En la mente de la muchacha de cabellos rubio ceniza retumbaba una voz, muy diferente a la que en ocasiones recordaba. Sin embargo era la voz de su hermano, siendo poseído por un demonio, del que aún no sabía absolutamente nada.
“Tú no tienes mi sangre, a diferencia de tu hermano, y prepararte ahora para substituirle me supondría mucho trabajo. (…) Así que, joven Conover, permíteme informarme de tu papel en esta historia… Ninguno.”
Había estado a punto de matarla, de haber tenido la oportunidad. Pero una vez más le debía la vida a alguien más. Una joven que acababa de conocer y al hombre que había convencido para salir de la salvaje dimensión con ella.
”Tu madre tenía el mismo don que tú. Pero como ya sabrás, no le fue demasiado útil. Eres mortal, tus poderes están limitados por tus emociones y... Esa es tu perdición.”
Don. Poderes. Tanta información en su mente desde que sus pies habían salido de la perdición para volver a la realidad de donde provenía. Demasiadas cosas desconocidas a su alrededor, aparatos que jamás había visto, gestos o detalles que no lograba entender, y como si eso no fuera suficiente ahora debía sumarle el hecho de que su hermano mayor poseía un espacio oscuro dentro de su mente donde un poderoso demonio podía entrar y manejarlo a su antojo. Más el hecho que ahora Alexander estaba inconciente, con fuertes drogas, hasta que consiguieran una prisión lo suficientemente segura para encerrarlo. Por su propio bien y el de todo el mundo.
Por lo que Skye simplemente no sabía como manejarlo todo. El hombre que la había entrenado intentó sacarla de allí, alejarla de su hermano, pero él era toda su familia, no podía dejarlo. Sin embargo, cada minuto que pasaba sin tener una respuesta hacía que su tensión creciera. No poseía todas las respuestas que quería, que necesitaba, y aquello la enfadaba aún más.
Sin pensarlo demasiado, se escabulló de aquella base militar en la que estaba encerrada desde que salió del portal, sin saber donde se encontraba. Aunque no hacía diferencia, solo algo más que no sabía. La muchacha caminó y caminó por horas, sin rumbo fijo, simplemente adentrándose en lo que parecía ser un bosque. No había nada en él que le recordara a su anterior “hogar” pero necesitaba naturaleza rodeándola para poder respirar. Luego de un tiempo los árboles se abrieron, revelando algo de urbanización, o más bien una estancia con un cartel donde se leían tres letras. Bar. Sus pies estaban cansados y la sed ardía en su garganta, por lo que sin pensarlo demasiado se adentró a aquel sitio.
Rowland River jamás dejaba un trabajo inconcluso, nunca, porque si eso ocurría era él quién sufría las consecuencias y nada había ocurrido. Después de haber estado en aquella dimensión en busca de más incautos humanos para ellos, a Row lo sacaron antes de que terminara su cometido.
"Hay cosas más importantes de las que ocuparse" fueron las únicas palabras que recibió cuando fueron a por él y sin más explicaciones lo dejaron en un calle oscura, camuflado por la noche, en una ciudad en la que nunca había estado pero donde debía pasar desapercibido, hasta que tuvieran para él una nueva orden. Eso podía demorarse días o semanas, o a veces horas, así que Row no tenía nada mejor que hacer que esperar y esperar. Pero como no era él un hombre de gran paciencia decidió que no estaría encerrado en ese motel hasta que quisieran disponer de él; agarró su chaqueta y salió en busca de algo mejor que hacer, aunque solo fuera una copa mientras se reía de los borrachos en cualquier bar de mala muerte. Para encontrar uno de esos no tenía que caminar demasiado, pero se lo tomó con paciencia, dirigiendo sus pasos por las aceras poco alumbradas hasta que vio un antro, sin más cartel que un que ponía "Bar" donde estaba seguro podría estar tranquilo, sin ser molestado, mientras disfrutaba de una cerveza.
Cruzó la calle en dos grandes zancadas y entró, clavando sus ojos en todos los que había allí, con esa cara suya de pocos amigos, pero no le prestó atención a ninguno y fue a sentarse en la esquina más alejada de la barra, sin quitarse la chaqueta. Pidió una cerveza, y apoyó los brazos en el borde de la barra.
La figura femenina había desaparecido detrás de la puerta del baño. Ahora sabiendo que el agua era algo corriente fue a humedecerse la cara y beber un poco del grifo, buscando calmar su sed. Durante un momento sus ojos azules se posaron en el pequeño espejo, maltratado y sucio, pero que pudo reflejar su imagen. Sus cabellos aún desprendían un ligero aroma a shampoo desde aquella mañana, su piel estaba ahora completamente despojada de tierra o sudor. Llevaba ropas nuevas y limpias, que Riley Stevens le había proporcionado. Unos jeans ajustados y una camiseta sin mangas que reveló al quitarse la chaqueta de cuero que vestía. Incluso las botas que llevaba eran nuevas, o al menos no tan viejas como las que solía utilizar ella, le lastimaban los pies pero no había queja alguna de dolor en su rostro. No había nada más que enojo contenido en sus facciones.
Skye envolvió su mano en la precaria toalla que había junto al lavabo, y tras hacerlo impactó su puño en el vidrio que reflejaba su rostro. El ruido fue audible y los trozos cayeron para desintegrarse en el suelo. Ella simplemente se giró, soltando la tela y salió del baño, sosteniendo solo su chaqueta.
