《 El regreso de Miach Blackthorn 》 — 3 años atrás. Parte 4.
Las manos conocidas se cerraron sobre la capucha y la bajaron de golpe, apartando el manto de los hombros como si la tela le resultara desagradable. Emma vio el destello de un cuerpo ágil y alto, de un cabello claro, de unas manos delgadas, mientras la capa caía al suelo formando un charco oscuro.
El chico se hallaba en el centro de la runa, jadeando. Un chico que parecía tener unos veintitantos años, con el cabello claro rizado como las parras de acanto. Los ojos mostraban el desdoblamiento de la Cacería Salvaje: dos colores, uno dorado y el otro del azul de los Blackthorn. Iba descalzo y con los pies negros y sucios. Su ropa estaba rasgada y vieja.
Emma sintió como si le rodara la cabeza por una terrible mezcla de horror, alivio y perplejidad. Julian estaba tenso, como si lo hubiera atravesado una corriente eléctrica. Emma vio la rigidez de su mentón, el temblor de un músculo en la mejilla. Julian no abrió la boca; fue Gabe quien habló, medio alzado de su asiento, con una voz frágil e insegura.
Mark lo miró con unos ojos cargados de confusión. Abrió la boca para responder, pero Iarlath se volvió hacia él.
—Mark Blackthorn de la Cacería Salvaje —dijo con aspereza—. No hables hasta que se te dé permiso.
Mark cerró los labios. Su rostro era totalmente inexpresivo.
—Y tú —ordenó Kieran, alzando una mano cuando Julian comenzó a avanzar—, quédate donde estás.
—¿Qué le han hecho? —A Julian le saltaban chispas de los ojos—. ¿Qué le han hecho a mi hermano?
—Mark pertenece a la Cacería Salvaje —contestó Iarlath—. Si elegimos entregárselos, será bajo palabra.
Gabe se había hundido en la silla.
—Los muertos se alzan y los perdidos regresan —dijo—. Deberíamos hacer ondear estandartes azules desde lo alto de las torres.
Kieran lo contempló con fría perplejidad.
—Es de un viejo poema de los cazadores de sombras —intervino Emma—. Me sorprende que no lo conozcas.
—Los poemas contienen muchas verdades —dijo Iarlath, y había un rastro de humor en su voz, pero un humor amargo.
Emma se preguntó si se estaba burlando de ellos o de sí mismo.
Julian miraba fijamente a Mark, con una expresión de absoluta sorpresa y anhelo.
Pareció como si a Julian lo hubiesen asaetado con flechas de elfo, los arteros dardos de las hadas que se hundían bajo la piel y soltaban un veneno letal. Cualquier rabia que Emma hubiera sentido hacia él por lo de la noche anterior se evaporó. Por la expresión del rostro de Julian parecía que unos cuchillos le atravesaran el corazón.
—Mark —repitió, y luego medio susurró—: ¿Por qué? ¿Por qué no puede hablarme?
—Gwyn le ha prohibido hablar hasta que nuestro trato esté sellado —explicó Kieran.
Miró a Mark, y había algo frío en su expresión. ¿Odio? ¿Envidia? ¿Despreciaría a Mark por ser medio humano? ¿Lo harían todos? ¿Cómo le habrían demostrado ese odio durante todos esos años en los que había estado a su merced?
Emma notaba el esfuerzo que estaba haciendo Julian por contenerse y no salir corriendo hacia su hermano. Habló por él.
—Así que Mark es vuestra moneda de cambio.
Una rabia súbita y sorprendente cruzó el rostro de Kieran.
—¿Por qué deben afirmar lo evidente? ¿Por qué tienen que hacerlo todos los humanos? Serás tonta…
La actitud de Julian cambió: apartó su atención de Mark, se irguió estirando la espalda y se le endureció la voz. Sonaba tranquilo, pero Emma, que lo conocía muy bien, percibía el hielo en su tono.
—Emma es mi parabatai —dijo—. Si vuelves a hablarle así, el suelo del Santuario se manchará de sangre, y no me importa si después me ejecutan por ello.
Los extraños y hermosos ojos de Kieran destellaron.
—Los nefilim son leales a vuestro compañero escogido, eso se los concedo. —Agitó una mano, quitando importancia a la situación—. Supongo que Mark es nuestra moneda de cambio, como has dicho tú, pero no olviden que es por culpa de los nefilim que necesitamos tenerla. Hubo un tiempo en que los cazadores de sombras habrían investigado los asesinatos de nuestros hermanos porque creían que su obligación era protegernos incluso por encima de su odio.
—Hubo un tiempo en que los seres mágicos nos habrían devuelto sin más a uno de los nuestros —replicó Gabe—. El dolor por la pérdida va en ambos sentidos, al igual que la falta de confianza.
—Bueno, tendrán que confiar en nosotros —manifestó Kieran—. No tienen a nadie más. ¿O sí?
