Día 3.
Me desvelo y viene a mi mente: ¿Por qué no escribí uno cada día que pasó?
Tal vez porque antes no dolía. O no dolía tanto.
O decidiste callar ese dolor. Poner en mudo esa voz que te grita que todo está mal.
Se me ocurrió, entonces, escribir:
“Como flor crecemos. Como flor nos marchitamos.
Desde nuestras raíces marcamos paso
Uno, dos, al compás de quienes giran a nuestro alrededor.
¿Quienes son?
Sombras. Espías. Visionarios.
Gente que no debe estar ahí.
Pero empujás, una y otra vez.
Empujás porque sabes que necesitas más.
Porque el sabor de un beso no te es suficiente.
Porque un abrazo se percibe como todo lo que podría ser
Pero no es
Porque lo sos vos.
Eso que no es nada. Nada de lo que quisiera.
Eso cuyo comienzo no recordas.
Eso cuyo fin anhelas cada día.
Pero lo tapas. Es más sencillo”
Son renglones. Caracteres inválidos que solo reafirman tu necesidad constante. Tu necesidad de sentir calor, afecto. Tu necesidad de estar acompañade, de sentir que todo tiene que girar a tu alrededor.
Egocentrismo. Ese es el nombre.
Sos egocentrique.
¿Por qué te arrastro a esto?
Pero el miedo... ese que a veces te gusta. Ese cuya adrenalina recorre tus venas cada tanto y lo adorás, querés más. Ese mismo hoy está pateandote la cara.
¿Miedo a qué, querida?
Estos días una pregunta irrumpió mi mente (o mejor dicho me la demolió):
¿Por qué le tenes tanto miedo a la soledad, Carolina?
¿Será porque despierta fantasmas enterrados en el jardín?
¿Será porque una caricia exquisita sacía la necesidad de afecto que te persigue desde la primera vez que tu papá rompió tu castillo de arena y te dijo que no lo jodieras con boludeces?
¿Será que un sexo placentero borra de tu cabeza la noche en la que te forzaron a perder tu virginidad?
¿O será, quizás, porque sabés que vivís en una jaula de la cual no ves salida?

















