MELINA VOSTOKOFF in 1995
Sade Olutola

Andulka

No title available

shark vs the universe
he wasn't even looking at me and he found me
PUT YOUR BEARD IN MY MOUTH

izzy's playlists!

Origami Around
h

JVL
dirt enthusiast
occasionally subtle
Three Goblin Art
Claire Keane
Keni
cherry valley forever
Sweet Seals For You, Always
Lint Roller? I Barely Know Her
Not today Justin
art blog(derogatory)
seen from United States
seen from Venezuela
seen from Trinidad & Tobago
seen from Trinidad & Tobago

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from United States
seen from United States

seen from United States
seen from United States
seen from Netherlands
seen from Netherlands
@docnokowaden
MELINA VOSTOKOFF in 1995
RACHEL WEISZ Harper’s Bazaar UK — June 2020 photographed by Pamela Hanson
Rachel Weisz
Rachel Weisz, The Deep Blue Sea (2011)
Rachel Weisz
Connect.
Quebec | En la actualidad
La casa estaba prácticamente a oscuras. Solo una lámpara arrojaba algo de luz desde una esquina del salón. La estancia estaba algo tibia, pues desde hacía quince minutos, Sean permanecía con la ventana abierta fumándose un cigarro, expulsando el humo al exterior. Con la mano que no sujetaba el cigarro, mantenía el móvil pegado a la oreja, escuchando atento a Frank y a las explicaciones que le ponían al día de cómo iba todo por El Refugio.
—…y Jim ha preguntado por ti. Dos veces. Dice que quiere renegociar el precio de las armas.
—¿Y qué le has dicho?
—Que se espere a que tú regreses, ¿qué le iba a decir? A todo esto, ¿cuándo regresas?
Sean se frotó al frente y dio una larga calada al cigarro haciendo esperar a Jim por una respuesta. Lanzó una columna de humo al cielo ya oscuro de Quebec y se humedeció los labios antes de responder.
—Volveré después de navidades.
—Pero todavía queda más de un mes para eso, Sean —protesto Frank al otro lado de la línea, claramente sorprendido.
—Muy bien, sabes contar. Me alegro por ti.
—Joder Sean, que yo no puedo llevar esto solo. Que el otro día me llamaron de la comisaría diciendo no sé qué de que había un cazador detenido y qué debían hacer con él. ¡¿Y yo que sé qué coño hacer con él?! ¡No puedo encargarme de todo!
—Bienvenido a mi mundo —murmuró Sean sin poder evitar torcer una sonrisa mirando la cabeza incandescente del cigarro—. Escucha, dile a Jim que no vuelva a hablar de las armas con nadie hasta que yo regrese. Luego, llama a la estación de policía y pregunta por Paris. Dile que estoy fuera de la ciudad y que si algún cazador da problemas que le retenga en los calabozos hasta lo legalmente permitido. Que cuando regrese yo ya tomaré medidas. Y tomate las cosas con calma, Frank. Que no están grave llevar el El Refugio.
—No me extraña que necesites unas vacaciones, tío. Las estoy empezando a necesitar yo y apenas llevo dos meses aquí…
En ese momento, Sean escuchó como la puerta principal se abría. Le dio una última calada al cigarro y lanzó la colilla por la ventana. Con esa mano libre agitó un poco el aire para que algún resto de olor saliera por la ventana.
—Frank, tengo que dejarte. Y no me vuelvas a llamar por gilipolleces, anda. Que ando de retiro espiritual.
Colgó y cerró la ventana. Salió del salón en busca de quien había entrado en casa y se encontró con Nokomis.
—Hey —la saludó guardando su móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros—. Ray y Mike se han ido hace un rato. Dicen que iban a buscar la cena a no sé qué sitio que fríen pollos. A Mike le hacía bastante ilusión —la informó apoyándose de lado contra el marco de la puerta del salón.
Nokomis había tenido un día realmente largo, exasperante y un tanto amargo. Llegaba tarde a casa por culpa del caso de un crío con un ataque de ansiedad por separación extremadamente grave, y eso la entristecía e inquietaba a partes iguales.
El pequeño de apenas 7 años, tantos como Michael, había tenido que quedarse internado y sedado en observación en el hospital, ya que amenazaba continuamente con abrirse la cabeza contra cualquier pared. A veces la psiquiatra se preguntaba cómo era posible que una psique tan diminuta y en desarrollo fuera capaz de desarrollar conductas autodestructivas sin mostrar apenas dolor, cuando el único objetivo que debería serle propio era el de descubrir cada pequeño detalle del mundo; con ilusión, inocencia y esperanza. Sin malicia. Pero el presenciar continuamente, palabras y actos de adultos que un crío no puede asimilar ni procesar por falta de estructuras cognitivas, conducían a cortocircuitar de esa forma la belleza de una personalidad en pleno crecimiento, la de aquel pequeño muchacho…con moratones oscuros y densos, hinchazón craneal, calvas entre sus rizos y una mirada permanentemente perdida y vacía. Nokomis lo había acunado entre sus brazos durante un rato, después de darle una dosis de sedantes, hasta que se había quedado medio dormido. Había limpiado sus lágrimas y le había puesto ella misma la vía de alimentación, la medicación y el pijama. La madre del muchacho, al parecer se encontraba dando explicaciones a la asistente social del Hospital de por qué se había encontrado a su hijo medio inconsciente en el salón de su casa y también, de cuándo había decidido dejarlo encerrado en casa, solo, más de siete horas.