—Hey, hey, hey, ¿qué haces? —la voz de uno de los empleados intentó llamar su atención, y se acercó a la puerta del baño para ver como había roto el espejo—. Pagarás por eso —la señaló.
Sin embargo, ella no demostró siquiera haberlo escuchado. Solo tensionó su mandíbula y lo esquivó. Dándole el beneficio de la duda, o simplemente la oportunidad de dejarla en paz antes de romperle la nariz. Skye se sentó en uno de los taburetes, y al alzar la mirada a la pared detrás de la barra, donde había otro espejo, fue un rostro el que la atrapó. Conocía aquel rostro, lo recordaba a la perfección.
—Rubiecita, te estoy hablando —una vez más el hombre le dirigió la palabra, ella ladeó su cabeza, pero solo para observar a Rowland—. ¿Eres sorda? ¿O solo muda?
—Déjame en paz —farfulló ella en voz baja, aún con sus ojos fijos en el joven.
—Pues no lo haré, ¡has destruido parte de mi bar! —exclamó.
Skye Landon Conover aspiró aire lentamente y se bajó del taburete de un salto, enfrentándolo.
Tranquilidad era lo que había buscado Row al acudir a aquel bar donde, por el aspecto, supuso que no iba a haber demasiada clientela y si la había serían en su mayoría hombres que no se acercarían a hablarle. Pero entonces se dio cuenta de que la suerte no le acompañaba al oír voces mientras intentaba disfrutar de la cerveza fría que acaban de servirle. Tenía dos opciones: marcharse o mandar a callar a todo aquel que se atreviera a abrir la boca. Y sabía que lo último lo conseguiría sin demasiado esfuerzo.
Pero un tono de voz que conocía, algo irritante, fue el que más captó su atención. Despegó los ojos de la barra y los alzó para observar la situación, no tardó en reconocer aquel cabello rubio largo y unas piernas envidiables. Una figura que ahora le daba la espalda. O había perdido la cabeza o era posible que ella se encontrara ahora mismo allí de pie enfrentando a un camarero. La situación le parecía algo concorde a lo que la rubia haría pero lo que no terminaba de cuadrar era el lugar donde estaban; después de que ella desapareciera de la cabaña y él de esa dimensión, no había sabido más y la había desechado de sus pensamientos cuando se atrevía a colarse sin permiso. Pero, ¿tenerla ahora ahí delante? Parecía más producto de su imaginación o aburrimiento que algo real.
Como era bastante cauto, o más bien un poco cretino, decidió mantenerse al margen, observando con atención, disimulada, la escena. Apostaba que la joven le iba a partir algún hueso si aquel tipo intentaba tocarla, y sino era la muchacha sería él, porque se mantenía con distancia prudente pero no iba a dejar que le hiciera daño, antes le arrancaba la mano.
Una irónica sonrisa se formó en los labios de Rowland mientras negaba con la cabeza, sintiendo lástima por aquel incauto.
El hombre no pareció asustarse, o sentirse amenazado por la muchacha que era diez centímetros más baja que él. Incluso sonrió de manera burlona, hasta que soltó una risa. Ella lo imitó, forzando a sus comisuras a curvarse hacia arriba.
—Creo que podremos llegar a un acuerdo —dijo entonces el barman.
Skye asintió una vez, frunciendo sus labios y miró de reojo a Rowland, aún sin entender cómo era posible que estuviera allí. ¿La había seguido? ¿La estaba siguiendo? No, descartó aquella opción al recordar la expresión de sorpresa que había visto pasar por su rostro. Era una extraña y curiosa casualidad, si es que tal cosa existía.
—Sí —asintió la de cabello rubio, volviendo al hombre—. Me sirves un trago, o dos, y no me vuelves a dirigir la palabra, mucho menos mirarme, hasta que me aburra y me vaya. ¿Qué te parece? —fingió una sonrisa amable.
—Que no puedo hacer eso —respondió el hombre—, lo siento.
La muchacha aspiró aire lentamente, mientras ambas manos se cerraban con fuerza. No iba a soportar la estupidez de aquel desconocido. Mucho menos en aquella situación donde todo era demasiado para que ella pudiera procesarlo. Tras fingir apartarse para sentarse en el taburete, alzó ambas manos para sostener los hombros masculinos y alzó su rodilla derecha con fuerza cuando la impactó en su entrepierna.
—Perra —soltó sin voz, junto a un quejido el hombre al caer al suelo, sosteniéndose sus partes nobles.
Ella negó, y movió un pie pateándole la boca.
—Perra tu mujer —siseó al apartarse y sentarse finalmente.
La joven Landon intentó que su respiración no se desordenara, y estiró una mano para alcanzar el vaso que sostenía Rowland, intentando ignorar la opresión en su estómago a causa de volver a verlo, como si cada síntoma que había sentido en aquella cabaña amenazara con volver. Skye se llevó el vaso a la boca y bebió lo que contenía rápidamente antes de que él pudiera reaccionar a quitárselo. Luego pasó su lengua por los labios, quitándose cualquier rastro de espuma y lo observó a los ojos, prestando atención alrededor por si alguien se le acercaba por detrás.
