El aristócrata Magnus Von Braun había sido un entusiasta automovilista. Al parecer, inauguró el siglo XX dando una vuelta al mundo en su Napler de 24 caballos propulsado a vapor. Magnus Von Braun también participó en el diseño del AVUS, el circuito de carreras y pista de pruebas de Berlín. Bajo el influjo de las emocionantes pruebas que se corrían en el AVUS, su hijo Wernher experimentó sus primeros cohetes. Ahí se ensayaban prototipos y se practicaban desafíos de velocidad. Ahí estaba el joven barón de apenas dieciséis, aquella mañana de primavera de 1928 cuando el Opel RAK 2, primer vehículo propulsado por cohetes, pasó como un rayo por delante de los tres mil espectadores ubicados en las gradas. El bólido, negro, brillante, de lineas redondeadas y diseño futurista, silbó como una bala dejando una estela de fuego. Entre los invitados se encontraban Fritz Lang —que estaba filmando Frau im mond—, su mujer y guionista Thea von Harbou y el boxeador Max Schmeling justo antes de su viaje a Nueva York para lo que sería su encumbramiento profesional en el Madison Square Garden.
El piloto del prototipo probado aquella mañana fue Fritz von Opel, su abuelo había fundado la compañía automotriz que lleva su apellido. El Opel RAK 2 no tenía motor ni transmisión, solo un pedal que servía para ir encendiendo 24 cohetes de manera secuencial. Fritz mismo lo contó “pisé el pedal de ignición y los cohetes rugieron detrás de mí y me lanzaron hacia delante. … volví a pisar el pedal, luego otra vez, y una cuarta vez. Desapareció todo lo que había a mis costados. Dejé de pensar. Dejé que actuara el instinto mientras unas fuerzas incontrolables rugían detrás de mí”.
Max Valier —el teórico e ingeniero del Opel RAK 2— fue una figura inspiradora para Wernher Von Braun. Valier nació en Bolzano —actual Italia, en ese entonces, Imperio Austro-Húngaro— y se formó en Física, Matemáticas y Astronomía. Era divulgador de temas científicos, especialmente los relacionados a la estructura cósmica. También era escritor de ciencia ficción, inventor y pionero en la industria de cohetes. En 1928, cuando Fritz von Opel pasó como un rayo asombrando a todos, Valier tenía treinta y tres años. En 1930 presentó en el mismo circuito y con gran éxito el primer automóvil impulsado por cohetes, pero esta vez a oxígeno líquido: el Valier-RAK 7. Al mes siguiente, por efecto de la explosión accidental de un nuevo cohete con el que estaba trabajando, Valier se muere. Ese mismo año se publica en Munich la segunda edición de su libro “Viajes en cohetes”. Podemos imaginar a nuestro joven varón prusiano leyendo el mandato con el que Valier cerró aquel libro: “Aunque el inventor individual puede experimentar algunos contratiempos, el problema del vuelo de cohetes siempre está progresando. Lo único que se debe hacer es realizar el sueño”
“Viajes en cohetes” es un fantástico libro de divulgación, es especialmente interesante el recorrido acerca de los orígenes del cohete. Otro berlinés entusiasta de la cohetería, Willy Ley, escribió un artículo publicado en Berlín en 1932 ,“Historia del Cohete”, ahí recopiló de manera más precisa y exhaustiva la historia del cohete.
Tanto “Historia del Cohete” como “Viajes en cohete” están disponibles para ser descargados en internet de manera gratuita, si bien están en alemán, gracias a las herramientas maravillosas del siglo XXI podemos asombrarnos con algunos datos e investigar un poco más:
No se sabe quién fue el verdadero y primer inventor del cohete —escribió Valier—, solo se repite que los chinos ya conocían y usaban cohetes en el año 3000 AC.
El escritor romano Aulo Gelio —autor de Noches Áticas, una recopilación de curiosidades históricas que el escritor leía o escuchaba durante el reinado de Marco Aurelio— afirma que la famosa paloma de Archytas, el artefacto volador que el filósofo griego había inventado en la Antigua Grecia, durante el siglo V AC, estaba impulsada por una burbuja de aire misteriosamente encerrado en ella. La paloma de madera sería entonces un Aerolipile, la más antigua máquina de movimiento por retroceso.
