba nada, alguien se acercó al ataúd y lo abrió. El interior estaba vacío. Los invitados registraron cada rincón de la casa y las cercanías, pero Weger no apareció.
Su nombre empezó a pronunciarse en un susurro de admiración lúgubre.
Sin embargo, los restos de Weger fueron encontrados en una fosa común en el mismo bosque donde había estado oculto al huir de la guerra, entre otros ciento veinte cadáveres, durante el deshielo soviético. En un bolsillo oculto de su saco había una identificación con el nombre de Walter Wegstein.
Opia
f. la ambigua intensidad de mirar a alguien a los ojos, lo que puede ser simultáneamente percibido como invasivo y vulnerable —sus pupilas resplandecientes, sin fondo y opacas— como si estuviera espiando a través de un agujero en la puerta de alguna casa, pudiendo afirmar que ahí hay alguien de pie, pero no pudiendo discernir si es usted quien está mirando hacia adentro u observando hacia afuera.
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Names of Demons from Collin de Plancy’s ‘’Dictionnaire Infernal’’, 1818.
atelophobia (n.)
the fear of imperfection.
the fear of not being good enough.
Mnemotecnia
El personaje de esta historia poseía un talento poco común que, por lo demás, salvo cuando se lo proponía, no era la cosa más útil: hablar con las sombras. Lo descubrió una vez, de pequeño, oculto entre los libros del padre, cuando leyó al azar una línea en un tomo empastado en cuero: Mi nombre es Nadie. A partir de entonces, cada vez que abría un libro, se presentaba con variaciones de la misma oración: Mi nombre es Cuervo, Mi nombre es Ceniza, Mi nombre es Poeta Menor. Hay que decir que en el mundo de los hombres de carne nadie se ha acercado todavía a preguntarle: Oiga, ¿y usted cómo se llama? ¿Le apetece ir a tomar un café?
Nuestro señor es un hombre de costumbres. No por obsesivo, sino porque intenta confiar en el poder que ejerce la repetición sobre la memoria. Toma su café de la tardes desde hace años en el mismo lugar, compra sus camisas a rayas en la misma tienda, cena los sábados con su esposa en el mismo restaurante y pide los mismos platos esperando que los meseros se presenten con una sonrisa y la frase: “¿Lo mismo de siempre, señor?”; pasa Navidad con su hijo en una casa de campo y en Año Nuevo pide siempre el mismo deseo. También aborda la ruta que va de Chapultepec a Miguel Ángel de Quevedo todos los días a las ocho de la mañana y conoce a cada uno de los empleados que trabajan en aquel paradero. Sin embargo, al abordar el camión, por ejemplo, el operador pasa su mirada a través de él sin pedirle el pasaje, y cuando él lo llama para exigirle que le cobre, el hombre lo mira de arriba abajo antes de extender la mano con una risa sarcástica. La escena se repite en todos los lugares que frecuenta, y los empleados siempre se excusan de la misma forma ensayada.
Este hombre conversa con sus visiones como si estuvieran presentes y a la vista de todos, o mejor dicho, como si él mismo adelgazara hasta colarse por una grieta en la dimensión paralela de los hombres sin rostro. Una vez, después de un viaje a Londres, discutió durante semanas con Bartleby porque se negaba a responder las preguntas más sencillas, como un retrasado mental que sólo sabe una muletilla. Si alguna vez su mujer lo sorprendía en mitad de una de estas charlas, él ni siquiera la miraba, porque en ese momento era él quien no estaba ahí, y lo que ella veía no era más que una grieta que creía que era su marido.
—La gente como nosotros —dijo una vez nuestro señor a Wakefield mientras golpeteaba con ansiedad la mesa del Café Central—, sólo puede presentarse en la vida como daño colateral. Somos la rebaba del mundo. A mi modo de ver, querido amigo, nuestra única victoria consiste en una de estas dos opciones —Wakefield apuró un sorbo hirviente mientras se mesaba la espesa barba que no se había rasurado en varios meses, y escuchó con atención—: matar o hacernos matar.
El hombre de quien hablamos casi nunca mira de frente, odia los rostros hermosos, los lunares que cautivan, las cicatrices, los ojos color gris nublado, las voces armoniosas, la simetría de los cuerpos, la muda aceptación con la que uno ejecuta las convenciones sociales más absurdas, las pequeñas mentiras cotidianas que dice la gente para evitar los sobresaltos; esa desgraciada belleza y la irrepetible fealdad de los extraños que el recuerdo captura durante unos segundos para después quedarse con el sedimento.
Y así, casi sin querer, la mirada de este personaje se detiene una tarde en un rostro perfectamente apagado, como una taza de café diluida en medio litro de agua: una mujer silenciosa en quien nadie ha posado la vista, una mujer como él, sin luz ni sombra. Él se dedica a observarla. Después de media hora ella mira el reloj, toma su bolso y se levanta. Él la sigue hasta una pequeña pensión en Bucareli donde recoge su maleta y después se dirige a la central de Observatorio, donde aborda un autobús con destino a Toluca.