Luego de conducir hasta casa perdida en medio de una de las primeras tormentas de nieve de la temporada, se sentía con ganas de recibir un buen abrazo de su hijo y también de su chico. Emocionalmente exhausta sin razón aparente, terminó por sumirse en el desencanto cuando se trajo a la mente la vaga respuesta que había dado a Ray un par de días atrás. Él le había ofrecido ser suyo, en lo bueno y lo malo, pero ella simplemente se negó a tal regalo. Y no quería pensar en ello, pero no era fácil esconderse de lo que siempre la perseguía: sus temores al “y si”.
Sin embargo ella y su susceptibilidad inexplicable no encontraron ningún tipo de recibimiento a su llegada, salvo la penumbra y el rostro relajado de Sean saludándola a pocos metros. E intentó disimular su mueca de decepción con una pequeña sonrisa circunstancial y poco forzada.
—Hola Sean —devolvió el saludo, mientras se afanaba por desenroscar una enorme bufanda de su cuello— Pues espero que no tarden, porque está cayendo una noche realmente terrible. Irían al Fried Chicken que está a dos manzanas…al enano le encantan las patatas de ese sitio. ¿Cómo te ha ido el día? Espero que mi hijo no te esté dando mucha guerra…y bueno ya que estamos solos por primera vez en semanas, quería disculparme por abusar de tu buena voluntad. Disponemos de ti como si fueras su niñero cuando has venido aquí para relajarte y tomarte un respiro. Pasado mañana regresa Cher, su niñera, de sus días familiares en Vancouver, así que podrás liberarte de todos nosotros y darte una vuelta tranquilo —aseguró Noko, dejando los tacones para calzarse sus mullidas pantuflas de piel.
Entró en la cocina y antes de prepararse una taza de té, subió unos grados el termostato. Por inercia puso dos tazas sobre la encimera, mientras esperaba a que Sean la acompañara. Su cuñado emitía un aura tranquila y protectora, como si fuera un enorme oso gris de peluche, en el que pudieras refugiarte a cualquier hora del día. No necesitaba hablar, su sola presencia imponía un respeto silencioso pero también sosiego a cualquiera que permaneciera en su rango de acción. Y de repente Nokomis exhaló con fuerza, sintiendo que no tenía que demostrar fortaleza ni tampoco fingir que no necesitaba a alguien con quien desahogarse.
—Tu hermano me ha pedido matrimonio…y le he dicho que no. Sé que no compartís este tipo de cosas, pero asumo que tú lo conoces un poco mejor que yo, así que… ¿crees que la decepción podría herirlo tanto como para que vuelva a desaparecer? —murmuró sin quitar ojo de la tetera, que aún no hacía amago de silbar. Posiblemente Sean no quisiera escuchar nada de lo que a ella le quitaba el sueño, o incluso llegaría a sentirse incómodo, pero en aquel momento el primero de sus recelos se le escapó por la boca como si de una culebra veloz se tratara, aunque en realidad no deseaba mostrar lo hecha polvo que estaba.
—No es molestia, Nokomis —le dijo Sean sin moverse del marco de la puerta con los brazos cruzados—. Aunque a simple vista no es algo que se pueda intuir, en el fondo me gustan los críos. Y Michael es muy inteligente y avispado para su edad. Se nota de quien es hijo —bromeó torciendo levemente una comisura de sus labios—. Además, es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte que me dejes quedarme aquí. No sería justo que no te lo recompensase de algún modo.
Siguió con la mirada a la mujer que se metió en la cocina, dejando tras ella un cierto halo grisáceo que no le costó demasiado captar a Sean. Era bueno leyendo a la gente, y aunque la mayoría de las veces prefería no meterse en lío ni en vidas ajenas, pues bastante tenía con la suya, no podía dejar pasar a su cuñada y más si la veía algo preocupada y cansada. ¿Sería del trabajo? No tardó mucho en descubrirlo, puesto que cuando puso un pie en la cocina, Nokomis lo reveló. Sean se quedó de pie apoyando su cadera contra la encimera, mirando intermitentemente tanto a la mujer como a la tetera. Su mueca fue transformándose en una máscara de incredulidad ante el miedo que destilaba Nokomis en sus palabras.
