La puerta del despacho de Thomas crujió al abrirse. Todo parecía tan normal; como si en cualquier momento, el entraría para sentarse en su silla tras el escritorio otorgandole una sonrisa al verla en el dintel. El olor típico; esa mezcla entre el cuero de los sillones, el perfume icónico de su padre y el humo de los cigarros que solo se permitía consumir a puertas cerradas en su oficina.
Temerosa a tocar algo y sacarlo de lugar, Eden recorre la oficina de brazos cruzados; posando su vista en libros, cuadernos y montañas de hojas con anotaciones que requerirían concentración descifrar.
Una hoja distinta a las demás llama su atención; se permite descruzar sus brazos para tomarla entre sus manos:
Edén, de escasos 16 años hacia vibrar las cuerdas de su violín en un ritmo casi obsesivo. La puerta de su habitación cerrada; alejándola del resto del trajín de la casa. Gritos de alegría, pasos furtivos que sonaban en el piso de madera y la risa inconfundible y dulce de una pequeña Ariel. El verano se vivía ligeramente distinto en la casa de los Bishop. A pesar de la calidez que Thomas les ofrecía en su diario vivir como familia, el padre de los Bishop mantenía la dinámica de los 5 (y la señora Escobar) bastante hermética. A pesar de tener las libertades que cualquier familia sana tenia, poco y nada sabían los 4 hermanos del resto de la familia Bishop. No habían abuelos, tíos o primos que visitaran. A veces, la casa podía volverse demasiado solitaria para algunos de ellos.
Pero en verano, las cosas eran distintas. Thomas accedía a ciertos permisos que durante el año no sucedían. Quizás se debía a que durante las vacaciones, el podía estar mas en la casa. Pero durante el verano, los Lebowitz pasaban tardes enteras jugando con Matty y Ariel en el jardín. Laura y Duncan tenían edades similares a los Bishop menores, por lo que La casa estaba fuera de los limites, pero a veces se les olvidaba y los 4 eran una estampida de risas y trotes sobre el suelo de madera.
“Niños, afuera.. su padre ya les advirtió” alcanza a decir Hilda al verlos pasar junto a ella escaleras abajo uno tras otro. Sabe que no podría atraparlos si quisiera, y tampoco intentaría hacerlo. La mujer niega con la cabeza y continua escaleras arriba con un canasto de ropa limpia y doblada. El largo pasillo del segundo piso, iluminado solo por el vitral de sol al final de este; contenía las puertas de las habitaciones de cada uno de los Bishop, excepto el padre. La habitación de Thomas estaba en el tercer piso justo antes del ático. Otro lugar que según su padre era solo una “bodega sin importancia”.
Las habitaciones de Ariel y Matty estaban con las puertas abiertas de par en par; ambas estaban una frente a la otra. Al darles un vistazo, Hilda pudo corroborar lo que sospechaba; eran un desastre: ropa y juguetes por todos lados. En el caso de Matty, libros, hojas y lápices por todos lados; en el de Ariel, muñecas y sus ropas por doquier. Pensó en otrar y acomodar un poco, pero sabia que la tarde era aun joven y empezar a ordenar tan temprano era un trabajo inútil. Siguió por el pasillo hasta llegar a la ahora casi vacía habitación de Josh. La cama, sin tocar y los muebles con un par de cosas habían quedado atrás. Además claro, de objetos de su infancia, fotos, cuadros, afiches… cosas que el mayor de los Bishop, no se habría llevado a la academia de formación policial. Con un dejo de tristeza cerro la puerta para evitar que los menores entraran a merodear a la habitación de Josh y se giro sobre sus talones para enfrentar la puerta cerrada tras la cual se escuchaba la tenue música de violín. Hilda llamo dos veces, pero no hubo respuesta. Llamo una tercera y decidió abrir para asomar la cabeza con una sonrisa.
“Ropa limpia, pequeñita” sostiene el canasto mostrándoselo a Eden quien le daba una sonrisa de vuelta, algo distraída asintiendo. Hilda entra para dirigirse directo a la cajonera y comenzar a guardar los sweaters y remeras ya doblados, en orden.
“Gracias Hilly..”Eden, ahora de pie dejando su violín a un lado pasa tras Hilda tocando su hombro con suavidad para dirigirse hacia su escritorio junto a la ventana que daba hacia los jardines.
“El día esta hermoso, por que no me acompañas a hacer unas compras mas tarde?” dice la mujer, aun guardando ropa en los distintos cajones.
“Quiero practicar un poco mas” dice Eden simplemente, abrazándose a si misma en un gesto casi inconsciente. Hilda no respondió enseguida; termino su tarea para voltearse con el canasto vacio aun en las manos, dejándolo a un lado. Observo a Eden; quien siempre se veía demasiado delgada para su gusto, tomo aire y se acerco a la jovencita para darle una mirada dulce.
“Practicar para que? Pensé que la decisión estaba tomada”
“Lo se”
“La universidad no? El conservatorio de música podría venir después”
“No creo que funcione así, pero si, Papa y yo decidimos que iría a la universidad”
“Y tu… estas contenta con eso?”
“Si…”
Hay un silencio entre ambas.
“Entonces, por que sigues practicando tanto, pequeña?”
“Harvard tiene una filarmónica…” Eden ofrece con un poco de timidez. Hilda sonríe y asiente para volver a tomar el canasto de ropa, ahora vacío, y caminar hacia la puerta para girarse una ultima vez y decir: “Yo ya me tengo que ir por hoy, tengo que ir a buscar a Ignacio… pero mañana tu y yo saldremos a hacer las compras en la mañana. Disfrutar un poco de este sol, te parece?”
“Trato” dice la joven; borrando su sonrisa al minuto en que la puerta se cierra tras Hilda.
Los ojos de Eden vuelven hacia el ventanal en su habitación que daba hacia los jardines junto al camino de entrada. Se escucha al perro de los Lebowitz ladrar, una indicación que los niños no andarían muy lejos, pero probablemente habían movido la acción a la arboleda que se encontraba cerca del terreno. Algo que ni Tom ni Eden apreciaban mucho.
18 Años después de aquella tarde de verano, Eden sentía la misma sensación de desasosiego.
“Perdón, molesto?” una voz, lejanamente familiar la saca de sus pensamientos.
Ignacio acababa de entrar al despacho.