A parte del insulto del que se retorcía en el suelo, lo único que se escuchó en el bar fue una carcajada por parte de Row, que observaba asombrado y casi maravillado a la joven que ahora tenía a su lado, dándole un largo trago a su cerveza. Aquello debía ser producto de su imaginación o alguna fantasía, porque era todo demasiado bueno para ser real. No solo volvía a toparse con ella, lo que quería decir que estaba en ese mundo también, sino que encima tenía el privilegio de observarla en una situación así.
Sus ojos se posaron en los de la joven, con el ceño fruncido, mientras se encogía de hombros, sentándose de lado sobre el taburete y dejando uno de sus codos apoyados en el borde de la barra. Solo desvió su mirada de ella un segundo que miró al tipo como se levantaba con algo de trabajo y entonces le dio verdadera lastima, él sabía lo que podía doler un golpe así, pero se lo había ganado.
—Y cuando pensé que huir a hurtadillas era lo máximo que podías hacer.... —farfulló con cierto tono Rowland, elevando una de sus cejas al volver a mirar a la muchacha.
Los ojos azules centelleaban con fuerza, su pelo rubio tenía un brillo especial y parecía tan suave como la seda. No había pasado por alto los pantalones que dejaban poco lugar a la imaginación, sin duda prefería esos a los primeros con los que la había conocido, o la camiseta de tirantes mostrando la piel de sus brazos y lo justo y necesario en el escote. Alguien podría confundirla con un ángel pero aquella criatura debía ser producto del peor de los infiernos, porque era un pecado con todas las letras.
Skye se limitó a no apartar la mirada de los ojos masculinos, casi imaginándose que si la bajaba para observar sus labios o cualquier otro sitio de aquel cuerpo sería literalmente su perdición. Toda la dureza que había construido y toda la furia contenida podrían escabullirse para reemplazarse por aquella sensación que era incapaz de nombrar. Bajó su mano y dejó el vaso, vacío, sobre la barra de manera algo brusca, a propósito. No le faltaban ganas de romper aquel vidrio también y seguir por las botellas que veía desde su posición.
Aún así, no era lo que la muchacha tenía en mente en ese momento. Uno de sus hombros se alzó suavemente, al tiempo que algunos de sus mechones se resbalaban con más facilidad ante la carencia de tierra o suciedad que había en ellos.
—Nos hice un favor a los dos —respondió ella, por lo bajo, refiriéndose a su “huida” de la cabaña, hacía un tiempo.
Sin saber aún como era posible haberlo encontrado una vez más, cuando literalmente había pensado que jamás volvería a verlo tras salir de aquella dimensión, la joven Landon mantuvo su mirada sin querer siquiera parpadear. Quizás era un trozo de su imaginación, su mente podía fallar saturada de tanta información nueva.
—¿No vas a invitarme otro vaso de… eso y contarme cómo estás aquí? —preguntó luego, enarcando apenas una de sus cejas, con curiosidad.
Había intentado no ser tan obvio y contener la sonrisa socarrona que quería colarse en su boca, pero no pudo evitarlo sobre todo por la forma de ser que mostraba la rubia. Aunque aquello de que le había hecho un favor a los dos no le hizo gracia, en su mente tenía muchos tipos de favores para ambos pero nunca que ella se fuera.
—A lo primero voy a llevarte la contraria y a lo segundo puede que también.... —dijo al encogerse de hombros mientras alzaba su mirada, sobre la cabeza de la joven, para clavar los ojos en el camarero que había estado en el suelo.
Lo observó con atención y esa expresión de estar dispuesto a matar al primero que se le acercara y quizá no le sobraba inteligencia pero estaba seguro podría adivinar que le arrancaría cualquier miembro que se atreviera a poner cerca de ella. Sonrió con mucho descaro y movió la cabeza hacia la barra.
—Una cerveza para la señorita —remarcó aquella última palabra después de haber oído como había utilizado aquel término despectivo en su contra, que no le había gustado lo más mínimo. Luego bajó el tono cuando volvió a dirigirse a su compañera.
—¿Cómo tú por aquí? —inquirió con el entrecejo fruncido.
—Creía que la suerte me había sonreído por una vez —contestó Skye sin pensarlo demasiado—, aunque ya no estoy tan segura cuan buena idea haya sido avanzar dentro de ese portal —agregó, siendo demasiado sincera hasta consigo misma.
Pero estaba cansada de pensar demasiado, de tener que aceptar todo lo que sucedía alrededor sin abrir la boca. Tenía derecho de enloquecer y revelarse, aunque sea contra ella misma y lo que Zero le había inculcado desde pequeña.
Sus ojos azules se desviaron por un momento del rostro masculino, no sin dificultad, el magnetismo que no podía entender estaba ahí de nuevo como si nunca se hubiera ido o como si el centro de gravedad se hubiera transformado. Observó entonces el vaso que el hombre había colocado delante de ella con tosquedad, incluso volcando algo de su contenido en la barra. Skye volvió a enarcar una de sus cejas, pero ni siquiera se molestó en observar a quien había golpeado, simplemente alzó la cerveza, sintiendo la humedad en su palma y bebió un trago.
La muchacha repitió la acción al asegurarse que sus labios estaban limpios y ladeó su rostro hacia Rowland.