—Sí, algo me comentó Reagan —la respondió arqueando las cejas—. No sé si le conozco, Nokomis. No desde que está contigo. No me malinterpretes —se apresuró a alzar una mano, explicándose a sí mismo a continuación—, pero antes de conocerte mi hermano era un picaflor. Con esa labia que se gasta engatusaba a una tía cada noche. Las prometía la luna pero al día siguiente las abandonaba. Era el estilo de Reagan hasta que te conoció a ti. Nunca antes le había visto tan… —frunció los labios, buscando una definición que expresase bien el cómo veía a su hermano— enamorado. Tan leal a alguien. Tan fiel. Está muy emocionado contigo, en lo que tenéis aquí, en lo que le has dado. Nunca antes había tenido una familia, en el mayor sentido de la palabra. Una casa al que llamar hogar, un hijo al que quiere como el suyo propio y a una mujer que, bueno, a la vista salta que no es cualquiera —se rascó la sien y se encogió de hombros—. Así que no, no le veo abandonando todo esto solo porque le hayas dicho que no. Tampoco le veo decepcionado, sinceramente. Ha sido un pequeño contratiempo a sus planes pero Reagan tiene esa irritante capacidad de verlo todo por el lado bueno —suspiró mordisqueándose el labio inferior, lanzando una mirada con cautela a su cuñada—. ¿Puedo preguntar el porqué de tu negación? Te prometo que no le diré nada a Reagan.
Nokomis pestañeó un par de veces, para salir del estado de sorpresa en el que había entrado unos segundos antes. De permanecer absorta, mirando la tetera, había pasado a que su cabeza comenzara a trabajar en una explicación plausible y racional a la pregunta de Sean. Claro que confiaba en él, posiblemente nunca más encontrara a alguien más leal que los O'Neill en su camino y se sentía agradecida.
Todo lo que le acababa de asegurar su cuñado le bullía en la cabeza y dinamitaba barreras a una velocidad vertiginosa. Por algún extraño e inexplicable motivo aún temía que Ray fuera demasiado bueno para alguien como ella, que simplemente estuviera viviendo una etapa de su vida hasta que se diera cuenta que aquel no era su lugar…sin embargo hasta su propio hermano parecía tan gratamente sorprendido como ella misma con su cambio de actitud.
—Se nota que no me conoces mucho y que Ray nunca te descubriría mis defectos, y eso está bien, es hasta tierno —farfulló la mujer asintiendo y echando un par de cucharadas de azúcar en las tazas, para desviar la vista de los de Sean—. Mi marido me abandonó en su momento. Él era…bueno, creo que no te va a sorprender, era cazador también. Pero nunca lo supe. Tuvimos un gran problema por culpa mía…y amenazó con llevarse a Michael. No pensé, era mentalmente inestable y lo he sido desde que tenía 8 años; yo solo cogí a mi hijo y me largué de Nueva Orleans, busqué el lugar que me pareció más seguro y aquí estamos. Pude volver a casa de mi familia, pero tampoco quería hacerles daño. Lo último que sé es que trató de buscarnos, pero desapareció sin dejar rastro. Ni siquiera sé si está vivo o muerto…pero no me importa. Quería quitarme mi única razón para vivir —le contó a Sean su historia sin ningún tipo de censura, con la salvedad de que había huido porque su demonio estaba más que dispuesta a cargarse a Silas, a ella misma y a ella misma si colaboraba con ella. Sirvió el agua, rellenando las tazas e invitó a su cuñado a seguirla a la mesa. Antes de empezar a remover, sintió un súbito escalofrío en algún lado del corazón, como si aún la acecharan.
—Dirás que soy idiota, pero tengo miedo a que Ray me abandone cuando le diga sí, porque no es que no lo quiera Sean…me ha salvado de mí misma, pero sé que terminaría por hacerle daño, hacernos daño. Voluntaria u obligadamente. Es algo complicado…—suspiró vagamente preocupada— Esa actitud positiva de Ray… ¿es genética o es que se cayó en un tarro de azúcar de pequeño? Porque nunca he conocido a alguien como él y no querrás oír niñerías, pero eso y su grandísima terquedad conmigo es justamente lo que me enamoró.
Sean escuchó atento a cada palabra de Nokomis y no expresó demasiado con su rostro ante sus palabras pero le sorprendió enormemente oír que el ex marido de Nokomis, el padre de Michael, fuera cazador y que vivieran en Nueva Orleans ni más ni menos. ¿Le hubiera conocido en algún momento? Decidió no pensar en eso puesto que era agua pasada y no ayuda en el presente. Removió la taza de té y dejó la cucharilla a un lado pensando en qué se refería su cuñada exactamente con todos esos mensajes sobre que le haría daño a Reagan. Llegó a la conclusión de que tal vez sufría algún tipo de enfermedad mental pero no podía imaginarse cual puesto que no lo parecía. Desde su punto de vista, parecía bastante sana mentalmente.
