¿Qué vamos a comer hoy?
Su instinto le confirmaba que aquel era su sitio en el mundo.
Un lugar donde el perfume de la gente rica contaminaba el aire mientras un jazz lúgubre se arrastraba por el salón invitando al sueño, apenas interrumpido por el incesante tintineo de las copas con alcohol caro que martilleaba un eco insoportable.
Su presencia iluminaba el evento del siglo, una supuesta buena causa para recaudar fondos para los huérfanos... o ¿delfines? ¡Daba igual! Era el paraíso. Finalmente podría codearse con los peces gordos.
Sus ojos escaneaban expectante a la multitud, diseccionando aquel baile de siluetas ataviadas en joyas más caras que su apartamento. ¡Pero qué aburrimiento!
Hasta que su mirada se tropezó con ella.
Apoyada en una de las columnas de mármol, sujetaba una copa de vino tinto con suma delicadeza. Destacaba entre todos, vestida con una pieza de seda negra, tan ceñida que parecía una segunda piel. La abertura en su pierna derecha era tan escandalosa que desafiaba todas las normas de la decencia.
—Qué evento más aburrido, ¿no crees? —aventuró él, intentando sonar interesante mientras bebía un trago de whisky.
—Me has quitado las palabras de la boca.—Su voz se deslizó como el terciopelo—. Me llamo Julieta.
Lo estudió con aquellos ojos castaños, totalmente hipnóticos, donde él creyó notar pequeños filamentos de escarlata y púrpura. Imposible no perderse en ellos.
— Un gusto. Soy...
Ella lo interrumpió, invadiendo su espacio personal. Sintió cómo el aroma a lavanda inundó sus sentidos.
— Me gusta el color de tu cabello.— Sus pupilas resplandecieron con un brillo antinatural—. No recuerdo la última vez que bebí... — se corrigió al instante con una risita nerviosa—. Quiero decir, que no veía un pelirrojo. No salgo mucho de casa.— Desvió la mirada avergonzada.
Él tragó saliva, confundido. Los ojos extraños, el comentario del cabello, la risita nerviosa... su mente los enumeró uno a uno. Solo podía significar una cosa: ella había caído rendida ante él. ¡Este día se ponía cada vez mejor!
—Deberíamos ir a un lugar más privado—le susurró al oído—para conocernos mejor.
Una sonrisa pícara apareció en su rostro.—¿A la tuya o a la mía?
Siete pisos y dos ascensores después...
La puerta se abrió con parsimonia. Julieta entró primero, guiándolo de la mano con una sutileza que el hombre confundió con algo más. Él, ansioso, casi tropezó con la alfombra de felpa, pero ella lo condujo con paso firme hasta el borde rígido de la cama. Un empujón seco lo hizo tambalearse.
Julieta acortó la distancia, recorriendo sus afiladas uñas sobre el contorno de su mandíbula, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello. Deslizó su lengua con una urgencia desesperada sobre la carótida.
El chico cerró los ojos, creyéndose el hombre más afortunado de la fiesta, sin notar que de las encías de Julieta se asomaban dos puntas finas como agujas, y justo antes de morder...
—Jules, ¿de verdad vas a caer tan bajo?—Tan cerca... Una voz de barítono cortó el aire.
Julieta soltó un bufido exasperado ante el comentario, separándose apenas unos milímetros del hombre.
En medio de la habitación, esperaba un hombre alto de hombros anchos con las manos hundidas en los bolsillos de su esmoquin. Las hebras de su cabello oscuro caían al natural por su rostro.
Cuando sus ojos azules eléctricos se dirigieron hacia el pelirrojo, este se paralizó por completo. Era imponente, aterrador y... muy bello.
—Estoy ocupada —respondió apretando los dientes—. Intento comer —susurró esto último.
— ¡¿Lo conoces?! —balbuceó el pelirrojo desde la cama.
—¡Claro! Es mi marido— lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
Sebastian dio un paso al frente, extendiendo su mano hacia el hombre en un gesto de cortesía. —Sebastian. Un placer conocerte— le dirigió una sonrisa sincera.
El pelirrojo se quedó mirándole la mano en completo estupor, paralizado. Al ver que no reaccionaba, Sebastian afiló su mirada.
—¿Sabes? Es de mala educación no devolver el saludo — soltó con desdén.
—¿Qué haces aquí?— interrumpió ella, cruzándose de brazos.
—Evitaba que hicieras alguna estupidez.— Julieta puso los ojos en blanco. No, otra vez.
