Hace unos meses estaba llegando de mi casa, como siempre cansado, sin ganas de hacer nada. Hacía lo de siempre, calentarme esa sopa fría que había hecho días antes, revisar mi correo, darle de comer a mi gato, entre otras cosas. Pero ese día fue diferente, en cuanto llegué, escuché que tenía un mensaje en la contestadora. Tomé el teléfono para escucharlo, cuál sería mi sorpresa, mi mamá tenía cáncer, se me llenaron los ojos de lágrimas. Hacía años que no hablaba con ella después de aquella discusión con mi padre. No supe como reaccionar, me sentía culpable, culpable por no haber pasado más tiempo con ella, culpable porque nunca le volví a llamar y culpable porque ahora ella iba a morir. Tenía que hacer algo, así que tomé el primer vuelo que salía de la Ciudad de México a Querétaro. Cuando por fin llegué a mi antigua casa, sentí mucha nostalgia, tenía mucho que no estaba ahí y prácticamente allí había crecido, solamente que la vibra era diferente, algo había cambiado. Todo se volvió un poco gris, se sentía la tristeza por todas partes. Cuando por fin me atreví a tocar la puerta principal, salió mi padre y no dudó en abrazarme, me dijo que me había echado de menos y que en verdad todo este tiempo me había necesitado como a nadie. No pude evitar llorar, me sentí feliz pero triste porque tuvo que haber pasado algo así para que por fin pudiéramos hablar con honestidad. Tras una larga escena sentimental le pregunté qué en dónde estaba mi madre, a lo que me respondió que estaba en el cuarto principal, acostada. Subo las escaleras de mi casa, empiezo a observar todas las fotografías familiares y me pongo más sentimental. Antes de abrir la puerta, tomo aire profundamente. Cuando me vio mi madre, no pudo evitar sonreír como siempre lo había hecho a lo largo de mi vida, cuando hacía alguna travesura, cuando llegaba tarde a mi casa, cuando llegué con mi primer tatuaje sin permiso, esa sonrisa de aceptación y de amor que siempre tenía. Me acerqué a ella y la tomé de la mano. Hablamos un rato tratando de evitar el tema del cáncer hasta que ella espontáneamente me dijo… “No es nada que pueda controlar, puedo hacer las paces con eso, es más fácil seguir la corriente de ese río en particular que tratar de luchar contra él, no existe esa posibilidad, vamos a morir todos.” Al escuchar esas palabras, me quedé paralizado, sin saber qué responder, por fin teníamos que afrontar lo que estaba sucediendo. En ese momento me acordé de una meditación muy sabia y le dije “Lo sé, y ese dicho, no sé de dónde viene pero habla sobre que la meditación es preparación para la muerte”, mi madre pensativa me respondió “Creo que es verdad, la meditación es una práctica espiritual que nos prepara para la muerte, pero también sólo si miras al mundo las cosas aparecen y desaparecen y los humanos son parte fundamental de eso, los humanos aparecen y desaparecen fuera de la faz de la tierra, eso pasa ¿sabes? A nuestros egos los personalizan y nos consideramos casos especiales pero en realidad no lo sabemos. Somos parte del todo y todo en el todo se transforma todo el tiempo, cambia de forma, transfigura.” En ese momento me di cuenta que esto estaba en realidad pasando, siempre quise ver la muerte como algo muy lejano a mi, algo que solamente pasa en las películas y es ficticio pero, ahora mi madre estaba muriendo y tenía que afrontarlo, sabía que no iba a ser fácil. Ella se incorporó y me abrazó, ese abrazo se sentía diferente, como si fuera una despedida. Y desde el fondo de mi corazón le dije “Tu eres un caso especial”, ella comenzó a reírse y me dijo “Es porque soy tu mamá”. Los dos comenzamos a reírnos como en los viejos tiempos, tan sólo en ese momento era como si nada importara, sólo estábamos ella y yo viviendo el presente. Después de las risas le dije “No, sé que esto transfigura, lo sé pero no hay forma de detener un corazón roto, ¿qué haces al respecto?”. De repente empecé a sentir un nudo en mi garganta y un dolor muy fuerte en el pecho. Mi mamá se dio cuenta y me dijo “Pues lloras… lloras”. Esas fueron las palabras que necesitaba oír para soltarme en llanto, ella comenzó a llorar también y nos abrazamos muy fuerte. Nos quedamos ahí un buen rato hasta que de repente dejé de escucharla, cuando levanté la mirada, supe que ya no estaba con nosotros, le agarré la mano muy fuerte y le dije "Cualquier cosa que digas, la creeré".