Tiene como cinco universos que quiero compartirles esta entrada, pero me emocioné tanto que una simple idea se fue transformando poco a poco en algo cada vez más extenso. Lo bonito de hacer semiosis.
Todo comenzó un Throwback Thursday en Instagram. La intención era ¡presumirles! subir una selfie a mi perfil con la playera de uno de los personajes más emblemáticos de las series animadas del siglo pasado. Luego se me ocurrió googlear algunos datos para hacer más pro el asunto y llegué al meollo de la animación en stop motion para la televisión. Mi mero mole.
Y como no hay combinación más explotada hoy en día que la televisión y lo freak-geek-mainstream, hablemos entonces de A Gumby Adventure o Gomosito, como prefieran.
Esta caricatura revela más que una simple pulcritud en el manejo del stop motion, también es una ventana que nos permite conocer un sistema de valores construidos y reforzados en formato serie para un público infantil de los lejanos años cincuenta. ¿Entonces por qué es pertinente retomarla? La técnica con la que está hecha Gumby, no solo significó la innovación y la modernidad en la pantalla a finales de los 50, además, representa la estructura clásica del relato animado que incluso podemos encontrar actualmente en series como Adventure Time o Regular Show, con muchísimos más matices, por supuesto.
Antes de continuar, échenle un vistazo al primer ejercicio que llevó a cabo Art Clokey, creador de la serie, con la técnica de stop motion. Gumbasia es considerado el primer cortometraje que logró articular una serie de figuras de pastilina, los movimientos propios del videoclip y el jazz en un producto totalmente armonizado.
¿Qué tal, eh? El talento de Art Clokey comenzó a moldearse desde los primeros años de la década de los treinta, cuando él y su mejor amigo eran niños y disfrutaban formando bloques custodiados por soldados hechos con plastilina. Después de la muerte de su padre, Art fue adoptado por el profesor Joseph Clokey quien le regaló su primer videocámara con la cual registró gran parte de sus “aventuras”. Finalmente, su mayor influencia llegó durante su etapa universitaria en la University of Southern California donde conoció al profesor Slavko Vorkapich, un inmigrante de Yugoslavia, de quien aprendió los principios de la cinestésica para la animación.
“He turned my head around at USC as far as motion pictures are concerned,” Art Clokey.
Gracias a la relación tan cercana de Art con el profesor, tuvo la oportunidad de presentar Gumbasia ante el escritor y productor Sam Engel y frente a un auditorio de cien personas, aproximadamente. El productor quedó maravillado con el trabajo de Art y encargó un capítulo piloto específicamente para un programa infantil.
‘Art, that is the most exciting film I have ever seen in my life. We’ve got to go into business together.’ Sam Engel.
Y así nació Gumby Goes to the Moon el primer piloto de la serie que pueden disfrutar aquí pero después de terminar de leer el post, porfi.
En Gumby Goes to the Moon todavía no vemos un gran desarrollo de la técnica, los movimientos en las figuras se notan, son lentos y un poco torpes. La articulación sonora que vimos en Gumbasia se pierde casi por completo. Además la historia que se cuenta en el relato de 15 minutos tampoco resulta muy atractiva. Sin embargo, conforme va evolucionando la serie, los movimientos se notan más naturales, se integran nuevos personajes, se mejora muchísimo el arte en la escenografía y por supuesto, se consagran los valores que representan Gumby y el buen Pokey, su pony parlanchín anaranjado.
A partir de este piloto, los demás capítulos no rebasarán los 10 minutos y todos contarán con una enseñanza ética o moral donde serán reforzados ciertos valores como la amistad, la solidaridad, la lealtad y la responsabilidad, principalmente. Pero lo que me resulta bastante curioso es la construcción de sus villanos.
Sin villanos no hay paraíso
Gumby, Pokey y sus amigos se enfrentarán constantemente a la encarnación del mal más malvado de toda la historia de las animaciones malvadas: una especie de humanoides blockheads que a mí me resultan encantadores.
Esta pareja de villanitos tienen un laboratorio en donde son capaces de programar robots (¡qué maravilla!), clonar animales, personas o lo que se les ocurra para conseguir algún beneficio propio, que en algunas ocasiones no es muy claro, pero que se contrapone a la idea del bienestar colectivo planteado en la serie y defendido a capa y espada por Gumby.
Las características de este par de villanitos no son fortuitas, están construidos a partir de un discurso religioso adoptado por Art y su esposa Ruth Clokey en donde el detonador que rompe con el orden siempre estará relacionado con el uso de la ciencia y la tecnología. Incluso, a raíz de Gumby surgió Davey and Goliath, otra caricatura abiertamente religiosa producida por la Evangelical Lutheran Church in America que continuó la esposa de Art una vez que se separaron.
A Gumby Adventure puede reducirse a tres categorías principales como motor narrativo: unión personaje-personajes, personajes-comunidad y personajes contra la representación del mal. El ideal: la armonía comunitaria sin máquinas o cosas raras del diablo.
Actualmente, Gumby nos puede resultar poco atractivo en su sintaxis narrativa porque exigimos mayor complejidad en los relatos, incluso en las caricaturas, pero es justo en su simplicidad que nos permite delinear un contexto de producción y consumo televisivo para las cadenas generalistas de aquellos años.
Gracias por leer. Ahora sí pueden ver aquí Gumby Goes to the Moon.