Hubo un largo silencio. Julian volvió a mirar a su hermano, y en ese momento Emma odió a los seres mágicos, porque al retener a Mark también retenían el corazón, humano y frágil, de Julian.
—Así que quieren que averigüemos quién es el responsable de esos asesinatos —confirmó—. Que detengamos las muertes de hadas y humanos. Y a cambio, ¿nos devuelven a Mark si lo logramos?
—La Corte está dispuesta a ser mucho más generosa —respondió Kieran—. Le daremos a Mark ahora. Él los ayudará en la investigación. Y cuando esta acabe, podrá escoger entre permanecer con ustedes o regresar a la Cacería.
—Nos elegirá a nosotros —afirmó Julian—. Somos su familia.
A Kieran le brillaron los ojos.
—Yo no estaría tan seguro, joven cazador. Los de la Cacería son leales.
—Él no es de la Cacería —replicó Emma—. Es un Blackthorn.
—Su madre, lady Nerissa, era hada —le recordó Kieran—. Y él ha cabalgado con nosotros, ha recogido a los muertos con nosotros, se ha hecho experto en el uso del arco y las flechas élficas. Es un guerrero formidable al estilo de las hadas, pero no es como ustedes. No luchará como ustedes. No es nefilim.
—Sí, lo es —lo contradijo Julian—. La sangre de los cazadores de sombras produce cazadores de sombras. Su piel soporta las Marcas. Ya conoces las leyes.
Kieran no contestó a eso, simplemente miró a Gabe.
—Solo el Inquisidor del Instituto puede decidir sobre esto.
Emma miró a Gabe. Todos la imitaron.
—Quieren que el chico hada les informe sobre nosotros —dijo finalmente—. Será su espía.
El chico hada. No Mark. Emma miró a Mark, pero si un destello de pena le cruzó el pétreo rostro, fue invisible para ella.
—Si quisiéramos espiarlos, hay formas más fáciles —replicó Kieran en un frío tono de reproche—. No sería necesario que renunciáramos a Mark, que es uno de los mejores guerreros de la Cacería. Gwyn lo echará mucho en falta. El chico no será nuestro espía.
Julian se apartó de Emma y se puso de rodillas junto al sillón de Gabe. Se inclinó hacia él y le habló en susurros. Emma aguzó el oído para ver si podía enterarse lo que decía, pero solo captó unas cuantas palabras sueltas: «hermano», «investigación», «asesinato», «medicina» y «Clave».
Gabe alzó una mano, como para silenciar a Julian, y se volvió hacia las hadas.
—Aceptaremos vuestra oferta —dijo— con la condición de que no habrá trucos. Al final de la investigación, cuando atrapemos al asesino, Mark podrá elegir libremente si quedarse o marcharse.
—Sin duda —repuso Iarlath—. Siempre y cuando el asesino sea identificado con claridad. Queremos saber quién tiene sangre en las manos; no bastará con que digan: «lo hizo este o aquel», o «los responsables son los vampiros». El asesino o asesinos quedarán bajo la custodia de las Cortes. Nosotros impartiremos justicia.
«No si soy yo quien encuentra en primer lugar al asesino —pensó Emma—. Les entregaré su cadáver, y eso tendrá que ser más que suficiente».
—Primero júralo —exigió Julian, con una dura mirada en sus brillantes ojos verde azulado—. Di: «Juro que cuando se hayan cumplido los términos de nuestro acuerdo, Mark Blackthorn podrá elegir libremente si desea formar parte de la Cacería o regresar a su vida de nefilim».
La boca de Kieran se tensó.
—Juro que cuando se hayan cumplido los términos de nuestro acuerdo, Mark Blackthorn podrá elegir libremente si desea formar parte de la Cacería o regresar a su vida de nefilim.
Mark no mostraba ninguna expresión en el rostro y permanecía inmóvil, igual que durante toda la reunión; era como si estuvieran hablando de otra persona y no de él. Parecía como si su mirada atravesara las paredes del Santuario y pudiera ver, quizá, el distante océano, o un lugar todavía más lejano.
—Entonces, creo que tenemos un trato —concluyó Julian.
Las dos hadas se miraron, y luego Kieran se acercó a Mark. Le puso las blancas manos sobre los hombros y le dijo algo en un idioma gutural que Emma no entendió: Aún no les había enseñado nada parecido; no era en absoluto el agudo y aflautado idioma de la Corte de las hadas, ni ninguna otra lengua mágica. Mark no se movió, y Kieran se apartó de él sin mostrar ninguna sorpresa.
—Ahora es todo suyo —dijo—. Le dejaremos su corcel. Se han hecho muy… amigos.
—No podrá ir a caballo —replicó Julian con voz tensa—. Al menos no en Los Ángeles.
La sonrisa de Kieran estaba cargada de desdén.
—Creo que ya averiguarás que este sí lo puede montar.