THROWBACK: 《 MUCHOS MÁS SABIOS, PARTE I 》
El dormitorio de Mark estaba lleno de polvo.
Después de su desaparición, nada se había tocado durante años. Finalmente, el día en que Mark cumplió dieciocho años, Julian abrió la puerta y lo limpió en un arrebato salvaje. Guardó en un trastero la ropa, los juguetes y los juegos de Mark. Vació la habitación, dejando un espacio desnudo a la espera de volver a ser llenado.
Emma corrió las polvorientas cortinas y abrió las ventanas para que entrara la luz mientras Julian dejaba a su hermano en la cama.
Las mantas estaban estiradas y remetidas bajo el colchón, y una fina capa de polvo cubría la colcha. Se elevó en una nubecilla cuando Julian dejó a Mark sobre ella. Este tosió, pero no se despertó.
Emma se apartó de las ventanas. Con ellas abiertas, el dormitorio se llenó de luz y convirtió las motas de polvo suspendidas en pequeñas criaturas danzantes.
—Está tan delgado… —dijo Julian—. No pesa casi nada.
Alguien que no lo conociera podría haber pensado que su rostro carecía de expresión. Su cara solo mostraba cierta tensión en los músculos, y tenía los labios apretados en una fina línea. Así era siempre cuando alguna emoción fuerte le turbaba el corazón y trataba de ocultarlo, normalmente a sus hermanos pequeños.
Emma se acercó a la cama. Durante un momento, ambos se quedaron mirando a Mark. Las curvas de los codos, las rodillas y los hombros resaltaban dolorosamente agudas bajo la ropa que llevaba: unos vaqueros raídos, unas botas de cuero atadas por encima de ellos hasta la rodilla y una camiseta casi transparente de vieja y lavada. El cabello rubio enmarañado le tapaba media cara.
—¿Es verdad? —preguntó una vocecita desde la puerta.
Emma se volvió en redondo. Ty y Livvy entraron en el dormitorio, pero solo un poco. Maeve estaba en la puerta, tras ellos, y miró a Emma como si tratara de decirle que había intentado retenerlos. Emma asintió con la cabeza. Sabía lo imposible que resultaba detener a los mellizos cuando querían formar parte de algo.
Era Livvy la que había hablado. Miró más allá de Emma, hacia donde yacía Mark. Inspiró profundamente.
—Es verdad.
—No puede ser. —Ty agitaba las manos, que le colgaban a los costados. Estaba contando con los dedos, de uno a diez, de diez a uno. La mirada que había clavado sobre su hermano inconsciente estaba cargada de incredulidad—. Las hadas no devuelven lo que han quitado.
—No —coincidió Julian con voz suave, y Emma se preguntó, no por primera vez, cómo podía actuar con tanta calma cuando debía de estar deseando gritar y saltar frenéticamente—. Pero a veces te devuelven lo que te pertenece.
Ty no dijo nada. Seguía agitando las manos en un movimiento repetitivo. Hubo un tiempo en el que el padre de Ty había tratado de educarlo para que permaneciera quieto, que le había sujetado las manos con fuerza contra los costados cuando el niño se alteraba mientras le decía: «Quieto, quieto». Ty solía entrar en tal estado de pánico que acababa por vomitar. Julian nunca se lo hacía. Solo le dijo que toda la gente notaba como mariposas por dentro cuando se ponía nerviosa; algunas personas las notaban en el estómago, y Ty las notaba en las manos. Al muchacho le había gustado esa explicación. Adoraba las mariposas, las polillas, las abejas…, cualquier cosa que tuviera alas.
—No es como lo recordaba —dijo otra vocecita. Era Dru, que se había colado en el dormitorio pasando junto a Maeve. Llevaba a Tavvy de la mano.
—Bueno —repuso Emma—. Ahora Mark tiene cinco años más.
—No parece mayor —replicó Dru—. Solo distinto.
Se hizo el silencio. Dru tenía razón. Mark no parecía mayor, y sin duda, no tenía cinco años más. En parte porque estaba muy delgado, pero no era solo eso.
—Ha pasado todos estos años en la tierra de las hadas —explicó Julian—. Y allí el tiempo… funciona diferente.
Ty avanzó. Recorrió a su hermano con la mirada, examinándolo. Drusilla se quedó atrás. Solo tenía ocho años cuando Mark se fue; Emma no alcanzaba a imaginarse cómo serían sus recuerdos de entonces: nebulosos e imprecisos, probablemente. Y en cuanto a Tavvy… Tavvy solo tenía dos años. Para él, el chico que había en la cama era un completo desconocido.
Pero Ty… Ty lo recordaría bien. Se acercó a la cama, y Emma casi pudo ver cómo le funcionaba el cerebro tras sus ojos grises.