—Alguien que me encontró y un flujo temporal o como sea que se llame —dijo ella—, así es cómo estoy por aquí —terminó de contar, sin especificar más—, donde sea que sea aquí —miró un momento a los lados.
—¿Y tú? —quiso saber Skye, sentándose de costado también para observarlo mejor.
—No le cuentes eso a cualquiera que pregunte, porque te van a tomar por loca, aquí hay confianza —sonrió sin despegar sus ojos de ella, porque no había nada mejor que mirar allí, ni siquiera al camarero de pocos modales al que tenía ganas de reventarle la cabeza. Así era él, quizá no muy diplomático, pero resolvía sus problemas de la mejor manera que conocía y casi siempre era la fuerza bruta.
—Es mi trabajo, voy y vengo donde me mandan —intentó no decir demasiado, solo lo justo y necesario, porque no estaba mintiendo, estaba siendo sincero con ella. Aún así no había peligro ninguno porque no había dado grandes explicaciones, aunque después de que supiera que tenía algún tipo de poder, estaba seguro que no lo creía normal.
—¿Qué haces sola por aquí? —quiso saber sin reprimir su curiosidad. No le parecía buena idea, no porque pudiera estar en peligro, le había demostrado a él y a cualquiera que estuviera mirando que no tendría problemas para defenderse, sino mas bien porque le parecía una irresponsabilidad lanzarse a la aventura sola a conocer un lugar en el que nunca había estado. Aquella realidad era muy distinta a en la que se habían conocido y había otro tipo de peligros a los monstruos de dos metros.
Detuvo sus pensamientos justo ahí, "¿Qué diablos te importa a ti?" Se dijo a sí mismo sin mucho ánimo.
La mirada que ambos mantenían se interrumpió cuando ella bajó sus ojos para clavarlos en el líquido dentro del vaso, que estaba entre sus manos. Sentía como sus palmas presionaban el vidrio con fuerza, sin siquiera darse cuenta el peligro que suponía si aquella superficie cedía. Aunque en los últimos días había tenido una herida de garras en la pierna y una puñalada en la espalda de la que mágicamente gracias a una sustancia, administrada por otra extraña dentro de aquella base militar en la que había entrado, solo quedaban cicatrices.
—Necesitaba algo de aire —contestó Skye luego de varios segundos, tensionando su mandíbula para luchar contra el nudo en su garganta.
Sus ojos azules se perdieron una vez más, hasta que logró reaccionar ante un ruido detrás de ella que la sobresaltó y la hizo voltearse lista para defenderse. Pero solo era un hombre en una de las mesas que había golpeado la mesa mientras se reía por algún chiste que otro le había contado, o quizás solo estaba demasiado ebrio. Intentando relajarse, la joven Landon aspiró aire y lentamente volvió a sentarse como antes, permitiéndose mirar a Rowland por un momento.
—¿Tienes una idea lo que es estar rodeada de personas que fingen preocuparse por ti sin siquiera conocerte? ¿No conocer nada de lo que hay alrededor? ¿O que tu propio hermano, en contra de su voluntad, intente matarte? —enarcó ambas cejas, su voz no era más que un susurro—. No estoy loca —farfulló, algo desafiante a lo que él había dicho antes.
Fijó su vista en la masculina, con intensidad, aunque luego de unos segundos no pudo evitar finalmente bajar a observar sus labios. No tardó en reaccionar y moverse para beber más cerveza.
Su ceño se frunció y estuvo a punto de levantarse cuando vio a Skye ponerse de pie, creyendo que iba a desaparecer de nuevo, pero se contuvo al ver que solo se había sobresaltado. Dejó ir un largo suspiro y clavó sus ojos en el suelo durante un momento, de nuevo se sentía mal porque ella se sentía mal, y aquello no tenía más explicación para él. No se preocupaba por nadie, se ocupaba de su vida y sus problemas porque tenía suficiente con los propios como para ocuparse de los ajenos, pero le escocía, más que una herida abierta, el hecho de pensar que podía ahogarse en una espiral como la que describían sus palabras, como en la que él vivía.
Rowland alzó un dedo con rapidez en cuanto ella comentó ofendida que no estaba loca.
—No dije que estuvieras loca, dije que podrían pensar que lo estás. Aquí la gente se denomina normal sus vidas tiene un principio y un final, algunas de ellas vacías en el proceso. Se denominan normales porque no son capaces de curar una herida como algunos de los nosotros sabemos que sí; se denominan normales porque no tiene la ventaja de desplazarse como ello —ante aquello se permitió medio sonreír—, son muchas veces peores que los monstruos que conocemos, pero son normales. Tú no eres normal, tu vida no ha sido normal y a cualquiera que le cuentes la mitad de tus recuerdos te tomará por loca. A eso me refería —explicó mientras posaba la vista en sus ojos y humedecía sus labios.
—Mi consejo es que no hables con mucha gente, no sino los conoces —susurró encogiéndose de hombros y alzando las cejas—. Conmigo puedes estar tranquila, no voy a fingir conocerte, ni voy a intentar matarte, ni me voy a preocupar por ti, rubia —comentó frunciendo sus labios con un gesto forzado para intentar relajar un poco el ambiente tenso que se había extendido entre ambos.
Skye había oído cada una de sus palabras con detenimiento, no solo se había atrevido a observarlo de nuevo sino que había dejado que su mirada se intercalara entre los ojos masculinos y su boca, asegurándose que lo que oía realmente salía de allí al leerle los labios.
