¡Genial!
¡Aún puedo hacerlo!
¡Y sin romperte la cabeza! Felicitaciones.
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@azraeldiangelo
¡Genial!
¡Aún puedo hacerlo!
¡Y sin romperte la cabeza! Felicitaciones.
— Vaya, nunca habÃa bebido algo como esto, es tan … ¿Amargo?Â
—Pero sabe genial, ¿cierto? Bébelo, no te hará nada.
—Oh, vaya…— dijo saliendo de la biblioteca —Hola, muñeca— le dijo al ama que habÃa encontrado en uno de los estantes de libros. —¿En qué clase de universidad tienen ésto entre los libros?— comentó de manera divertida mientras que con su mano jugaba con la pistola —Me he enamorado de la biblioteca, vale—.
Observaba las acciones de la chica recostado sobre la pared. —De seguro la ha dejado algún humano para darle un susto a alguien —propuso sin darle demasiada importancia. —No sabÃa que estabas aquÃ. Aunque debà imaginarlo, supongo —dijo luego, comenzando a caminar hacia donde ella se encontraba.
Beth is in da house, bitches!
Universidad, universidad. Es raro… —Comentó para si misma dando un larga calada a su cigarrillo.— Bueno, pero dicen que siempre hay una primera vez para todo. —Se encogió de hombros hasta que alguien pareció chocar con ella.— Por favor relájate, esto no es una carrera automotriz, maldito loco.Â
Lo siento, preciosa, no te vi —se disculpó observándola con una sonrisa fingida. —¿Por qué ese mal humor?
Maximillian era conocido en el infierno por tres cosas: su terrible temperamento, su incontrolable agresividad, y su jodida promiscuidad. Volteó por un instante a ver al chico y reconoció de quien se trataba, —Vete a la puta mierda, Azrael.— Respondió, en el mismo tono grosero que habÃa usado poco antes.
—¿Ya te han hecho enojar? ¿De qué más me he perdido? —preguntó divertido, ignorando la orden del chico y tomando asiento en la banca que habÃa justo detrás suyo.
—Alzo la mirada al escuchar la voz de alguien cerca asà que miro a su alrededor hasta encontrarse con el chico que se la hacÃa bajamente familiar mas no recordaba de donde— No quiero hablar de eso, es una estupidez —sonrÃe ligeramente—
Puso los ojos en blanco mientras la chica no le veÃa, para luego dibujar en su rostro la más creÃble sonrisa amable. Se sentó a su lado y tomó la botella de sus manos, dándole un sorbo a la misma. —¿Una estupidez? ¿Segura? Tu rostro no dice lo mismo.
—Yo solo preguntaba, no es para que me contestes de esa forma —frunció el ceño, extrañada por su actitud—. ¿Rubia? Soy Sophie y no rubia, Nithael.
Una sonrisa divertida se formó en su rostro al oÃr las palabras de la chica, pero enseguida la cambió por un semblante de total seriedad. —SÃ, Sophie, lo siento. La verdad no sé qué me pasa hoy.
Reunión familiar || Nithael & Azrael
El temor de Nithael aumentaba cada dÃa un poco más, no solo por el sueño que habÃa tenido sino por los rostros no identificados que comenzaban a aparecer. Mientras que muchos de sus compañeros se encontraban en la fiesta divirtiéndose, él estaba en su habitación volviendo a revisar los archivos entregados a los ángeles sobre quienes estarÃan en el Instituto.— No están. —Dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado por nadie pues estaba completamente solo en la oscuridad de la habitación. Sin embargo, las imágenes no eran sus únicas pruebas sobre el retorno de los demonios, una chica le habÃa declarado su verdadera identidad: era un demonio.
QuerÃa decirle a todo el mundo sobre los demonios en el Instituto, pero habÃa algo que no lo dejaba: el poco amor que aún tenÃa por su hermano. En el cielo los ángeles "traidores" eran aborrecidos por los demás que aún seguÃan el camino de la luz, Nithael los comprendÃa pero era algo imposible para él odiar a su hermano. Tantas cosas malas fueron recibidas por él gracias a su hermano, sin embargo seguÃa queriéndolo como si nunca le hubiera golpeado la otra mejilla.
Después de darle vueltas al asunto una y otra vez decidió salir a caminar un rato, quizás el caminar y tomar aire fresco ayudarÃan a mejorar su dÃa. El Instituto era grande, probablemente si no hubiera estado allà ya una vez se perderÃa en cuestión de segundos, y éso ayudaba a distraerse.— ¿Por qué? —Se preguntó a si mismo y a su vez al creador, sabÃa que era tonto pretender ser escuchado en ése momento y con aquel tema tan hablado… Vale, no importaba.