En el siglo IX, León de Tesalónica fabricaba cohetes en su laboratorio secreto. Seguramente lo hacía para perfeccionar el sistema de balizas de advertencia que había creado y que se extendía a lo largo de 700 km. del territorio de Bizancio.
Al parecer, el cohete de ascenso libre como medio de guerra se desarrolló por primera vez entre los chinos con sus flechas incendiarias. De 1232 es la primera mención de la pólvora en una crónica china sobre el asedio a la ciudad de Kaifeng, la capital del imperio Song donde vivían más de un millón de personas. También se habla de los primeros cohetes o dispositivos similares, que aparentemente se desarrollaron a partir de la flecha de fuego. En el "Journal asiatique" de 1849 se relata: además, los sitiados tenían a su disposición “flechas de fuego volador”. Ataban a la flecha un material que podría incendiarse; la flecha partía repentinamente en línea recta, y extendía el fuego a lo largo de diez pasos de ancho.
Las flechas de fuego volador eran muy temidas por los mongoles, quienes enseguida dominaron las técnicas del fuego y crearon sus propias lanzas de fuego impetuoso.
Los árabes ya usaban cohetes con balas de fuego. Está documentado por Alberto Magno en su relato de la defensa de Damieta, en 1218, como parte de la Quinta Cruzada.
Aunque los árabes también sufrieron los fuegos voladores cuando Jaime I, Rey de Aragón asedió Valencia durante cinco meses hasta que el caíd entregó el castillo.
Se conserva el cuaderno de bocetos del ingeniero italiano Joanes de Fontana, de 1420. Él describe cohetes voladores en forma de paloma, corriendo como conejos, así como un gran carro impulsado por tres misiles y un torpedo de cohete de madera pintado de modo que parecía la cabeza de un monstruo marino.
En 1610 el conde de Nassau describe los primeros cohetes submarinos.
En 1668, un berlinés hace subir 120 cohetes en su día de bodas.
En 1804 William Congreve realiza los primeros experimentos para introducir misiles de guerra en el ejército inglés. Estamos en las guerras napoleónicas. La primera aplicación de los cohetes de Congreve fue un fracaso, un diario de la ciudad francesa de Boulogne lo describe así:
“Una división inglesa, compuesta de 31 veleros, se aproximó el 9 de este mes a Boulogne para repetir sus tentativas de incendio.
“Durante la noche esta división lanzó sobre el puerto y la ciudad un centenar de cohetes incendiarios, medio de reciente invención que no ha obtenido mayor éxito que todos los demás ensayados anteriormente por el enemigo.
“Sea como fuere, la mayor parte de los cohetes no han causado ningún efecto. Dos han caído sobre navíos y fueron extinguidos sin dificultad, y sin que los barcos hubiesen sufrido daños.
“Una casa se incendió, porque no había nadie cerca para detener los efectos del artefacto que había penetrado en su interior.
“En la noche del 10 al 11 los enemigos reiniciaron el bombardeo, que no produjo otra consecuencia que la de lesionar a un joven de 14 años.
“Se tomaron todas las medidas necesarias para evitar futuros accidentes.
La suerte de Copenhague fue otra, entre el 1º y el 5 de septiembre de 1807, para evitar que la flota Danesa cayera en manos de Napoleón, sin previa declaración de guerra, los ingleses dispararon sobre la capital de Dinamarca 25.000 cohetes y desataron un infierno dantesco.
El 21 de marzo de 1945, la Royal Air Force del Equipo de los Aliados volvió a bombardear Copenhague en la llamada Operación Cartago. El Equipo del Eje ocupaba la ciudad desde hacía cinco años. LA RAF no bombardeó cualquier lugar, tampoco usaron cohetes, bombardearon una escuela. Murieron 86 niños.
Luego de las guerras napoleónicas —además de Inglaterra— Prusia, Polonia, Rusia, Holanda, Suiza, Grecia. Cerdeña, Francia, España, Austria, Italia y Sicilia tendrían sus propias tropas, laboratorios de misiles o cañones de misiles en su artillería. Los misiles fueron lanzados en todos los ejércitos, ya sea por pequeños muros de tierra, por tubos lanzaderas o por viguetas en forma de escalera. Los cohetes con eje de efecto incendiario fueron los preferidos debido a su efectividad.
Puede verse en Netflix la película danesa representa aquel día del bombardeo sobre la escuela de Copenhague —“La sombra en mi ojo”—.