—Esa actitud positiva la adquirió cuando llegamos a Estados Unidos. Creo que él se hizo una imagen de sí mismo, una nueva personalidad, enterrando todo lo que dejamos atrás en Irlanda. Y tiene sentido. Aquí nadie nos conocía, nadie sabía nada de nosotros y eso ayudaba en su carta de presentación. Aquí no era conocido como el menor de los hijos de Fergus, el tímido, el que no tenía sangre para ayudar a su padre. El ‘buachaill amaideach’ —pronunció en un perfecto gaélico irlandés, modulando su voz y formando sílabas suaves. Ante la mirada confusa de Nokomis por lo que había dicho, Sean tradujo—. El 'niño tonto’. Se hizo un hombre aquí a su imagen y semejanza —dio un trago a su té pero en cuanto el líquido rozó sus carnosos labios, sintió que le abrasaban así que dejó de nuevo la taza sobre la mesa. Miró a Nokomis y ladeó la cabeza—. Y nunca fue ese niño tonto, y mucho menos lo es ahora. Mira Nokomis, tal vez me paso de listo, tal vez me meto donde no me llaman pero lo que Reagan y tú tenéis es increíble. Sé que no lo habéis pasado bien, entiendo que tengas miedo de que este matrimonio se parezca al anterior pero Reagan ha visto muchas cosas, y la mayoría malas. Sabe lo que hacía cuando te pidió matrimonio y es algo que tenía muy claro aun cuando me lo comentó en verano. Sí, sabía que te lo iba a pedir —admitió afirmando una sola vez con la cabeza—. Si no se ha ido aún, ¿qué te hace pensar que se vaya a ir ahora solo por tener un anillo que os una simbólicamente? No va a cambiar nada, Nokomis. Lo único que puede pasar es que seáis más felices aún, que esta ceremonia os ilusione, os llene de esperanza… Ya te digo que no quiero coaccionarte ni convencerte de algo que no quieras pero no dejes que tus miedos del pasado te arruinen tú futuro —hizo una leve pausa antes de añadir—. ¿A qué te refieres exactamente con hacerle daño? ¿Acaso sufres algún tipo de enfermedad mental como esquizofrenia o…? —sondeó agitando la cabeza, intentando de comprender cuál era ese gran miedo de Nokomis.
Nokomis frunció el ceño de pura rabia al escuchar la historia de Ray. Su niñez había sido una barbaridad de sinsentidos y golpes de los que ella aún no conocía ni la mitad, así que cuando Sean le tradujo el mote de su chico, gruñó por lo bajo sin poder controlarse. ¿Por qué existían padres que ninguneaban a sus retoños? ¿Por qué tenían derecho a procrear padres como el de los O'Neill o la de su pequeño paciente de la mañana? Luego se calló, distrayéndose de los malos recuerdos del día, mientras jugaba con la cucharilla a tomar un primer sorbo de té caliente. A veces la impotencia la consumía a fuego muy vivo.
Alzó la vista a Sean sorpresivamente tras la última pregunta. Era normal que tratara de inmiscuirse, ya que era su hermano quien estaba en juego y ella, tal vez, se había pasado abriendo la boca. Su cuñado no tenía ni un pelo de tonto, por algo era el proveedor y jefe de una gran marabunta de cazadores, aunque fingiera darles solo refugio. Tragó saliva con dificultad y carraspeó inquieta. Seguramente no era una buena idea seguir sincerándose, pero si tenía que juzgarla y recriminarla, que fuera en aquel momento. A lo mejor resultaba que el destino le había mandado de nuevo a Sean para rematarla y apartarla de Ray, asegurándole al fin que era demasiado bueno para ella.