La última palabra que utilizó para llamarla hizo que inconcientemente una sonrisa diminuta curvara sus comisuras, dándole un tono más cálido a su rostro de expresión vacía y dura. Estaba acostumbrada a que le dijeran así, sin diminutivos, sin ironías o ningún otra cosa oculta, a diferencia del hombre al que había golpeado hacía minutos. Aún cuando hubiera jurado que odiaba que la llamaran rubia, o cualquier otra palabra indicando su apariencia física, se sintió un poco más cómoda.
—Skye —articuló en voz baja, cuando su sonrisa desapareció de sus labios y lo observó a los ojos—, ese es mi nombre, o al menos lo fue alguna vez.
Tras bajar la vista a su propia mano derecha, la muchacha la extendió hacia Rowland en el gesto que recordaba que se utilizaba para presentarse o saludar. Sabía que sería algo inútil entre ellos en ese momento, pero lo creyó necesario, aún si no tenía aquellos modales incorporados.
—Quieres decir que… ¿hay personas que viven sin saber el infierno que existe? —preguntó luego, completamente incrédula ante la estupidez o la ignorancia de las personas si era cierto.
Al ver como ella extendía su mano, Row no tardo en reaccionar e hizo lo mismo, pero esta vez trató de ser menos brusco, al apretar con cuidado entre sus dedos, los de la muchacha que se había presentado como Skye. Lo que le hizo sonreír con mayor soltura y no se cortó de abrir los ojos; era algo irónico después de que él descartara la idea de que podía parecer un ángel, y que debía venir del infierno, cuando su nombre decía todo lo contrario.
Soltó su mano con lentitud, deslizando las yemas de sus dedos por su piel, que era aún más suave de lo que la recordaba.
—Los humanos creen que son la fuerza más superior de su mundo, Skye —pronunció con atención—, así que no dan cabida a otro tipo de vida. Creen en el Infierno, como lugar donde van las almas que no han sido buenas —al utilizar aquella palabra entornó su mirada—, y creen en el cielo y en Dios, aunque no todos. Después hay algunos que saben que existe el infierno y que sus criaturas se entremezclan con ellos; esos son una pequeña minoría. Por eso es mejor que reveles nada a quién no conozcas y si yo fuera tú tampoco a quién conozcas. En este mundo no habrá bestias llenas de pelo que midan más de dos metros, pero las hay camufladas y son las peores; no sabes quién podría querer utilizar todo lo que tú sabes para su propio beneficio —admitió con sinceridad, dejando entre ver su gran desconfianza a todo ser que caminara sobre dos piernas. Cualquiera podría ser otra cosa completamente distinta a la que mostraba.
—¿Dónde te estás quedando ahora? —preguntó curioso entonces.
La mirada azulada en los ojos femeninos se oscureció aún sin cambiar de color, como si algo en ella, interiormente, se hundió más en las sombras que guardaba al oír el camino que había tomado la voz masculina al aconsejarle aquello.
Demasiado tarde, pensó y tensionó su mandíbula. Sin embargo, no podía evitar haber confiado en su hermano mayor, no podía evitar aún hacerlo, aunque desconfiaba en el demonio que estaba dentro de él. ¿Había una diferencia? ¿Había sido realmente su hermano? ¿Y si solo había sido aquella criatura oscura la responsable de la gran actuación? ¿Qué si Alexander nunca había estado con ella?
Una vez más, Skye mordió con fuerza, así tensionando su mandíbula y haciéndola ligeramente visible. Sin responder aún la última pregunta bebió todo el contenido del vaso, mordiéndose el labio inferior con sus dientes al esconderlo debajo del superior, como solía hacer, en vez de limpiarlos con su lengua.
—Lo tendré en mente —contestó a todo el discurso de Rowland, sin ningún ánimo que no se preocupó en disimular.
Se pensó en qué contestar a la pregunta. Había huido de la base, literalmente, estaba siendo infantil o más bien cobarde y lo sabía. Pero realmente necesitaba un respiro y oxigenar sus ideas antes de siquiera pensar en volver. No sabía tampoco si tendría demasiado tiempo de tranquilidad sin que alguien saliera a buscarla. Y por alguien se refería a Zero.
—Ahora mismo aquí —se encogió de hombros apenas—, no lo sé —respondió más sincera y aspiró aire antes de observarlo—. ¿Tú? ¿Algún trabajo por aquí? —quiso saber, curiosa.
—¿Ahora mismo aquí? —inquirió entonces abriendo mucho los ojos a la vez que alzaba las cejas—. Nunca lo hubiera imaginado... —farfulló exagerando un poco antes de sonreír con sorna, una esas sonrisas que era las que mas esbozaba.
Donde fuera que se estuviera quedando Skye, no era un lugar donde quería estar, visto y comprobado al encontrar allí en uno de los peores bares que podría haber elegido. Su orientación no era tan buena como entre los árboles.
—De momento no, solo espero mi siguiente trabajo —comentó cuando se levantó del banquete para soltar un par de billetes encima de la barra que cubrirían su cerveza y la que había pedido para la joven. Le lanzó una mirada a todo el local, para cerciorarse de que todo seguía igual que cuando había entrado. Rowland no tenía muchos enemigos, pero tampoco amigos, así que siempre esperaba encontrarse un problema al girar la esquina, aunque no le preocupaban en exceso. Fijo su mirada en Skye y por un segundo sopesó la posibilidad de dejarla ahí, por un segundo muy corto porque ni borracho la dejaría en la boca del lobo.