La escena se repite el siguiente martes y el siguiente y todos. El hombre la observa beberse el café y la acompaña en silencio hasta la puerta de la pensión y luego hasta la estación. Piensa en la mujer el resto de la semana y le inventa una vida, mientras Wakefield, Goriot, Oneguin y Fausto palidecen entre el polvo de los libreros.
Durante algunos años, la vida del hombre se limita a las últimas horas de los martes, cuando acompaña calladamente a beber café a Silvia, la mujer sinónimo, cuyo rostro no recuerda más que esos martes por la tarde, cuando el hueco en su mente embonaba con la presencia deslavada de ella. Con el tiempo, Silvia y el hombre de esta historia ya conocen todo de la vida del otro. Silvia se queda viuda y él sin hijo. La llegada del martes supone para este hombre el cumplimiento de una cita inevitable, el sentido de los días. Entre los muros de su casa ya sólo resuenan los pasos leves de su esposa, pero él sigue esperando los martes como un viejo la carta de una joven amante.
Una tarde, el señor acude a su cita con Silvia y se da cuenta de que ella ha llegado antes. Él se sienta en la mesa de siempre y se pone a hojear unos versos de López Velarde; a los pocos minutos levanta la vista y nota que lo mira. Enseguida, ella se sienta en su mesa y se presenta con un nombre diferente. La conversación que sigue no tiene importancia, todo es mentira. Pero los ojos pequeños enmarcados en una piel que comienza a marchitarse penetran el alma de nuestro personaje y lo paralizan por completo. Él le dice: Mi nombre es Nadie. Esa tarde, él deja que la mujer se marche y decide no seguirla. Vuelve a su casa y duerme desde el momento en que su cabeza toca la almohada. Transcurre una semana.
Empieza a oscurecer cuando la mujer sale de la pensión hacia la central de autobuses. Él sigue sus pasos. Al llegar su turno en la fila para abordar, el revisor lo mira a los ojos y le pide el boleto, luego le desea buen viaje y lo saluda con una inclinación de cabeza. Nuestro personaje lleva en el cuerpo una emoción tensa como cuerda de arco. Es invierno, la ciudad se duerme un poco más tarde que en verano. El frío lo excita. En el trayecto, conversa en voz baja con Wakefield y le pide que le describa el frío de los inviernos londinenses. Después la charla deriva hacia otros temas como la gastronomía de la costa del Pacífico, la salud de la señora y las erratas en los horarios de trenes del siglo XIX, mientras la mano del hombre acaricia la cacha de la pistola y suda dentro del bolsillo derecho.
El inspector de policía interroga al revisor con voz fatigada de insomnio. Le muestra la fotografía de un hombre calvo de baja estatura, vestido con gabardina marrón y zapatos negros. Le pregunta si lo ha visto en el autobús de México a Toluca.
—No, señor, si ese hombre hubiera viajado en alguno de los camiones dentro de mi horario, lo recordaría. Yo jamás olvido un rostro.
Nada puede tocarse ni ser tocado sino el cuerpo
En el momento del suplicio, ni el verdugo ni Fu-Tchu-Li saben que esa escena congelada en el tiempo, la del ejecutor que besa con el cuchillo el cuerpo del agónico, pasará a la historia. Decir que Fu- Tchu-Li agoniza es impreciso, porque en el momento en que el carnicero fragmenta lo indivisible, el condenado ya no lucha, ya no está donde su cuerpo permanece. No serán mil cortes los que acaben con su vida, serán unos cuantos, acaso cincuenta, pero él no los sentirá. En el eterno instante de la tortura, el cuerpo de Fu-Tchu-Li tampoco es un cuerpo: es un pedazo de carne que pertenece al verdugo y a los espectadores, nosotros y los asistentes del mercado de Pekín que presenciaron la ejecución en aquel lejano inicio de siglo. El castigo no es para matar de dolor a Fu-Tchu-Li, sino despedazar la unidad de la creación divina que supone el hombre. Es una pena metafísica: deshacer el uno, exhibir la vulnerabilidad de aquello que está envuelto en un tejido de piel. Convertir un cuerpo humano en fragmentos de carne.
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La flama enamora si no calcina. Observar desde la lejanía produce placer de estar a salvo.
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¿Y si este delirio en el que nos extraviamos tú y yo cada noche al abrir las páginas del libro, al sumergirnos obsesivamente en la contemplación de la imagen monocromática del hombre extático, ausente en el instante de su propia muerte, no es más que una interpretación fortuita, elaborada a partir de la combinación aleatoria de los caracteres distribuidos en ciento veinte páginas, de un deseo soterrado, un sueño inconfesado que no nos atrevemos a saciar por miedo al placer de sabernos tan vivos que podemos perder la vida en el mismo instante de la realización?