—Siempre he creído que era esquizofrénica, pero no, para nada. Tengo una larga historia…puede que no la entiendas, pero tampoco voy a pedírtelo ni a justificarme. Verás, siempre me he escondido detrás de la normalidad, el cinismo y la racionalidad médica para dar respuesta a todo mi mundo. Por eso me hice psiquiatra. He intentado desde que tengo uso de razón, combatir los miedos, fantasmas y monstruos con barreras, pastillas e internamientos psiquiátricos. No los creía reales, siempre los consideré un producto de mi locura —rio pesadamente sin llegar a mirar a Sean, pero no era algo bueno, simplemente los nervios antes de abrir la puerta de los secretos— Mi abuela materna es nativa americana, vivió siempre en una reserva al norte de Wyoming y siempre fui la niña de sus ojos. Por alguna inexplicable razón siempre me protegió con amuletos y me educaba con cuentos de niños, sobre espíritus de la tierra, buenos y malos, e historias sobre cómo actuaban. Ella decía muchas cosas sobre mí que no voy a contarte porque son casi novelescas, pero siempre creyó que en mí convivían dos almas y también dos espíritus guía. Para los nativos, eso nunca es buena señal, presagia tragedias y es como una maldición para la familia a la que perteneces. Nunca la creí…hasta hace muy poco —Noko hizo una pausa demasiado larga— Me habitaba un demonio Sean, una antepasada, lo cual complica mucho el que puedas echarla. La sangre es el más fuerte de los vínculos, tanto sagrado como sobrenatural. Ella…yo…permití que asesinara a cientos de personas. Ni siquiera sé aún cuántas. La mayoría no eran buenos, pero eran personas. Se aprovechaba de mi conocimiento sobre pacientes con tendencias psicópatas, obsesivas, homicidas…para buscar a sus presas. Ella los caza, cazaba. Pero lo peor de este asunto, es que quiere a Michael —tragó saliva por cuarta vez, como si el mencionar el nombre de su hijo fuera a traerla de vuelta a su vida—…dice que lo necesita, que forma parte de una profecía, una que seguramente sea terrible, y hace muy poco que pude apartarla de mí después de mucho pelear. Pero casi me cuesta la vida…y a mi hijo. Ray nos salvó. A ambos. Pero…hay más. Cuando estaba en el limbo, mi espíritu guía me advirtió que esa profecía que desconocemos implica que voy a tener otro niño o niña, un hermano para Michael, que será lo contrario a él. Que incluso puede que se maten…y es todo muy confuso. Yo no quiero seguir siendo una marioneta, ¡ni que usen de ningún modo a la gente que amo! Por eso no puedo decir que sí a Ray sin temor a que pase algo terrible…—Noko exclamó secándose los ojos, en los que ya habían asomado las lágrimas de impotencia— Perdóname Sean, tal vez tendría que haberte advertido mucho antes que no soy una buena mujer y que tampoco le convengo a alguien tan bueno como tu hermano; aunque tú ya lo sospechabas cuando nos conocimos —concluyó agachando la mirada, incómoda y temblorosa, recordando con vergüenza el momento justo en el que le había plantado cara en Nueva Orleans como si ella fuera la más digna de las mujeres, cuando él ya se olía el tipo de basura que la habitaba.
No iba a negar que cuando escuchó todo aquello un pinchazo le recorrió la boca del estómago y la adrenalina bombeó su sangre al imaginarse el cuadro que Nokomis había explicado. Pero se controló, porque para empezar había aceptado el hecho de que no podía seguir saltando a las primeras de cambio ante cualquiera provocación y, además, estaban hablando de su familia. Porque consideraba a Nokomis familia y ella tenía un problema. Un problema que Sean consideró desde se momento como suyo también.
Al ver a Nokomis tan afectada que ni le miraba a los ojos, Sean abandonó su posición y se inclinó ligeramente hacia adelante para apoyar una mano en el hombro de la mujer y obligarla a que la mirase.
—Nadie elige la vida que le toca, Nokomis. Así que no te atormentes por ello. Estás aquí, estás viva y, a pesar de todo lo ocurrido, sigues teniendo a Michael a tu lado y ahora a Reagan. Las cosas se pueden poner feas, sí. Pero como al resto de mortales. Pero tú eres fuerte, Nokomis. Es lo que vi el día que te conocí y lo que me sorprendió, que mi hermano pudiera tener a una mujer como tú, a una mujer decidida y con carácter a su lado. Es lo único que sospeché cuando te vi. En ningún momento creí que no fueras buena. No soy quien para juzgar eso, créeme.
Recordó por un instante que el día en que conoció a Nokomis fue gracias a Zaira, y la imagen de su rostro en su mente le hizo que el corazón le latiera un poquito más rápido. Retiró la mano del hombro de su cuñada y clavó los codos sobre la mesa, mirando su taza de té que aún seguía humeando.
—Convives con un espíritu salvaje y asesino dentro de ti. Está bien. Eso no te convierte a ti en una asesina, Nokomis. La culpa y los remordimientos son… —se lamió los labios y negó con la cabeza—, nuestro peor enemigo. Pero mejor me lo pones. Reagan se ha enfrentado a esto. Por lo que me cuentas incluso lo ha vencido. Ha visto la peor cara de ti, por así decirlo, y aun así ha decidido pedirte matrimonio. Pasar el resto de su vida contigo y con Michael. No hay nada que le pueda asustar. No se va a ir, no te va a abandonar. Por lo que tú debes de recapacitar y convencerte de que no va a pasar nada por intentar tener una vida mejor. Es el miedo el que te impide avanzar. No te permites ser feliz, ¿es eso? —entrecerró los ojos sintiendo que llegaba al meollo de la cuestión—. Como una especie de castigo, te flagelas repitiéndote que no puedes tener algo así como un marido que te apoye y lo justificas convenciéndote de que le harás daño. No se puede vivir así, Nokomis. No te hagas la vida más dura de lo que ya es de por sí.
