Eran fotografías hermosas, recuerdos de su vida. Todo era blanco y negro en las ya gastadas y dobladas imágenes mientras un poco nerviosa las iba acomodando una por una entre el delgado plástico y el extraño papel adherente del álbum destinado para eso: para mantener en orden y protegidos los recuerdos que se habían quedado congelados gracias a la magia de una cámara fotográfica. Magia pura, y sin embargo cuando veía esos trozos de su vida hechos papel podía recordar mucho más, todo a color como lo vivió hace 70, 60, 50 años, recuerdos tan antiguos de momentos tan dichosos en su vida.
Algunas fotos de su infancia. Pocas. Naturales. Rodeada de sus hermanos y primos en aquel arroyo en el que pasaban los días de sol nadando hasta que sus madres los sacaban casi a rastras del agua. Otras de su graduación de secundaria; todos recuerdos dichosos pero no tanto como los que llegarían después, el día que el amor le llegó de golpe y no le dio tiempo de escapar de él.
La mejor parte de sus recuerdos, de su vida, de su historia. Todos al lado de ese hombre que le robó un suspiro, un beso y el corazón. Ya no recordaba en qué orden pero todo seguía ahí, en sus fotografías. La mirada de su amor, la sonrisa de ella siempre presente desde que lo conoció aquella tarde al salir del colegio. Nunca dejó de sonreír y de ser feliz desde ese entonces. Había días en que le dolían las mejillas de tanto reír. Porque la felicidad duele así, en la cara, y se notaba en cada imagen que una a una iba guardando en ese álbum nuevo, perfecto.
Eligió las mejores fotografías. Las fue quitando de los marcos en las pareces de su casa, de los que adornaban su vitrina, sus mesitas en la sala, el buró al lado de su cama, esa era la fotografía que más amaba, ella y él, aún jóvenes, con tantos sueños en los ojos, con tanta energía para vivirlos. Y lo habían logrado, pasaron felices 72 años, juntos, de la mano, sin importar los obstáculos y los días malos que fueron muchos. Pero nunca comparados con los días en los que para ellos brilló el sol sobre sus rostros. Ella y él, él y ella, en cada fotografía, hombro con hombro peleando en el mismo equipo; los dos contra el mundo.
No había imágenes con hijos, porque nunca llegaron y pronto se conformaron con ser solo dos, eso bastaba. Su amor era tan inmenso que hubieran podido compartirlo fácilmente con veinte niños con los ojos de ella y la sonrisa de él, pero Dios no los envió a sus vidas y lo aceptaron porque así tuvieron tiempo para amarse sin prisas, para despertar tarde, para dormir cuando fuera y hacer el amor en cualquier parte de la casa; y luego con los años esa complicidad de dos y solo dos les permitió pasar las tardes viendo su jardín, esperando que todo floreciera en primavera y ver las hojas caer en el otoño. Y entrada la noche, cubiertos con una manta, tomaban café aunque les robara el sueño, ¿para qué soñar si vivían en uno y estaban juntos?
Si hubiera tenido una fotografía por cada momento feliz no habría espacio suficiente en todos los álbumes de la tienda, esa tienda en la que se encontraba colocando cuidadosamente pero con prisa sus mejores recuerdos, mientras esperaba que llegara a las manos correctas. Que quien comprara ese álbum creyendo que era nuevo llevara a su hogar los recuerdos más felices de esa mujer y ese hombre que se amaron tanto.
Esa tarde pensaba morir, porque hacía una semana que él había partido, ese fue el trato: él moriría y ella tendría el tiempo justo para el sepelio y para preparar también el suyo. Donar todo, nada material importaba ya. Lo planearon por años, cada detalle, y ya era el momento. Sabía que su pecho dejaría de latir esa tarde porque ya no quería seguir un día más lejos de su hombre, él la esperaba cerca, lo podía sentir, no se había ido porque tenían un trato. Todo estaba listo, menos sus recuerdos, no tenían hijos o nietos para que los conservaran, y nunca pensó en eso antes, por raro que pareciera fue algo que se le escapó dentro de su plan perfecto y ahora estaba ahí, a las 4:00 de la tarde, colocando las fotografías que estuvieron en su hogar por tantas décadas en un álbum que algún desconocido compraría. Fue la mejor idea, no tenía tiempo. Él la esperaba, y ella quería irse ya. Así lo hizo, esa misma tarde, en su casa, a eso de las 6:00, cerró sus ojos para siempre y lo encontró ahí, esperándola, frente a ella, sonriendo, justo como había prometido.
Varios días después, antes de que la tienda abriera al público, una empleada, una chica de ojos tristes se topó con el álbum que pesaba más que el resto mientras los ordenaba. Algo la hizo abrirlo, un instinto, una fuerza quizás. Se topó con ese extraño acontecimiento, seguro alguien devolvió el álbum y sin darse cuenta dejaron las fotografías, pensó. Quizás ella sería un día tan feliz como la pareja que sonreía en cada imagen en blanco y negro. Decidió comprarlo, haciendo uso del descuento de empleados del 10% lo llevó a su casa, y cada tarde mientras descansaba imaginaba nombres para la feliz pareja. Cada día pensaba en una historia diferente para ellos, todas eran felices, eso nunca variaba.
Pero en la historia real, esa que la muchacha de ojos tristes no conocía, el final fue de cuento, porque esos amantes a blanco y negro que conoció en fotografías tuvieron una larga vida a color y de verdad vivieron felices, muy, muy felices para siempre.
-CYNTHIA J. MUÑOZ (5 de marzo, 2020)
Nota 1: Tomé prestadas las fotografías del baúl de fotos de mi abuelita, fueron y son familiares muy queridos, y ahora me ayudan a ilustrar mi relato.
Nota 2: Hace aproximadamente quince años trabajé en una tienda departamental en California y una mañana encontré un álbum con fotos antiguas, de ahí surgió la idea, aunque no compré ese álbum porque yo era una muchacha de ojos tristes muy, muy pobre, este es un homenaje dirigido a quien quiera que fuera él o la dueña de esas fotografías, y esta es la historia que elijo para ellos.