*Texto publicado en la revista Tierra Adentro 209, en conmemoración de los 50 años de la publicación de Farabeuf de Salvador Elizondo.
http://www.tierraadentro.conaculta.gob.mx/numero-209/nada-puede-tocar-ni-ser-tocado-sino-el-cuerpo/
Una pluma de ave en la cornisa
*Del libro Yo maté al emperador (CEAPE, 2012)
El supervisor de la estación ferroviaria tenía una peculiar afición por las palomas, que siempre le dejaban el uniforme lleno de mierda. Su cortejo de animalitos constataba, con un montón de plumas cafés, grises y negras, el dominio que sobre él ejercía. Hasta que un día, por entretener a los plumíferos, hizo el ridículo y perdió la oportunidad de ascender de puesto y nos echó a nosotros la culpa por no defenderlo ante el inspector de sección. Qué podíamos hacer, las aves lo necesitaban más que el sistema nacional de trenes; el egoísmo es un lujo que no debemos permitirnos cuando el amor escasea. Luego el supervisor adquirió una infección producida por las heces de paloma y murió. Las aves se comportaron como viudas enloquecidas durante unas semanas, se sacaban los ojos unas a otras y la mitad de ellas murió de pena o de hambre, ninguna quiso abandonar la estación. Las sobrevivientes se dedicaron a seguirme por todos lados y a partir de entonces no me permitieron un minuto de tranquilidad. Por esos días conocí a Maruja. Yo iba de regreso al departamento en donde vivía, y decir departamento es mucho, en verdad era un estudio en el que resguardaba columnas y columnas de libros que mi padre había querido desechar tiempo atrás, pero a mí me pareció un agravio a la memoria de los grandes maestros, así que decidí conservarlos íntegros, aunque a veces amenazaran con aplastar mi delicado cráneo en alguna noche de dulces ensoñaciones. Entonces ese día en el tren rumbo a mi cuarto del quinto piso, conocí a Maruja y con ella me fui. Hay palabras dentro de cada hombre que están destinadas a una sola persona en todo el mundo. Yo dejé a Maruja cuando las palabras para ella se me agotaron, cuando, por más que me busqué en la lengua, no encontré nada. Hoy pienso que lo saludable es dejar al menos una de esas palabras dentro de la boca y masticarla durante mucho tiempo, todo el tiempo posible, alimentarse de ella. Los desenlaces me provocan tantas náuseas como las heces de paloma, así que después de lo de Maruja busqué otro empleo y me propuse no volver a enamorarme. Pero el gañido de las aves me acompañaba a donde quiera que fuese, aun cuando estaba en la taberna del Tigre de Oro me perforaba los oídos, y cuando salía y caminaba por la calle, ahí estaba la nube de plumíferos, planeando por encima de mi cabeza o apostados en las cornisas, en los cables de luz, sin perderme de vista.
Estuve unas cuantas semanas encerrado en compañía de mis apolillados clásicos y después de una noche febril en la que Montaigne me prohibió el encierro si no era con fines estrictamente filosóficos y me aconsejó retornar al mundo, no dejarme amedrentar por unos pájaros estúpidos, decidí dar la cara y hacerme cargo de las viudas emplumadas que se amontonaban en torno a mi ventana. Por eso yo también enfermé, así es como llegué al hospital. Ellas fueron mi único consuelo, las alimenté todos los días con migas de pan y maíz que la enfermera me hacía el favor de hurtar del comedor de empleados.
Ahora que bajo surcando el viento en una ráfaga de ocaso, miro las corcholatas con el emblema de la cerveza Pilsner incrustadas en el pavimento y evoco las tardes en el Tigre de Oro, o sea casi todas las tardes desde hace más años de los que puedo contar, y mientras más caigo, más me figuro los ojos, como estrellas o corcholatas también, de Maruja, que me besó en el pasillo oscuro del tren, y a cuyo suave y húmedo cuerpo me pegué aunque no reconocí ni su voz ni nada, incluso recuerdo haber pensado que ella se había confundido, y yo creí que era una rotunda falta de cortesía decepcionarla diciéndole que tal vez no eran mis labios los que buscaba en realidad, aunque eran mis labios a los que se entregaba con todo el candor de su madurez, pero cuando la electricidad regresó y la miré y ella me miró no había sorpresa en sus ojos, más bien triunfo e impertinencia, de lo cual deduje que, al igual que las palomas, me había estado acechando, y cuando salimos del tren yo me fui con ella y pensé que la gente no debería vivir nunca en un piso número cinco, porque ella vivía en ese piso, justo como yo y como la habitación de este hospital, en donde los plumíferos se posan todo el día y roban la escasa calma que les resta a los otros convalecientes; ahora abro la mano y las migas de pan se me escapan y al contrario de mí, se van hacia arriba, y vuelvo a ver las corcholatas y los ojos y recuerdo que no era por esto que me asomé a la ventana.
Real de Catorce 2015
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Real de Catorce
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