De un momento a otro Nithael quedó helado, era como verse en un espejo pero sin espejo. ConocÃa ésos ojos y el brillo en ellos, también la sonrisa divertida y desafiante… No, no podÃa ser.— Azrael… —Dijo sin poder creerse lo que veÃa, era su hermano.
Azrael tomó aire y abrió la última puerta con brusquedad. Nada. ¿Dónde demonios estaba? Por un momento consideró que quizá se habÃa equivocado y Nithael no se encontraba en el Instituto, pero descartó la idea al instante. Estaba allÃ, en algún lugar, lo sabÃa. Más de una vez lo habÃan confundido con él y su instinto se lo confirmaba. Pero entonces, ¿por qué no se habÃan encontrado aún? Suspiró y cerró la puerta. No le habÃa dado importancia al principio, pero luego de llevar un tiempo en el Instituto sin habérselo siquiera cruzado, habÃa comenzado a frustrarse. Apresuró su paso para salir del edificio. SabÃa que quizá sólo necesitaba dejar de pensar en eso y de momento divertirse fastidiando a algún humano, de los cuales ya tenÃa a varios en su lista. Pero también sabÃa que aquello le resultaba el doble de divertido si luego podÃa restregarlo en el rostro de su hermano. Necesitaba volver a verlo de frente, necesitaba que Nithael supiera que no habÃa logrado vencerlo la última vez. Que era indestructible y siempre volverÃa para hacer de su existencia algo imposible.
Fue entonces que una presencia lo sacó de sus pensamientos. Alguien se acercaba, podÃa sentirlo, y una sonrisa divertida se formó en sus labios al reconocer de quién se trataba. Porque sÃ, habrÃa reconocido ese aura donde fuese. Volteó a ver a todos lados, buscando encontrarse con aquel rostro conocido, pero nada. Entonces escuchó unos pasos seguidos de una voz familiar y, en la lejanÃa, pudo divisar a Nithael. Comenzó a caminar a paso lento hasta quedar frente a frente con el ángel y, cuando su miradas se cruzaron, Azrael pudo distinguir el temor y la sorpresa en los ojos de su hermano, sintiéndose incluso más orgulloso de sà mismo. Lo examinó desde su lugar, sin decir nada al principio. Era increÃble su gran parecido fÃsico si se tenÃa en cuenta lo diferentes que eran realmente.
—El mismo —contestó firme pero tranquilo. —¿No te alegras de verme? Porque han pasado… ¿Cuánto? ¿Catorce años? —continuó comenzando a acercarse, con las manos en sus bolsillos y aquella sonrisa hipócrita pintada en su rostro.
Supongo que fui la única que se perdió la fiesta.
No, no lo fuiste.
—No es como si disfrutara de estar aquÃ. —Respondió con un hilo de voz, todavÃa algo dormida.— Bueno, dÃgamos que me la jugaron y ahora estoy aquÃ. Aparentemente he pasado toda la noche durmiendo en el césped y nadie se ha dado cuenta. —Añadió, cerrando los ojos de nuevo.— No tendrás por casualidad alguna pastillas para el dolor de cabeza, ¿verdad? SerÃa de mucha ayuda.
¿Una pastilla? ¿Qué crees que soy, enfermero? No, no tengo pastillas. Y yo te dirÃa que te levantes del suelo si no quieres que nadie te aplaste.
El que crea que cumpliré ese castigo...
—Se nota que no tiene idea de quién soy, definitivamente. —murmuraba mientas caminaba por los pasillos ¿lavar uniformes sudorosos y apestosos? ¡Ja! qué buena broma.
Siento lástima por quienes te hayan castigado, no saben con quién se metieron. —concordó de forma burlona, para soltar una risa al final.
Las páginas del libro pasaban rápidamente y temÃa a que el final llegase, era consciente de que era imposible evadirlo. Pocas eran las páginas que quedaban y sus manos temblaban, deseando que no sucediera lo que ella pensaba que sucederÃa.— No, Gus… —Pronunció al leer el final de la última página, una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla.
Frunció el ceño al ver a la chica llorar. —¿Estás llorando por... un libro?— preguntó en tono burlón. —Ni que se hubiese muerto alguien.
Dimitri caminaba por los pasillos del Instituto, realmente parecÃan no terminar nunca. Salir a caminar no habÃa sido una buena idea, todos los pensamientos que se le venÃan a la cabeza eran sobre su madre y como pudo haber sido o comportado con ella, realmente recordaba muy poco.— Mamá… —Pronunció, observando a una ventana. Dimitri lloró pocas veces en su vida, dos o tres, y nunca se permitirÃa volver a llorar por nada ni nadie.
—¿Por qué la cara larga, niño? —preguntó tras haberlo oÃdo murmurar algo. —No, mejor no me cuentes, no me importa.