Tomó su taza y dio su primer trago de té, sintiendo ese amargor a pesar del azúcar. Frunció los labios al tragar. Prefería el café. Y aún por si acaso no había quedado claro su postura y para que Nokomis tuviera la mayor de las certezas sobre ello, Sean añadió.
—Tenías miedo de contármelo porque pensabas que si lo hacías, cogería mi machete de matar demonios y te cortaría la cabeza, o algo así, ¿no? —Sonrió a punto de echarse a reír pero no lo hizo—. Soy un tipo muy comprensivo, aunque no lo creas. Y tus problemas, a partir de ahora, son los míos. Así que no tengas nunca dudas de pedirme ayuda si lo necesitas, para lo que sea, ¿de acuerdo?
Nokomis apretó los puños, luego de entrelazar sus propias manos, hasta que se le pusieron completamente blancos. Ni siquiera esperaba una pizca de comprensión en el razonamiento de Sean, pero no solo obtuvo eso, sino que también recibió apoyo incondicional y ánimo vital.
—Mi exmarido quiso asesinarme en su momento por esto, cuando lo descubrió. Tardó 10 años en saberlo. Ni siquiera sé si ella tuvo algo que ver en su desaparición, Sean. ¿Cómo no voy a tener miedo? ¿Y si decide volver a por Ray? —exclamó ligeramente fuera de sí, dando golpecitos con las manos sobre la mesa—. No sé si se ha ido, hace muy poco me ha contactado, me secuestró un muchacho y me estuvo torturando durante días…ella pervierte a todo lo que me rodea, les ofrece tratos, quiere a mi niño. Trato de decirme que todo está bien, que no volverá, pero no tienes ni idea del poder que tiene —aseguró más para desfogarse que porque quisiera meter a Sean en aquella gran basura que era su cabeza— Necesito tiempo y a mi familia, solo eso. Entiendo tus consejos, y yo misma me daría los mismos, pero las cosas no son tan fáciles ¿verdad? —buscó la mirada compasiva de su cuñado— Cuando se trata de los que queremos, hacemos demasiados sacrificios y tonterías sin sentido. Por poco también terminas muerto por llevarte al límite del dolor Sean. Has perdido al amor de tu vida y querías destruirte también ¿me equivoco? —cuestionó cautelosa y empática, como si comprendiera ese tipo de comportamientos mejor que nadie. Segundos después apartó su taza de té a un lado, aquel olorcillo a canela y los malos recuerdos le estaban revolviendo el estómago.
Sean se la quedó mirando ante ese guiño último que había hecho a su propio dolor personal. El cazador lo comprendía bien, más que nada porque lo único bueno que le había ocurrido en la vida, se había evaporado para siempre y él se había quedado con las manos vacías, con un dolor y un vacío que no comprendía y no sabía cómo reponerse. Pero lo había hecho. O, al menos, estaba muy cerca de hacerlo.
—El miedo es la peor de las defensas, Nokomis. Y por lo que dices, ahora es diferente. Todo este tiempo has estado tú sola enfrentándote contra ese demonio que te atormenta. Pero ya no estás sola. Tienes a Reagan, y me tienes a mí, que un poco de demonios entiendo —apuntó enarcando una ceja—. Ella es poderosa, pero tú también puedes serlo. Que haya ganado siempre, no significa que vaya a ganar a partir de ahora, ¿entendido? Lo único que tienes que hacer es dejarte ayudar y apoyarte en nosotros. Es muy importante. Y eso pasa por aceptar a Reagan a tu lado para el resto de tu vida.
Tal vez estaba siendo demasiado insistente sobre ello, pero realmente quería que Nokomis aceptase la proposición de su hermano. Eso les uniría más y tenían la ocasión de amarse hasta el fin de los días. ¿Por qué dejarlo pasar por miedos de futuro?
—Hablo por experiencia propia cuando digo que deberías de aferrarte a lo que tienes, Nokomis —dijo con un claro tono de melancolía en su voz—. Porque nunca sabes cuándo se va a ir, y el día que se vaya lamentarás no haber hecho ciertas cosas que puedes hacer ahora mismo. Vive el presente, de verdad, no lo arruines creyendo que todo saldrá mal. Por favor —la suplicó desde sus ojos azules que en ocasiones se tornaban grisáceos dependiendo de la incidencia de luz en ellos.
Angustiada y torpe, Nokomis asintió y alzó las manos para atrapar las de Sean. No lo dejaría huir de sus demonios tampoco e iba a reconfortarlo tanto si necesitaba hablar como permanecer en silencio, porque él la estaba haciendo ver que todo tenía caducidad y que era una auténtica tonta por no complacer al hombre al que amaba en unirse a él para el resto de sus días.
