Capitulo 7 - ecos del abismo
El ambiente en la sala era denso, como si el aire se hubiera llenado de plomo. Asta estaba sentado, en silencio, con una venda fresca cubriendo su hombro herido. Zoé se mantenía a su lado, sin despegarse.
En ese momento, Marinette y Adrien entraron rápidamente a la casa. Marinette caminó directo hacia Asta, notando su estado. Adrien se quedó unos pasos atrás, confundido.
Adrien (mirando la venda): —¿Qué le pasó a Asta? ¿Otra pelea?
Marinette (seria): —No fue una pelea. Fue una advertencia.
Adrien (mirando alrededor): —¿Una advertencia? ¿De quién?
Zoé apretó los dientes. Bajó la mirada un instante y luego lo enfrentó.
Zoé: —Adrien... fue Zenón Zogratis. Apareció aquí. No para atacar. Solo para... para jugar con Asta. Para hacerlo sufrir.
Adrien (incrédulo): —¿Jugó con él? ¿A qué te refieres?
Zoé miró su taza temblando en sus manos, y luego, con voz rota pero firme, dijo:
Zoé: —Lo que le pasó a Asta en el hombro… fue por mí.
Adrien frunció el ceño.
Adrien: —¿Qué? ¿Cómo que por ti?
Zoé (mirándolo directo): —Zenón lanzó una lanza de hueso... justo hacia mí. Asta supo que él lo haría. Se interpuso a propósito, sabiendo que iba a ser herido.
Adrien (con los ojos abiertos): —¿Él… se dejó herir?
Zoé (voz baja): —Sí. Lo hizo sin pensarlo dos veces.
Un silencio incómodo se apoderó del lugar. Adrien no supo qué decir.
Marinette (voz firme): —Eso es lo que hace Asta. Siempre ha cargado con el dolor de los demás sin quejarse.
Adrien: —Pero… ¿Zenón solo vino a lastimarlo emocionalmente?
Marinette (seria): —Sí. Zenón no quiere matarlo aún. Quiere romperlo. Poco a poco.
Adrien apretó los puños.
Adrien: —Eso es monstruoso…
Asta alzó apenas la mirada hacia Adrien, con una débil sonrisa.
Asta: —No te preocupes. Estoy acostumbrado… pero esta vez… no quiero proteger solo con fuerza. Quiero ser más fuerte… para que nadie más tenga que ser herido por mi culpa.
Zoé tomó su mano con cuidado.
Zoé: —Y no estarás solo, Asta. Esta vez… no.
En otro lugar
En lo alto de una gárgola, bajo la sombra de la luna parisina, Zenón Zogratis observaba sin ser detectado. Su rostro mostraba su característica frialdad, pero en sus ojos brillaba una malicia silenciosa.
Zenón (en voz baja): —Primero te arrebataré la seguridad… luego la esperanza. Hasta que no quede nada, Asta.
Desde esa altura, su mirada se posó en distintos puntos de la ciudad:
Marinette, saliendo de la panadería con una sonrisa, ajena al peligro que la observaba.
Adrien, entrenando con su bastón en el parque, con un aire de confianza.
Zoé, caminando sola de regreso a casa, visiblemente preocupada por Asta.
Zenón entrecerró los ojos.
Zenón: —Tantas personas que te importan… ¿cuál sufrirá primero?
Una lanza de hueso surgió de su mano, pero no la lanzó. Solo la sostuvo unos segundos… antes de hacerla desaparecer con un susurro.
Zenón: —No aún. Sería demasiado fácil.
Giró la cabeza hacia una nueva figura que acababa de llegar a la ciudad. Una chica con cabello oscuro, mirada decidida… Kagami. Zenón sonrió de lado.
Zenón: —Oh… otra más que parece tener un lazo con tus nuevos aliados.
Con un gesto, su cuerpo se desvaneció como cenizas flotando en el aire. Pero sus palabras quedaron flotando en la noche:
> —Te observaré, Asta. Cada persona que te importe… será una ficha en mi juego.
Al día siguiente, la tranquilidad en la ciudad era solo aparente.
Zoé, al despertar, notó algo inquietante. En la pared de su cuarto, justo al lado de la ventana, había un mensaje tallado con precisión inhumana en el cristal:
> “¿Hasta dónde llegarías para protegerlos, Asta?”
Su rostro se volvió pálido. Corrió hacia el sofá donde Asta dormía recuperándose, sudando levemente por la fiebre de su herida.
Zoé (susurrando): —¿Cómo entró?… ¿Cuándo?
Asta se despertó, sobresaltado. Su ojo izquierdo —el demoníaco— brilló brevemente.
Asta (levantándose con esfuerzo): —Él estuvo aquí… ¿te hizo algo?
Zoé: —No. Solo dejó eso. Asta, tiene acceso a esta casa… a nuestras vidas.
Asta apretó los dientes. El sudor se convirtió en furia.
Asta: —Zenón no va a tocarte. No a ti. No a nadie más.
En la escuela, Marinette abría su casillero cuando una pluma negra cayó de él. Una sola. Y debajo, una nota que no reconocía:
> “Ladybug. Te estás acercando a alguien maldito. El precio será tu esperanza.”
Ella tragó saliva, temblando. Alzó la vista, y aunque no vio a nadie sospechoso… sintió que algo —alguien— la observaba.
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En la tarde, Adrien practicaba esgrima con Kagami en los jardines de la academia. Cuando regresó a su bolso, encontró una pequeña figura de hueso… idéntica a Asta, con una lanza de hueso traspasando su hombro izquierdo.
Adrien (serio): —¿Qué diablos…?
Kagami (mirando la figura): —Esto no es una broma. Es una advertencia.
Esa noche, Asta se sentó en la azotea de la casa, con Zanma envainada a su lado. Liebe apareció en su hombro, en su forma chibi, frunciendo el ceño.
Liebe: —Él no ha terminado contigo. Está jugando, Asta… como lo hizo con otros en nuestro mundo.
Asta: —Lo sé. Pero esta vez… no permitiré que gane. No en este mundo.
Un trueno resonó a lo lejos, mientras el ojo demoníaco de Asta se encendía en rojo, como una llama viva.