—No puedes estar aquí toda la noche y si sigues bebiendo alguno de los buitres que hay por aquí aprovecharan para acercarse a la más mínima oportunidad —posó una mano en la espalda de la muchacha para animarla a que se levantara y se pusiera en movimiento, y de paso tomarse alguna que otra confianza a ojos de extraños. Mientras él estuviera con ella, ningún baboso conseguiría acercarse.
El cuerpo femenino respondió rápidamente a aquel contacto, porque sin que ella pudiera pensarlo o procesar que él había puesto su mano en su espalda, sus pies ya estaban en el suelo cuando abandonó el taburete.
—¿Tienes un lugar mejor en el que estar? —preguntó Skye al observarlo mientras comenzaba a avanzar.
Sus ojos se desviaron de Rowland para indagar el resto del bar al cruzarlo, asegurándose de que nadie se le acercaba. Aunque recibió demasiadas miradas que la asquearon, y pusieron a prueba a su autocontrol de no abalanzarse a golpearlos solo porque la observaban así, no se detuvo y empujó la puerta con fuerza para sostenerla hasta que su acompañante saliera también.
Afuera, el aire fresco y liviano volvió a sorprenderla. Sus pulmones acostumbrados a la densidad del oxígeno en la dimensión salvaje ardían tenuemente ante la facilidad en el que ingresaba aquel aire. Pero se sentía bien. Respiró hondo y se colocó la chaqueta, echando su cabello hacia atrás luego, buscando la mirada del joven. Sin embargo, al no saber el exacto punto en el que observar encontró la línea de la mandíbula masculina y como se delineaba ante aquella luz de la luna, como la iluminación generaba algunas sombras en sus facciones y aún podía ver el lunar en su pómulo o cuan azules eran sus ojos.
Skye carraspeó de manera inaudible y se cruzó de brazos.
—¿Conoces este lugar? —preguntó, no refiriéndose al bar sino a la cuidad o lo que sea en donde estuvieran.
—Cualquier lugar es mejor que este que elegiste —dijo sin cortarse lo más mínimo al soltar una pequeña carcajada cuando ambos estuvieron fuera del bar. Llevó sus ojos hacia ambos lados de la calle y ni podía verse transeúnte alguno ni ningún coche circular, y aparte de porque era tarde, estaba seguro que no era un lugar muy concurrido.
—Me estoy quedando en un motel a un par de calles más abajo —señaló con una de sus manos por dónde había venido antes de atraerla hacia uno de los bolsillos de la chaqueta, haciendo lo mismo con la otra.
—Nunca antes había estado, pero casi todas las ciudades son iguales —susurró cuando comenzó a andar y se mantuvo junto a Skye, caminando con paso tranquilo.
Él viajaba bastante, era casi como un empresario, pero descartando hoteles de lujo y aviones privados, pensiones modestas para mantener con un perfil bajo era todo lo que podía conseguir. Aunque la mayoría de las veces lo prefería, podía disfrutar de tranquilidad sencilla, cuando no estaba ocupado.
No sabía muy bien porqué sus pies seguían los pasos de Rowland, a su lado, dirigiéndose al parecer al sitio donde él se hospedaba; pero no tenía la menor idea de a dónde ir. Seguía sin conocer a aquel joven, pero en ese momento era el “aire” que parecía necesitar. No se empeñaba por asegurarle que todo iría bien, o sin razón alguna hacerle creer que confiaba confiar en ella o preocuparse sin conocerla como las dos figuras femeninas dentro de la base lo habían hecho.
Aún con la extraña sensación en su estómago de ansiedad y sus músculos tensos por ese algo invisible que se había creado entre ellos, sentía que no debía rendirle ninguna cuenta, y él no esperaba nada de él, ni siquiera que no enloqueciera y le pateara la cabeza a un idiota. Y eso, en ese momento era lo que necesitaba.
—¿Conoces muchas cuidades? —inquirió luego, encogiéndose levemente de hombros, aún con sus brazos cruzados.
Ladeó su rostro para observarlo, aunque intercalaba su mirada con el suelo y los alrededores, sin confiarse ni siquiera en ninguna piedra de aquella realidad completamente desconocida. El espacio al aire libre era relajante, pero se sentía desamparada, porque allí el silencio no avecinaba criaturas atroces, sino que no sabía lo que podía aparecer.
Rowland giró su barbilla para mirar a Skye después de su pregunta y se encogió de hombros, desviando una mueca en su boca hacia una de sus comisuras.
—Demasiadas —farfulló con pesadez. Demasiadas para su gusto y a ninguna podía llamar hogar; no recordaba la última vez que había pasado más de un mes en un lugar y nunca se había acostumbrado a ver la misma gente. Le gustaba tener la oportunidad de ir allí y acá sin ninguna responsabilidad más, pero también anhelaba la posibilidad de tener un lugar al que volver, un lugar al que llamar casa. Pero de nuevo era la parte de él que escondía, sus sentimientos o deseos era algo en lo que no le gustaba pensar.