—Sé que lo he dicho, pero lamento lo de Zaira. Era una mujer magnífica, cuerda, increíble e inteligente, que me trató cariñosamente a pesar de no conocerme de nada y parecer más fría que un témpano en un primer momento. Aún no sé por qué el destino te ha hecho una jugada tan cruel, pero estoy segura de que ella está contigo, a tu lado. No nos vamos del todo mientras haya alguien que nos recuerde todos los días —susurró con voz queda y serena— También cuentas con nosotros, no somos mucho pero siempre compartiremos lo poco o lo mucho que tengamos contigo. Como buena familia. ¿Quieres hablar de ello o prefieres que cambiemos el tema? Parece que el día ha sido muy intenso y constructivo por lo de ahora, al menos para mí…—intentó esbozar una sonrisa mientras aflojaba el amarre a Sean y se cruzaba de brazos sobre la mesa.
—No hay mucho de qué hablar. Al menos ya no —admitió Sean, que no lo decía por no hablar de ello, sino porque había comenzado a aceptar su pérdida interiormente hacía semanas—. Estoy mejor, lo digo en serio. Nunca había…experimentado un dolor así —admitió notando como le costaba hablar de ello. No era muy bueno expresando sus sentimientos pero ese momento que había creado con su cuñada en la cocina, era totalmente propicio para hablar y sacar todo es que aún le amargaba el alma—. Zaira… No sé, me caló hondo. Se coló en mi vida de un modo sorprendente y creo que aún estaba asimilándolo cuando se fue. La sensación de que no aproveché bien el tiempo que tuvimos me carcomía el alma. La impotencia de no poder hacer algo más. No me malinterpretes, aún tengo momentos malos pero el paso del tiempo cura todo y ahora puedo acordarme de ella sin que sienta que quiero arrancarme el corazón —comentó soltando una risotada muy ligera, intentando restar a sus palabras el dramatismo con el que habían sonado—. De hecho, no hay nada como tocar fondo…
Se quedó mirando la mesa con las manos entorno a su taza tibia. Los recuerdos de aquella noche en la que conoció a Jade acudieron a su mente e, inevitablemente, lo que pasó horas más tarde, en aquella suite del Ritz. La mirada que le estaba echando Nokomis le devolvió a la realidad. Parpadeó un par de veces y miró a su cuñada, que se la notaba que quería saber qué rondaba por su mente y él accedió a revelárselo, sintiéndose avergonzado.
—Toque fondo en el mismo momento en que me vi envuelto en una experiencia sexual bastante…incómoda y violenta. Una tipa me engañó, no era humana en absoluto, y removió en mis perversiones más profundas haciendo que me liase con ella y con… —carraspeó removiéndose en la silla. Las imágenes le asaltaban la cabeza. El cómo había agarrado del rostro a Claire y había saboreado sus labios—. Y con una cazadora amiga que siempre he visto como una hermana pequeña. Ella también estaba bajo el embrujo de esta tipa, sin duda. Pero nos vimos los tres involucrados en un trío del que me arrepiento muchísimo. Fue en parte lo que propició mi amago de infarto, porque al día siguiente cuando fui a buscar a Claire, a esta cazadora amiga, me enteré que se había ido con la tal Jade y no sé, sentí que todo se desmoronaba ante la idea de haberla perdido a ella también y… —suspiró, frotándose el rostro—. Pues eso, que toqué fondo. Pero ya estoy mejor.
Nokomis apenas pestañeó luego del “ya estoy mejor” final. Estaba acostumbrada a escuchar verdaderas aberraciones que pasaban por la cabeza y luego a las manos de mucha gente, pero el escuchar que Sean había caído bajo el influjo de algún tipo de súcubo, que había participado en un trío y que además había involucrado a Claire, hizo que se le pasara un escalofrío por la espalda. Ella apenas conocía mucho de los que rodeaban a Ray o al propio Sean, pero sí a un par de personas por lo que solía hablar su propio chico sobre su vida en Nueva Orleans o Nueva York. Y daba la casualidad que entre ese par estaba Claire, aunque deseaba enormemente que no se tratara de la misma persona.
—Te enamoraste por primera vez, Sean. Por eso nunca habías sentido una sensación tan intensa. No es un cuelgue pasajero, porque le entregaste el corazón y estoy segura de que darías tu vida por la suya. El dolor es proporcional a todas las ilusiones, cariño y esperanzas que pusiste en la relación. Entiendo perfectamente el hecho de desear arrancarse el corazón, así como el de tocar fondo —aseguró tocándole el antebrazo para que no se sintiera solo en aquel descenso—. No te culpes. No has hecho nada malo. Si estabais bajo una especie de droga mental, estoy segura de que no lo disfrutaste y que lo que más te remuerde la conciencia es el hecho de que creas que hayas…bueno forzado de alguna manera un acercamiento con tu amiga. Pero nada más lejos de la realidad, porque apuesto a que ella está igual de confusa —Nokomis hizo una pausa, se mordió el labio inferior y luego torció las comisuras a un lado— Es chica, Claire… ¿se ha puesto en contacto contigo? ¿Sabes algo de ella o aún no ha aparecido? —preguntó Nokomis, a sabiendas de que ella estaba sana y salva y celebrando la semana festiva con su chico de nuevo. No quería violentar a Sean, así que simplemente esperó luz verde antes de inmiscuirse un poco más.