—¿Qué es un twerking? Un chico, algo extraño si cabe decir, me ha dicho que yo lo harÃa muy bien y no tengo ni idea de lo qué es eso —arrugó la nariz, frunciendo el ceño.
¿Y yo por qué sabrÃa lo que es? Pregúntale al que te lo dijo, rubia.
—La morena abrió los ojos a causa del sol. Pestañeó varias veces intentando ver con claridad. Bostezó ligeramente, y con tranquilidad empezó a levantarse. Cuando intentaba apartar las sábanas, se dio cuenta de que no habÃa ninguna cubriéndola. El sueño y la pereza desaparecieron completamente, siendo remplazadas por un extraño y fuerte dolor de cabeza y una molestia en la espalda. Se sentó con nerviosismo. ¿Qué hacia dormida en el césped? Se llevó una mano a la frente, intentando comprobar si estaba enferma, pero no era asÃ. Entrecerró los ojos, llevando su mirada a la piscina. Pronto empezó a recordar lo que su mente no querÃa hacer. Recordaba a Whitley haciendo que bebiera una mezcla que nunca habÃa visto, y recordó haber sentido un sueño inexplicable tras unas cuantas copas. ¡Y pensar que ella creÃa que esa bebida no llevarÃa nada malo! ¿Por qué tenÃa que ser tan ingenua?— Tonta, tonta, tonta… —Murmuraba para sà misma, arrepentida. No solo se habÃa dejado engañar por su amiga, si no que se habÃa quedado dormida y ni siquiera habÃa sido capaz de vigilar ni un momento a su protegida. Los sucesos no habÃan pasado como ella planeaba en un principio. — Hola, ¿necesitas algo? —Preguntó a la persona que estaba ahora delante suyo. No se habÃa parado a mirar quién era pero habÃa oÃdo el sonido de las pisadas de una persona. Cerró los ojos con fuerza y se volvió a tumbar en la hierba, como si eso de alguna forma fuera a remediar su dolor de cabeza y los sucesos de anoche.—
Caminando por el lugar, se sorprendió al encontrarse con una chica recostada en el césped. Se acercó cautelosamente para examinarla mejor y... sÃ, era un ángel, no se equivocarÃa. —¿Yo? —soltó una risa. —Creo que esa eres tú, preciosa. Estuve a punto de pisarte. ¿Qué haces ahà tirada? —preguntó observándola divertido, sin mover un pelo para ayudarla a levantarse.
--El muro de BerlÃn no cayó en el '90, cayó a finales del '89...--
murmuró mientras continuaba hojeando el libro que llevaban en la clase, mientras se disponÃa a terminar un ensayo sobre la historia del muro de BerlÃn. Lo estaba escribiendo, por supuesto, a mano. Sus conocimientos con la tecnologÃa eran de mera supervivencia. TenÃa un teléfono celular, uno de esos llamados iPhones, pero de eso a saber usar una computadora habÃa un tramo muy largo. Además, era una excusa para posponer su asistencia a una fiesta de pecado, siendo de su desconocimiento lo extraño que lo hacÃa ver el hacer una tarea en fin de semana. Exhaló profundamente y dejó el libro de lado. —Este libro no tiene sentido…—
—¿Y a quién le importa? Es un estúpido trabajo, pon lo que dice el libro y ya. —Contestó Azrael, quien se encontraba hojeando un libro lo suficientemente cerca como para haber oÃdo los comentarios del otro.
El dÃa de Maximillian habÃa sido una completa mierda. Después de que un profesor lo retara y este se pusiera a discutir con él, el hombre lo expulsó definitivamente de su clase, amenazando con hablar de la directora para correrlo de la institución. Además de que mantenÃa en su mente lo que habÃa pasado con Nadine, la fiesta y el chico con el que terminó enfrascándose en una pelea y aquello no ayudaba a suavizar su estado de ánimo en lo absoluto. En busca de una manera de sacar todo el estrés acumulado, el chico fue hacia el gimnasio de la institución y se mantuvo golpeando un saco de box durante horas, toda su fuerza depositada en sus puños estaba siendo liberada en aquel instante. Escuchó pasos detrás de él y ni siquiera se tomó la molestia de voltear a ver a la persona para adivinar de quién se trataba. —Por tu propio bien, vete a la mierda— Advirtió, parando por un instante de golpear en saco, con la respiración sobre agitada.
Se encontraba recorriendo las instalaciones cuando un ruido proveniente del gimnasio le llamó la atención. Entró en el lugar y una sonrisa divertida se formó en sus labios al ver de quién se trataba, la cual se transformó en una risa al oÃr la amenaza. —SÃ, gracias por la bienvenida. —contestó en tono sarcástico.