Recuerdo aquella navidad de 1982, yo contaba con once años y un incipiente bigotillo. Alguien había repartido unos calendarios de cartera con un dibujo de unos monstruos que comían cabezas de personas y me resultó sumamente desagradable. Esa fue la primera vez que tuve noción de la existencia de aquel trío de música punk. Joder, qué bonito. La segunda fue peor. Yo estudiaba guitarra en la casa de una mujer amiga de mi madre, junto con otros dos alumnos de mi edad. Era una casa antigua de un barrio antiguo. Nos dedicábamos básicamente a canciones estúpidas, infantiles, populares. Vaya por delante mi absoluto respeto a “A desalambrar” aunque en aquellos maravillosos años que nunca fueron yo no entendía nada de la letra. La transición pasaba de puntillas y el desarme político, físico e ideológico de la izquierda era casi total. Además yo tenía una letra tan mala que ni siquiera podía leer lo que había escrito al cabo de un cuarto de hora. Conchi, que así se llamaba la profesora de música, nos había dictado la letra de la conocida canción interpretada por Víctor Jara. Al día siguiente saqué la partitura y no entendía por qué a una canción como aquella le habían puesto de título “A desayunar”. La estudié tal cual y a la semana siguiente me presenté al auditorio y empecé a tocar “ A desayunar que la tierra es nuestra, es tuya y de aquel....” La bronca fue tremenda, con un bolígrafo rojo me corrigió la letra, que aun así seguía sin entender; yo era un urbanita sin formar políticamente que no sabía nada de alambradas.
Vivíamos esos años, como ya he dicho, de cambio de paradigma social; al activismo dio paso el hedonismo. La heroína que salía de ciertas dependencias o por lo menos con su beneplácito, hacía estragos entre la juventud.
Bien pues volviendo a mis clases de guitarra aquel aciago día de invierno de mi derrota como interprete , enfundé mi instrumento y salí con mis compañeros que no amigos en dirección a mi casa. Al pasar por una estrecha calle allí estaban ellos dos, “el Josu” y “el Jualma”, apoyados en el escaparate de “Antonia todo para la modista”. Teníamos que pasar por allí, no quedaba más remedio así que nos encaminamos y estos dos pájaros al vernos con guitarras vinieron a por nosotros, a mi me rodearon contra la pared y mis dos “no amigos” salieron corriendo. Me zafé como pude y eché a correr calle abajo desesperado, yo odiaba mi instrumento pero era capaz de dar mi vida por él. Que por cierto era una guitarra Vicente Sanchís comprada en un bazar del puerto autónomo que no valía gran cosa.
Los dos elementos salieron tras de mi y decidí esconderme tras el quiosco del colegio “Hijas de la Cruz” que estaba oscuro, oscuro, oscuro. Una señora que pasaba por allí me rescató de mi angustia y me acompañó a casa después de increpar a mis perseguidores que juraban que solo querían tocar un poco la guitarra.
Al cabo de los años y ya muy demacrados me volvieron a asaltar para llevarse unas monedillas que tenía en el bolsillo de los jeans. Fueron exactamente unas doce pesetas. Cuando veían a alguien más pequeño que ellos lo rodeaban contra la pared y le metían la mano al bolsillo. Notese que seguían la misma técnica que la de la guitarra.
Ya en la tardía adolescencia descubrí su música cuando conocí a Juanillo, un murciano con el que compartí piso y que llegó con dos viejas cintas de casete, tituladas “Eskizofrenia” y “Anti todo” y entonces no pude parar de escucharlas, había mucha “filosofía” en la letra de esas canciones. Por cierto, no se que hacer con mi guitarra, me ha acompañado toda la vida y ya no me acuerdo ni de tres acordes.