—En todas hay mucha gente, rodeada de mucha más gente —movió la cabeza hacia ambos lados al resoplar—. ¿Tú vas a quedarte aquí algún tiempo? ¿Qué planes tienen para ti? —inquirió con algo de ironía mirándola de reojo al llevar sus ojos hacia delante durante un momento.
El entrecejo de la muchacha se frunció, otorgándole algunas arrugas a la piel de su frente. Había percibido el tono de pesadumbre con el que Rowland había respondido y sintió más curiosidad aún y extrañamente como el magnetismo se marcaba aún más, haciéndole más difícil mantener distancia. No entendió por qué se sintió mal por oír ese tono y ver su expresión algo amarga, no tenía demasiado sentido a sus ojos azules.
Skye se humedeció los labios y cuando dirigió la mirada hacia delante, como él lo hizo, mordió su labio inferior con algo de fuerza al sopesar una respuesta a alguna de aquellas preguntas. No lo sabía. La incertidumbre le añadió un pesar a su pecho, por lo que aspiró aire de manera audible y lenta por su nariz. Finalmente movió su rostro apenas para mirarlo un momento antes de bajar sus ojos al suelo que pisaba.
—Me quedaré aquí por algún tiempo, sí —contestó aunque no sabía cuánto podía afirmarlo—. No tengo ningún otro lugar al que ir, realmente —admitió encogiendo sus hombros una vez más cuando cruzó sus brazos con más fuerza—. En cuanto a los planes… esa pregunta se mantendrá sin respuesta hasta nuevo aviso. Nadie tiene planes para mí, nadie más que yo, pero sí hay algo que debo pensar y… ver qué hacer —asintió al pensar en todo el problema con su hermano.
—Ah cierto..... —susurró asintiendo con los labios unidos en una línea—, tomas tus propias decisiones, tus propias malas decisiones —dijo antes de sonreír y guiñarle un ojo mientras movía un poco sus codos, despegándolos de su cuerpo, por tener las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Bueno al menos no me aburriré mientra esté aquí, rubia —susurro Row ensanchando una sonrisa y elevando las cejas un par de veces—. Porque esto es mucho más aburrido que el otro lado, sin monstruos peludos y cubos con astillas —chasqueo la lengua antes de llenar sus pulmones de aire, que traía olor a humo, fresco y un suave deje del olor que en seguida reconoció como el de la joven. A pesar de que era algo distinto, tenía esa sensación de calidez como en la cabaña donde lo había tenido bajo su nariz.
Los pasos lentos, aunque sin pausa, los llevaron hasta estar frente al motel donde se estaba quedando Rowland. Cruzaron la calle, sin ningún coche, y él entró primero, aguantando la puerta con su espalda para que la muchacha pasara. El hombre que estaba tras la ventana cubierta por un cristal, despegó los ojos de una ruidosa televisión para ver quién era, y por supuesto Row le devolvió la mirada, sin ningún tipo de expresión en sus ojos claros.
Skye aceptó la invitación, no sin ignorar la cantidad de sensaciones que la atacaban sin permiso alguno. Adentrarse en aquel sitio desconocido, con aquel joven, le daba ansiedad, aunque no la inspiraba a salir corriendo. Quizás eso era lo que más la perturbaba, el no sentir el instinto a alejarse.
Una vez dentro la muchacha se descruzó los brazos, colocándolo a ambos lados de su cuerpo, y una de sus manos se cerró, acariciando con sus dedos la zona en que aquella vez se había clavado la astilla, conteniendo a sus labios a curvarse en una sonrisa. Sus ojos azulados se pasearon por el cuarto, observando la cama, el mueble con un televisor, una mesa con dos sillas, una improvisada cocina con un pequeño refrigerador y una puerta al fondo donde estaba el baño. Las paredes estaban empapeladas con un color opaco, que la iluminación del foco en el techo o de la lámpara junto a la cama no parecían aclarar.
—Malas decisiones —repitió en voz baja—. Sí, porque ya no soporto tomar decisiones según sean mejor para mis probabilidades de supervivencia. De todas maneras, da igual. Como has dicho, aquí no hay monstruos peludos, aquí hay demonios que poseen personas y te lanzan por los aires —se encogió de hombros—, nada muy diferente a lo que había allí.
No mencionó el hecho de que antes jamás un demonio había logrado influir de aquella manera en ella. Sin dificultad alguna había intentado ahogarla, y la había arrojado como muñeca de trapo de un lado a otro. Quizás era algo de aquella dimensión, quizás allí lo que fuera que impedía a los seres de ojos negros utilizar sus poderes en ella no funcionaba.
—¿Hace mucho te quedas aquí? —preguntó Skye al rondar un poco por la habitación, quitándose la chaqueta ya que el cambio de temperatura hizo que sintiera de más aquella tela de cuero.
—Allá tú, pero que llegues a este nuevo mundo y te mueras por incauta sin conocerlo, es una estupidez... —dijo al tiempo que bufaba y cerraba la puerta una vez que ambos estuvieron dentro de su habitación, dejando atrás el oscuro pasillo.
Rowland imitó a Skye y se quitó la chaqueta con un movimiento rápido de sus hombros para dejarla sobre una de las sillas, mientras se dirigía a encender las dos lamparitas que había en las mesillas de noche, para que hubiera algo más de luz. Aunque comparado con dónde se habían conocido, solo con la que entraba por la ventana, había más luz que la que daban las velas.