—No he hablado con ella desde entonces. Pero por lo que sé está de vuelta en Nueva Orleans con su pareja. Cuando lo hicimos no estaba con él —se apresuró a aclarar sintiéndose repentinamente como un niño que debía de dar explicaciones. Agitó la cabeza y desvió la mirada—. Como sea, no es propio de mí ese tipo de comportamientos y, estando o no bajo el poder de Jade, lo hice. Y no me hace sentir muy bien conmigo mismo el recordarlo. Solo espero que Claire no lo recuerde aunque dudo que pueda mirarla a la cara cuando regrese a El Refugio.
Tomó su taza y bebió té. El líquido estaba prácticamente frío pero aun así bebió. Tenía la boca seca de hablar y recordar esos momentos tan incómodos que vivió aquella fatídica noche.
—Perdona si hablo de mi vida sexual contigo —dijo a continuación mirando a Nokomis entre divertido y avergonzado—. No debe de suponerte algo cómodo, ¿no? Aunque prefiero hablarlo contigo que no con Reagan. Él se burlaría y estaría recordándomelo todo el día. Como si no lo conociera…
—No lo creo, posiblemente te aplaudiría por la hazaña —bromeó intentando quitarle hierro al asunto—. De todos modos mejor que quede entre nosotros. Yo no bromearé con eso y tampoco te lo recordaré a menudo. Ray me ha hablado de Claire, que la aprecia mucho, que le encanta vivir y reír y que además baila bien. Yo también he hablado con Claire, Sean….—murmuró echándose hacia atrás en la silla, intentando desviar de alguna forma el tema para no imaginarse a su cuñado con aquella jovencita efervescente y otra mujer a mayores—. Ella está muy enamorada de su chico, pero al parecer le hizo trizas el corazón y recuerdo que estaba muy fuera de sí. Dudo que ambos tengáis que sentiros mal, culpables o indecorosos por algo sobre lo que no teníais el control para nada. Si eres como su hermano, dudo que vaya a apartarse de ti. Simplemente debéis perdonaros el uno al otro, implícita e interiormente…si surge el tema, os recomiendo que lo tratéis sin vergüenza alguna. Y tú deberías tratar de borrar cualquier rastro de recuerdos de esa noche, sustituyéndolos por otros…distintos. Con otras personas. Con esto no digo que te lances al mar desesperadamente, pero hay muchas chicas inteligentes y de buen corazón, dispuestas a escucharte, divertirte o simplemente compartir su tiempo contigo. Yo creo que deberías empezar a darte alguna oportunidad Sean…si yo puedo intentar imaginarme como la señora de Ray O'Neill, tú puedes permitir que te conquisten, aunque sea superficialmente.
Nokomis esperó con una pequeña sonrisa tímida y fraternal la respuesta de su cuñado, deseando que al menos se sintiera un poco aliviado de su culpa.
—Y espero que no vuelva a cruzarse la tal Jade en tu camino, pero si lo hace…yo tengo una zapatilla mágica que despelleja a golpes a la gente —bromeó dejando escapar una risa divertida y distendida.
Sean la acompañó en la risotada y afirmó con la cabeza, a todo. No había pensado en verse aún con otras mujeres. Tal vez para cuando volviera a Nueva Orleans, pero tampoco estaba seguro. No sabía cómo se sentiría al respecto pero tampoco quería convertirse en una especie de viudo negro.
En ese momento se escuchó la puerta abrirse y el parloteo animado de Ray y Michael viniendo por el pasillo hasta llegar a la cocina, donde se encontraron a los cuñados sentados en la mesa.
—Ya estás aquí —dijo Ray mirando a su chica, esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Dejó un par de bolsas con el logo de un pollo impreso en ellas sobre la mesa y se inclinó para dejar un beso corto en los labios de Nokomis—. ¿Qué tal te ha ido el día? —la preguntó y entonces miró a Sean—. ¿Hemos interrumpido algo? —añadió viendo lo bien que se llevaban esos dos y sintiéndose afortunado por ello.
—Sí, como siempre, eres un aguafiestas —le espetó Sean en su habitual humor pero con un brillo diferente en los ojos—. ¿Vamos a quitarte esas cuatro capas de ropa? —le dijo a Michael y le cargó sobre sus hombros saliendo de la cocina, realmente satisfecho por la conversación que acababa de tener con Nokomis.