Esta tarde leí sobre la teoría de la silla.
Dice que cuando alguien se va de tu vida —una persona, una etapa, una relación— deja una silla vacía. Y que muchas veces seguimos sentándonos frente a ella, hablándole a quien ya no está, esperando, en silencio, que vuelva a ocuparla.
Quise traer esto aquí porque sé que somos muchos sintiendo lo mismo, aunque no siempre sepamos decirlo.
Yo la entendí así: el duelo no es solo por la persona, sino por el lugar que ocupaba en tu rutina, en tu identidad, en tu forma de vivir.
A veces no soltamos a quien se fue, sino la esperanza de que regrese a sentarse ahí.
Y aunque llegue alguien nuevo, si esa silla sigue intacta, nadie puede ocuparla de verdad.
La teoría dice que sanar no es olvidar. Es atreverse a mover la silla: cambiarla de lugar, guardarla, o aceptar que ese espacio ya no será el mismo.
No porque no duela, sino porque mereces vivir sin dialogar con ausencias. Algunos nos quedamos más tiempo mirando esa silla, porque sabemos amar con todo.
Yo, por ahora, no puedo, ni quiero levantarme. Lo confieso. Y lo sostengo.
Pero cuando llegue ese día, no será traición al pasado: será respeto por mi presente.
—Eiran Vale
Cuando leer, sentir y escribir se vuelve un reto para mi



