—Siempre tan dramático. Solo buscaba un bocado.— El pelirrojo retrocedió con pasos silenciosos, sin quitarles los ojos de encima, midiendo la distancia entre ellos y la puerta.
¿Qué diablos estaba pasando? ¿Quién era esta gente? Esta debería ser su gran noche, al lado de una mujer de infarto, listo para darle el revolcón de su vid...
Frenó en seco. —¿Cómo que "un bocado"? —Ellos simplemente ignoraron su arrebato.
—Míralo, no cumple con nuestros estándares— lo señaló de arriba abajo con el dedo de forma despectiva.
—¡Oye!— volvió a intervenir el pelirrojo.
—¿Estándares? ¿Cuáles estándares, Sebastian?—espetó ella, clavándole una mirada feroz—. Te he visto beber sangre de un vagabundo.
Sebastian dio un respingo, como si lo hubiesen abofeteado. Su rostro palideció, más de lo usual, con una indignación total. —¡Fue solo una vez, Julieta! ¡Una! Y eran tiempos desesperados... — exclamó, perdiendo por un segundo la compostura.
—¡Me da igual!— sentenció ella—. El punto es que tengo hambre y quiero algo fresco por una maldita vez.
El pelirrojo, aprovechando el drama matrimonial, ya había gateado hasta la puerta. Su mano temblorosa rozó el pomo de latón. Casi fuera. Casi libre.
Una mano lívida y fuerte se estrelló contra la puerta, justo encima de su cabeza, cerrándola de golpe. El pelirrojo se quedó encogido en el suelo, mirando hacia arriba con puro terror.
— ¿A dónde crees que vas? — murmuró Sebastian con una mueca siniestra en su rostro.
Lo levantó por el cuello de la camisa, inmovilizándolo contra la puerta para que Julieta pudiera verlo. El chico temblaba como gelatina. —¡Por favor! No me lastimen — tartamudeó el pelirrojo.
Julieta se acercó.
— ¡Esperen!—extendió las palmas hacia afuera en un gesto de paz. —Tengo una mejor idea. ¿Por qué no prueban algo mejor?—titubeó—como... la sangre de los animales? He escuchado que es más deliciosa. ¡Podrían probar con vacas o algo así! Es más... ¡Más saludable!—
Fruncieron el ceño con asco. —¿Qué demonios te pasa? —A Julieta se le agrió el semblante. —¿Crees que somos monstruos? ¿Bestias?
—Además —añadió Sebastian con horror —, los animales son lindos. ¿Quién podría hacerle daño a unas criaturas tan puras? Qué comentario tan fuera de lugar.
El pelirrojo quedó estupefacto.
Julieta se giró hacia Sebastian con ojos suplicantes. —Deberíamos catar algo diferente por una vez, cariño. ¿Cuándo fue la última vez que probaste un pelirrojo? —le tomó la mano. —Pruébalo conmigo, como en los viejos tiempos —le dedicó una sonrisa melancólica.
Sebastian suspiró, aceptando como quien no quiere la cosa. —Está bien, pero solo un poco— Ella dio un ligero salto de emoción.
Julieta se volvió hacia el pelirrojo con una lentitud felina, acercándose peligrosamente a él.
Mierda. ¿Por qué no abre la puerta?
Algo cambió en el ambiente, se volvió más frío, más denso. La había cagado. ¿Por qué dijo lo de los animales? Mejor les hubiera ofrecido a su prima Stacy.
—Iba a ser amable contigo. Veo que no será necesario —lo tomó con fuerza de su corbata—. Tu comentario sobre los animales arruinó el ambiente —sonrió mostrando sus colmillos. Sus pupilas se incendiaron con el hambre.
Minutos después, salieron del cuarto. Julieta se limpiaba la comisura del labio con la yema de uno de sus dedos mientras Sebastian se ajustaba los puños del esmoquin.
Asintió con una sonrisa satisfecha. —Tengo que admitirlo... tenías razón. Estaba muy bueno. —Julieta soltó una risita suave y le dio un empujoncito con el hombro, entrelazando los dedos.
—Te lo dije. Siempre tengo la razón—presumió con suficiencia.
A mitad del trayecto, Sebastian se detuvo un instante, se dio un pequeño golpe en el esternón y soltó un eructo discreto. —Disculpa —murmuró.
Julieta sonrió, apretando su mano con complicidad, mientras sus figuras se desvanecían en el pasillo.