—Llevo un par de días —comentó al girarse y buscar la figura de la muchacha que se movía por la habitación.
Sin chaqueta volvía a estar mejor y sin duda aquel cuarto lúgubre de ese motel barato se quedaba sin su atención si ella circulaba por allí. Era como un imán, sus ojos querían fijarse en cada parte de su cuerpo, su pelo, sus manos, sus piernas y como la ropa que llevaba le hacía algo más de justicia; su rostro, sus mejillas, su nariz y sus labios, que por últimos no menos importantes.
Ella asintió lentamente, aún divagando su mirada por el lugar, hasta que sus pasos que la movían la llevaron a encontrarse con la figura masculina, no muy lejos. Percibió la manera en que la estaba observando, y aunque podía captar que probablemente no había una parte de ella que Rowland no había mirado en ese momento, no sintió tantos deseos de golpearlo como a los hombres ebrios del bar.
No quitaba el hecho de que la muchacha se sentía algo incómoda con la mirada profunda del joven sobre ella y como la hacía sentir, porque se sentía confundida y con aquella sensación en su abdomen, como un cosquilleo. Por consiguiente, por ser algo desconocido que no sabía como manejar, sentía molestia.
Skye dejó la chaqueta sobre la otra silla, al dar unos pasos para acercarse y carraspeó de manera inaudible al colocarse el cabello detrás de la oreja. Tal vez no había sido tan buena idea encerrarse con aquel joven, sin tener escapatoria. Allí no tendría posibilidad a que él fuera por agua y entonces salir corriendo, y robarle comida. Contuvo una sonrisa al recordar lo último, algo divertida.
—No lo sé, me gusta explorar por mi cuenta —contestó a lo que había dicho él.
Sus ojos entonces se alzaron lentamente desde la chaqueta que había colgado, observando más allá a donde estaba Rowland de pie. Observó los jeans que llevaba, luego como la chaqueta había descubierto una camiseta de mangas cortas que marcaba sus pectorales y descubría sus firmes brazos. O debían serlos, recordaba cuán fuerte la había sostenido, no se imaginaba cuánta fuerza cabía en ellos. Siguió ascendiendo por su cuello, su mandíbula, sus labios, su nariz hasta sus ojos donde se detuvo.
Ante el comentario de la joven, Rowland esbozó una sonrisa mientras movía su barbilla en sentido afirmativo. Quiso soltar alguna carcajada, incluso un comentario gracioso, de los suyos que tocaban la moral, pero estaba demasiado ocupado con Skye y sobre todo con la forma que sus ojos le devolvían la mirada.
Dio un par de pasos, con mucha parsimonia antes de detenerse, cruzándose de brazos, observándola. No siempre tenía la suerte de toparse con una mujer así dos veces, a decir verdad no siempre tenía la suerte de toparse con alguna mujer así a la que no tuviera que matar. Sus víctimas eran parte de su trabajo, aunque no siempre las matara, y no había demasiadas chicas con ese encanto natural, la mayoría se trataba de soldados insurrectos, desertores o enemigos que no suponían demasiados problemas, pero mucho menos muertos. Y como Rowland era un joven que sabía aprovechar las oportunidades del destino (aquella debía ser el mejor regalo del karma que podría tener en toda su vida) no pensaba esperar a ver como la muchacha salía corriendo de nuevo.
—Eso es estúpido y arriesgado —susurró en un tono bajo y casi tosco, mientras apretaba la mandíbula cuando tragó saliva. Se permitió otro vistazo, pero más rápido a la figura de la joven que estaba a un par de metros de distancia de él, justo cuando avanzó tres pasos más.
La muchacha lo observó acercarse y pensó en retroceder un paso, pero no lo hizo. Se plantó firme en el lugar, colando sus manos en los bolsillos traseros de sus jeans cuando encogió ligeramente sus hombros.
—La vida no me ha dado demasiadas opciones —replicó Skye, alzando su mentón para no interrumpir sus miradas.
Su voz había sonado algo apagada, pero no intentaba generar pena. Sabía que las cosas habían sucedido y nada podía hacer para cambiar lo que ya estaba escrito. Su madre la había enviado, por accidente, a una dimensión perdida donde unas personas la encontraron y la salvaron antes de que la brutalidad suelta devorara a una niña pequeña. Allí todo había sido duro, golpe tras golpe, perdió a tres de las personas que la habían protegido, siendo una de esas pérdidas la que más le dio. Luego era solo ella y el hombre que se esmeró en convertirla en una roca fría, guiada solo por instinto.
Zero había hecho buen trabajo, hasta que su hermano mayor apareció para desestabilizar cada muralla que había construido. Confió en él sin pensarlo, porque lo sentía en su corazón, porque la llamó Skye como jamás nadie lo había hecho allí. Pero al volver, en seguida las cosas se habían tornado oscuras. La vida no parecía tener ánimos de sonreírle.
—No te las ha dado a ti tampoco, ¿verdad? —susurró con tono calmo, mientras su entrecejo se fruncía levemente.
No buscaba que tomara a mal aquel comentario, sino todo lo contrario. Por alguna razón sabía que entendía lo que ella sentía. Si bien habrían vivido cosas diferentes, cada uno a su manera parecía haberse endurecido para evitar el dolo, para sobrevivir.