—Eso tendría sentido. Hay todo tipo de historias sobre gente que pasa una noche con las hadas y al regresar han transcurrido cien años. Para él, cinco años pueden haber sido como dos. Parece tener la misma edad que tú, Jules.
Julian carraspeó para aclararse la garganta.
—Sí, es verdad.
Ty inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Por qué lo han devuelto?
Julian vaciló. Emma no se movió; ella tampoco sabía cómo decirles a los niños, que los miraban con los ojos muy abiertos y expectantes, que el hermano perdido que había vuelto con ellos quizá no lo hubiera hecho para siempre, sino solo temporalmente.
—Está sangrando —dijo Dru.
—¿Qué? —Julian tocó la lámpara de luz mágica que había en la mesita de noche y el tenue resplandor de la habitación se intensificó.
Emma inspiró con fuerza. La camiseta de Mark, a la altura del hombro, estaba teñida de rojo por la sangre, y la mancha se extendía.
—¡Una estela! —ladró Julian, tendiendo la mano.
Empezó a quitarle la camiseta a su hermano para dejar el hombro y la clavícula al desnudo; se le había abierto un corte medio curado. La sangre manaba lentamente de la herida, pero Tavvy hacía sonidos inarticulados de inquietud.
Emma se sacó la estela del cinturón y se la lanzó. No tuvo que decir nada; no hacía falta. Julian alzó la mano y la cogió al vuelo. Se inclinó y presionó la punta contra la piel de Mark para comenzar a dibujar la runa curativa…
Mark gritó.
Abrió los ojos de golpe, brillantes y enloquecidos; sacudió las manos, sucias y manchadas de sangre, y le hizo soltar la estela.
—Quítamela —rugió, incorporándose con dificultad—. ¡Quítamela, quítame esa cosa de encima!
—Mark…
Julian fue a coger a su hermano, pero él lo apartó de un golpe. Estaría delgado, pero era fuerte. Julian se tambaleó, y Emma lo notó como un repentino dolor en la nuca. Corrió a interponerse entre los dos.
Estaba a punto de gritarle a Mark, de decirle que parara, cuando se fijó en su rostro. Tenía los ojos abiertos y blancos de miedo, y las manos cerradas sobre el pecho. Guardaba algo ahí, algo que brillaba al final de un cordón que le colgaba del cuello. Entonces se tiró de la cama, sacudiéndose, arañando la madera con las manos y los pies.
—Apártense —ordenó Julian a sus hermanos, sin gritar pero con voz autoritaria.
Estos se alejaron, repartiéndose por la sala. Emma captó un atisbo del rostro entristecido de Tavvy mientras Dru lo cogía en brazos y lo sacaba del dormitorio.
Mark se había ido a un rincón de la habitación, donde permanecía acurrucado e inmóvil, con las manos alrededor de las rodillas dobladas y la espalda contra la pared. Julian hizo ademán de ir hacia él, pero se detuvo, con la estela todavía en la mano.
—No me toques con eso —dijo Mark. Y su voz, ya reconocible, fría y precisa, resultó chocante e incongruente con su aspecto de espantapájaros desharrapado. Los mantuvo alejados con la mirada.
—¿Qué le pasa? —preguntó Livvy casi en un susurro.
—Es la estela —contestó Julian, también en voz baja.
—Pero ¿por qué? —dijo Emma—. ¿Cómo puede ser que un cazador de sombras tenga miedo de una estela?
—¿Me llamas cobarde? —reaccionó Mark—. Insúltame de nuevo y te encontrarás con tu sangre derramada, chica.
—Mark, es Emma —dijo Julian—. Emma Carstairs.
Mark se apretó aún más contra la pared.
—Mentiras —espetó—. Mentiras y sueños.
—Soy Julian —continuó Jules—. Tu hermano Julian. Y este es Tiberius…
—¡Mi hermano Tiberius es un niño! —gritó Mark, lívido de repente, rascando con las manos la pared que tenía detrás—. ¡Es casi un bebé!
Se hizo un silencio horrorizado.
—No —dijo Ty finalmente. Agitaba las manos a los costados, como pálidas mariposas bajo la tenue luz—. No soy un niño.
Mark no dijo nada. Cerró los ojos. Por debajo de los párpados le brotaron unas lágrimas que fueron descendiendo por las mejillas, mezclándose con la suciedad.
—Ya basta. —Para sorpresa de todos, había hablado Maeve. Pareció incómoda cuando todos se volvieron para mirarla, pero se mantuvo en su sitio, con la barbilla en alto y la espalda recta—. ¿No ven que lo están atormentando?















